Capítulo 11 Jamie #2
—Vaya, pareces más la hermana de Jamie que su madre —Jason la mira con incredulidad, y yo le doy otro trago al whisky casero.
Observo con asco cómo mi madre aletea con las pestañas postizas y se hace la virgencita tímida.
Me recuerda a cada vez que traía a un chico a casa.
Sin falta, ella se lo tomaba como un desafío personal para conquistarlo.
Incluso se acostó con algunos mientras yo me quedaba en mi habitación tocando la guitarra como una idiota.
Desconecto mientras mamá despliega todo su arsenal de seducción con Jason; su voz no es más que un mosquito zumbando en mi oído. La visión se me está nublando a medida que me hace efecto el whisky casero, y cierro los ojos. La música del concierto de esta noche todavía me resuena en los oídos.
Estoy a punto de quedarme dormida cuando me incorporo de golpe al oír la voz de Jason:
—Jamie, no te duermas ahora. La noche acaba de empezar. Dame ese whisky, chica. Has bebido demasiado.
Se lo entrego encantada, aunque suelto un taco cuando derramo un poco en el suelo. Cuando abro los ojos, mi madre sigue ahí sentada. Tenía la esperanza de que fuera una pesadilla. Necesito una distracción, así que grito con la lengua trabada:
—Música, necesitamos música. ¿Hay un estéreo en este autobús?
Jason me quita el whisky de las manos y me observa divertido.
—Alguien va ciega con el whisky casero —saca el móvil, conecta el Bluetooth al audio del autobús y pone a todo volumen Trap Queen de Fetty Wap.
Todos gritamos y jaleamos, haciendo el tonto y cantándola a pleno pulmón.
Hasta mi madre se mete en el ambiente festivo.
Piense lo que piense de ella, no puedo negar que es la reina de las fiestas, y es uno de los pocos momentos en que me siento conectada con ella mientras cantamos usando los puños como micrófonos.
Para cuando el autobús se detiene frente al club nocturno donde se celebra la fiesta de lanzamiento, todos estamos de muy buen humor. He pasado del bajón inicial a estar totalmente emocionada por la fiesta.
El club ya está a reventar cuando entramos, la música tan fuerte que me vibra en el cuerpo como si estuviera al borde de una autopista. Láseres verdes zigzaguean por la sala, proyectando un resplandor inquietante mientras la niebla de la máquina de humo serpentea entre los espacios.
El lugar está plagado de ejecutivos de la industria musical. Todos van de marca, luciendo sus Jordans personalizados mientras sostienen copas de Cristal, con ese cinismo de cocaína en la mirada. Nadie se suelta ni disfruta; están más pendientes de ver y ser vistos.
Me tambaleo y agarro el brazo de Jason para no caerme.
Estoy tan fuera de mi zona de confort mientras esta sala llena de tiburones me mira con desdén.
Casi me olvido de mamá por un segundo, hasta que me arranca la mano del brazo de Jason y me gira para quedar justo frente a la banda, todos sentados en lujosos sofás de terciopelo en la esquina más alejada del bar.
—Jamie, preséntame a la banda. Soy su fan número uno —me muerdo el labio nerviosa, devanándome los sesos para encontrar una excusa.
Pierdo el tiempo, porque Trent nos ve y se le iluminan los ojos como un árbol de Navidad. Nos saluda con la mano y a mi madre se le salen los ojos de las órbitas cuando lo ve. Me arrastra de la mano hacia él y me siento como una niña pequeña a la que llevan al dentista a rastras.
Evito mirar a Kai a toda costa. Natalia está despatarrada encima de él, sujetándole los brazos como si temiera que salga corriendo. Trent se levanta para saludarnos, colocadísimo.
Con una sonrisita malintencionada, se nos acerca con sigilo sin apartar los ojos del escote de mamá.
—Cherry Lux, es un maldito honor conocerte.
Suelta mi mano como si quemara al darse cuenta de que ya no me necesita de celestina.
Se lleva la mano al pecho y canturrea:
—No puedo creer que sepas quién soy. Más bien el honor es mío.
Su falsa modestia me revuelve el estómago y me dirijo a la barra, decidida a quitarme esa imagen de la cabeza.
Pido un vodka doble y mi ánimo mejora considerablemente al darme cuenta de que la barra es libre.
Antes de volver a buscar a Jason, pido otro.
Echo un vistazo por encima del hombro y contengo una punzada de celos al ver a Natalia manoseando a Kai como si fuera un jugoso filete.
Aparto la mirada rápidamente cuando sus ojos me encuentran, con el ceño fruncido en una expresión de lástima.
Me enfurece.
Lo último que quiero es su lástima, así que me bebo la copa de un trago en señal de desafío, me paso el dorso de la mano por los labios, dejo el vaso de golpe sobre la barra y me tambaleo de vuelta hacia Jason.
Empieza a parecer que el suelo se mueve y me apoyo en el lateral de la pista de baile, viendo a Jason entrar y salir de foco mientras las luces estroboscópicas parpadean en su cara.
Noto que va por el mismo camino que yo cuando tropieza ligeramente, choca contra mí y se ríe entre hipidos.
—Jamie, venga, vamos a bailar.
Gimo, sin confiar en mi capacidad para mantenerme en pie.
—Maldita sea, el suelo se está moviendo, Jason. No es seguro bailar.
Apoya la cabeza en mi hombro, temblando de risa.
—Podemos hacerlo, Jamie. Solo sígueme.
—Si tú lo dices, capitán.
Con las piernas temblorosas, nos abrimos paso hasta el centro de la pista de baile.
Está abarrotada, así que me escondo en el mar de cuerpos, rezando para no caerme de culo.
Empiezo a encontrar mi ritmo; el bajo pulsante de la música dance me inyecta un poco de vida en los huesos.
Toda la tensión del día y de volver a ver a mamá se desvanece mientras me contorsiono y muevo el trasero, flipando con los movimientos que tiene Jason.
Tengo la garganta seca y la boca pastosa, así que le digo a Jason que voy a la barra a por agua.
Me levanta el pulgar y me abro paso entre la multitud, contenta de tener un momento para respirar.