Arruinada Capítulo 14 Jamie #2
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Capítulo 14 Jamie #2

—¿A qué hora llegan las modelos de Victoria's Secret? —pregunta Trent, ignorando todo lo que Mark acaba de decir.

—¿Es eso lo único en lo que piensas? —Shauna lo mira con desdén.

—Bueno, no voy por los canapés —bromea.

Cuando nos detenemos frente al Palacio de Versalles, me quedo maravillada ante su imponente grandeza, las molduras doradas y las elaboradas tallas que brillan como joyas en la majestuosa estructura.

Resulta intimidante ver la alfombra roja que conduce a la lujosa entrada, flanqueada por periodistas y fotógrafos.

Antes de que salgamos de la limusina, Mark nos da sus últimas instrucciones con firmeza:

—Esto es una oportunidad de oro para promocionar el nuevo álbum. Mencionadlo todo lo que podáis en las entrevistas.

—Allá vamos, bienvenida al circo, Jamie —Trent me guiña un ojo antes de saltar de la limusina y meterse en la boca del lobo, con los hombros echados hacia atrás y el descaro de quien ha hecho esto un millón de veces.

Shauna y Mickey lo siguen; él lleva el brazo en la parte baja de la espalda de ella, protegiéndola.

Me quedo atrás para que Kai salga a continuación.

Al fin y al cabo, es a quien todos quieren ver.

Se desliza lentamente hacia fuera, como si le costara dejarme sola, y murmura:

—Asegúrate de quedarte cerca de nosotros.

—Estaré bien. No soy idiota —él alza las cejas y me dedica una sonrisa pícara. Salta fuera riéndose entre dientes mientras le hago un corte de mangas.

Las multitudes lo engullen enseguida y el estruendo imposible aumenta aún más.

Poco a poco empiezo a darme cuenta de que el Kai que existe ahí fuera es muy diferente del que estoy descubriendo.

Es como si se contuviera, dejándoles poseer solo una pequeña parte de él antes de que lo destrocen y devoren los restos.

Con un nudo de inquietud en las entrañas, salgo de la limusina y sigo al grupo de cámaras, segura de que nadie está aquí para verme a mí. Me mantengo bien fuera de plano, fascinada por tener un asiento de primera fila en un evento de alfombra roja.

La banda bromea con soltura con los equipos de cámara de varias cadenas, esquivando con diplomacia las preguntas personales para centrarse en su álbum.

Aunque los empujan y manosean constantemente, Kai no deja caer su encanto ni por un segundo, y resulta agotador solo de verlo.

De vez en cuando, su mirada ansiosa me busca, queriendo asegurarse de que estoy bien.

Cada vez le pongo una cara estúpida: bizqueo o pongo los ojos en blanco.

Parece que hacerle sonreír se ha convertido en mi última obsesión.

Sin falta, cada vez que se ríe, el estómago me da un vuelco como si estuviera en una montaña rusa, y una emoción aterradora me atraviesa. Ojalá pudiera evitar caer. Por desgracia, no hay vuelta atrás una vez que estás atada y el viaje ha comenzado.

El desfile interminable de preguntas insulsas empieza a resultar tedioso, y eso que solo soy una observadora.

El glamour de la alfombra roja va perdiendo brillo por momentos.

Cuando nos acercamos al final de la alfombra roja, la chica preciosa del hotel me aparta de un empujón para saludar a todos los miembros de la banda como si fueran familia de toda la vida.

A estas alturas, solo tiene que respirar para ponerme de los nervios, y me resulta demoledor ver cómo todos la reciben con los brazos abiertos, incluida Shauna.

Al menos me consolaba pensando que seguro que tenía una personalidad horrible.

Pero no, está claro que todos la adoran.

—Bienvenida al mundo de los que miran desde fuera.

Aquí se está solo. Pero pagan bien —estoy a punto de dudar de mi cordura, como si mis pensamientos hubieran encontrado voz propia.

Hasta que me fijo en el joven que está a mi lado, cargado con un montón de accesorios, incluido lo que parece un chihuahua diminuto.

—Así que eres uno de los invisibles, como yo —le dedico una sonrisa amistosa, encantada de conocer a alguien supuestamente «normal».

—Sí, así es. Y no, no suelo ir por ahí con perros pequeños, pero además de ser asistente de relaciones públicas, parece que también me ha tocado el papel de recogeexcrementos a tiempo completo. —Me echo a reír y extiendo la mano mientras el chihuahua me la lame con entusiasmo.

—Escucha, en cuanto termine la alfombra roja, nos lo vamos a pasar bomba. Mientras ellos se meten polvo blanco por la nariz y se tragan champán de diez mil dólares con esos cuellos esqueléticos que tienen, es la oportunidad ideal para divertirnos.

—Me parece bien. Cuenta conmigo. —Mis palabras suenan más convencidas de lo normal mientras veo a Kai contemplar embelesado a la Señorita Demasiado Buena Para Ser Verdad. Juro que las mujeres como ella existen solo para que el resto nos sintamos como una mierda.

Cuando llegamos a la gran entrada, se llevan a la banda a toda prisa para que posen en más fotos y se codeen con las otras celebridades presentes.

A nosotros, junto con muchos otros asistentes, nos conducen a una sala aparte.

La sala principal sigue siendo visible a través de un arco ornamentado, pero tenemos muy claro cuál es nuestro lugar en el escalafón.

A mí me viene de perlas; ahora puedo relajarme y descansar sin tener una cámara de TMZ pegada a la nuca.

Mientras veo a las modelos de Victoria's Secret revolotear hacia Kai y Trent, mi vestido recién comprado de repente me parece de lo más cutre. Cojo una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasa. Total, bien puedo disfrutar de esta oportunidad única en la vida.

Miro el móvil por si me he perdido algún mensaje de los chicos, pero la bandeja de entrada está vacía.

Aunque normalmente disfrutaría del silencio, hoy me siento extrañamente apagada.

Intento quitarme el sabor amargo a base de champán caro, tratando de convencerme de que no me molesta ver a Kai rodeado de mujeres despampanantes, como si yo hubiera dejado de existir.

Un cosquilleo en los tobillos me distrae momentáneamente de mi tristeza autoinfligida. Bajo la mirada y sonrío al ver al chihuahua de antes, que aprieta su diminuto cuerpo contra mi pierna.

—Le caes bien. Nunca le cae bien nadie. A veces creo que está poseída por un demonio.

—Mmmm, quizá simplemente nota que la odias. —Me agacho y le ofrezco uno de los canapés, acariciándole la cabeza mientras lo devora entusiasmada.

—Maldita sea, no dejes que mi jefa te vea hacer eso. La tiene a dieta macrobiótica. —Se tapa la boca mientras habla, nervioso por si alguien lo oye.

—Qué coño. Ahora me dirás que también toma ansiolíticos.

Resopla sobre su copa de champán, y por la cara que pone, veo que no voy muy desencaminada.

—Soy Jamie, por cierto. ¿Y tú? —Me levanto y le tiendo la mano.

—Gabriel. Así que trabajas con Razor Shade, ¿eh?

—Sí, por mis pecados. ¿Y tú? —pregunto.

—Adriana Souza. Ya sabes. —Pronuncia el nombre con aspereza. Está claro que no se tienen mucho cariño.

—Dios mío, la modelo brasileña de Victoria's Secret. ¿Hablas portugués?

—Sim claro.

—Vale, voy a hacer como que sé lo que significa y me lo tomaré como un sí.

—Oye, tengo que sacar a Aurora para que haga sus necesidades, así que ¿qué te parece si pillamos una de estas botellas de champán y le damos vidilla a la noche? Todos están demasiado entretenidos como para darse cuenta.

Nerviosa, echo un vistazo a los chicos, y todos están ocupados haciendo contactos. Llevo el móvil encima, así que pueden localizarme si me necesitan. Antes de que me dé tiempo a pensármelo dos veces, Gabriel toma las riendas:

—Vale, misión número uno: robo de champán. Sígueme.

Me río por lo bajo y lo sigo hacia la barra, donde hay numerosas botellas de champán enfriándose, listas para servir.

Gabriel comprueba que no hay moros en la costa y rápidamente birla una botella, que se mete dentro de la chaqueta.

Aurora elige este momento tan inoportuno para ponerse a ladrar, así que la cojo enseguida y la acaricio hasta que se calla.

Gabriel me guía por una puerta lateral y acabamos recorriendo un pasillo en penumbra.

Las opulentas paredes doradas están cubiertas de pinturas antiguas de la aristocracia francesa, que nos miran con condescendencia mientras avanzamos sigilosamente con solo la luz de la luna para guiarnos.

Sus ojos parecen seguirnos. Reprimo un escalofrío y abrazo a Aurora con fuerza.

—Me siento como si nos hubieran metido en un episodio de Scooby Doo —le susurro a Gabriel.

Se lleva un dedo a la boca, temblando de risa.

—Sshh, no me hagas reír. Esto seguro que está plagado de seguratas. Antes de salir, quiero enseñarte una cosa.

Se acerca sigilosamente a una gran puerta de madera con intrincadas tallas.

La abre con cuidado, dejando apenas una rendija, y me hace señas para que me acerque.

Asomo la cabeza por la abertura y se me cae la mandíbula al ver cientos de espejos que decoran las paredes, reflejando las deslumbrantes arañas de cristal que cuelgan del techo.

Es de cuento de hadas, una sobrecarga sensorial de esplendor a una escala que nunca había visto.

Pinturas resplandecientes cubren todo el techo, una exhibición de arte tan exquisita que se me saltan las lágrimas.

—Bastante guay, ¿eh? Es la famosa Galería de los Espejos.

No es que los haya contado, pero hay trescientos cincuenta y siete espejos en esta sala.

Aunque eso todavía no sería suficiente para la Señorita Adriana Souza.

—No consigo apartar la mirada, pero me tira del brazo cuando oímos unos pasos a lo lejos.

Corremos por pasillos interminables hasta que encontramos una salida al exterior.