Arruinada Capítulo 1 Jamie #2
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Capítulo 1 Jamie #2

Cansada del cotilleo interminable, me pongo los auriculares y busco en Spotify el último álbum de Razor Shade.

Me pierdo en la voz emotiva de Kai Reed, que consigue ser áspera y suave a la vez.

Tiene un magnetismo salvaje, como el de un hechicero que te atrae e impregna cada célula de tu cuerpo.

Solo con su voz basta para seducirte y embrujarte.

Sin embargo, hay una canción que destaca sobre las demás: una balada desgarradora, conmovedora por sus capas de pérdida genuina, más sentida en su sinceridad.

Según los tabloides, habla de su novia, la única mujer a la que amó.

Murió trágicamente en un accidente de coche, con heroína en sangre.

Todo el mundo lo sabe, porque fue noticia de primera plana.

La banda juró sentar la cabeza, pero de eso hace ya unos años, así que quién sabe si lo cumplieron.

El consenso es «poco probable» cuando los ves salir de discotecas a todas horas con los ojos desorbitados.

Ya han pasado un par de horas que se me han hecho eternas, y al doblar una esquina, por fin veo el edificio de Tower Lanes a lo lejos. Aún queda bastante, así que me entretengo leyendo su biografía.

Han vivido una vida con la que la mayoría solo podría soñar, acumulando en una lo que a otros les llevaría cinco vidas conseguir.

Me sorprende descubrir que Kai Reed es de Londres, aunque apenas se le nota el acento, seguramente porque solo tenía dieciséis años cuando se mudó a Estados Unidos para unirse a la banda.

Hay infinidad de fotos artísticas en blanco y negro en las que sale irresistible.

Una imagen me llama la atención más que las demás.

Está sin camiseta en el escenario, frente a un auditorio inmenso, con esos abdominales de infarto relucientes de sudor.

Sus manos fuertes aferran el micrófono y sus poderosos bíceps brillan iridiscentes bajo los focos.

Tiene el torso esculpido y cubierto de tatuajes, irresistiblemente atractivo.

No puedo evitar lamerme los labios mientras un escalofrío de excitación me recorre por dentro.

Desafío a cualquier mujer a mirar esta imagen de perfección y no sentir algo. Una vez que has visto esa foto, no cuesta entender por qué tiene un desfile interminable de groupies tirándose a sus pies.

Paso unas cuantas horas absorta en el libro, cambiando el peso de un pie a otro para combatir el frío gélido.

No hay revelaciones de interés; no me extrañaría que lo hubiera escrito su publicista.

Es pura autopromoción y fotos impecables.

¿Quién puede culparlos? No faltan fans dispuestos a comprarlo y a engordar sus millones en el banco.

Cuando por fin me acerco a la entrada principal, casi lloro de alivio al sentir una ráfaga de aire cálido del interior.

Al cruzar el umbral, distingo a lo lejos a la banda sentada tras una mesa sobre una tarima elevada.

Se van turnando para firmar libros. Algunos fans sollozan sin control en cuanto se les acercan.

Me resulta incomprensible; su música es increíble, pero nunca he entendido la deificación de las estrellas de rock, aunque tengan el aspecto de Kai Reed.

El estómago me ruge de hambre; llevo horas sin comer. Una vez dentro, la cola parece avanzar mucho más rápido, y no tarda en llegarme el turno de ver bien a la banda. Todos son atractivos a su manera, pero no están al nivel del famoso cantante y guitarrista Kai Reed. Él les saca la cabeza a todos.

Corrijo.

Les saca la cabeza a toda la humanidad.

Tengo tiempo de sobra para observarlo desde lejos, y soy físicamente incapaz de apartar la mirada. Mi cerebro no me lo permite; funciona de forma independiente al resto de mi cuerpo.

Es impresionante. Una obra de arte exquisita. Un ángel caído que se hace pasar por un dios del rock.

Su piel aceitunada tiene un brillo etéreo, con un intrincado patrón de tatuajes que le serpentea por los brazos musculosos.

Cada vez que apoya el bolígrafo en el papel, los bíceps se le hinchan y se le tensan.

A cada fan embobada le dedica la misma sonrisa de plástico que deja ver sus dientes blancos perfectos.

Pero la sonrisa nunca le llega a los ojos.

Estos son un vacío negro y frío, como si lo único que acechara en su interior fuera odio y desprecio.

Como si pudiera oír mis pensamientos, alcanza sus gafas de sol con naturalidad, se las pone y me oculta esos ojos gélidos.

Un escalofrío helado me recorre el cuerpo, como si acabara de echar un vistazo a las puertas del infierno.

A medida que me acerco a mi turno, me sorprende lo nerviosa que estoy.

Tengo las palmas calientes y sudorosas mientras un enjambre de mariposas revolotea frenéticamente en mi estómago.

Poco a poco, llego al frente de la fila.

Antes de acercarme a ellos, una publicista con voz de robot recita las estrictas reglas.

Nada de tocar. Pocas preguntas. Y bajo ningún concepto, enseñar partes del cuerpo.

Me río en voz alta con la última, convencida de que es una broma.

Cuando se queda con el rostro impasible, la risa se me muere en la garganta.

Sí, obviamente pasa. Termina recordándome que consiga mi firma rápido y me largue de inmediato.

Pongo los ojos en blanco; ¿quiénes diablos son estas personas? ¿De la realeza?

Vacilante, doy un paso adelante con el libro apretado contra el pecho. Lo coloco abierto frente al primero de la fila, Mickey Harland, el baterista. Parece el más amable: me ofrece una sonrisa con auténtica calidez en la mirada, e incluso un saludo.

—Gracias por venir hoy; espero que no hayas pasado demasiado frío esperando fuera.

Antes de que pueda responder, Kai Reed se levanta de golpe, da un manotazo en la mesa y se inclina hacia delante, acaparando toda la atención. La publicista lo mira nerviosa; es evidente que le tiene terror.

—Bien, se acabó por hoy. Necesito una copa y un cigarro; vámonos —gruñe mientras se pone la chaqueta de cuero negro y saca a Mickey de su asiento.

Los otros dos miembros se levantan de un salto, ansiosos por largarse de allí.

Nadie parece ni lo más mínimo preocupado por todos los fans que siguen fuera, en el frío.

La consultora de la agencia dejó claro hoy que no me pagarían a menos que consiguiera sus firmas, especialmente la de Kai. Y necesito ese dinero. La desesperación me empuja a agarrar el brazo de Kai, suplicante.

—Si pudieras firmarme el ejemplar rápido... Llevo esperando todo el día.

Me sacude de encima como a una mosca molesta. Trastabillo hacia atrás y me agarro al escritorio para no caerme.

—No me toques, joder —se inclina hacia delante hasta quedar justo frente a mi cara, y su aroma celestial se infiltra en cada célula de mi cuerpo. Con amenaza contenida, susurra—: ¿Por qué no te arrastras de vuelta bajo la piedra de donde saliste?

Estoy literalmente atónita ante semejante imbécil. La timidez de antes da paso a una ira tan intensa que prácticamente hiervo de rabia. Sin pensar, agarro el libro, lo abro, arranco una página, la hago pedazos y le tiro los trozos a la cara.

Un grito ahogado de los cientos de espectadores es el único sonido que oigo mientras la ira me abrasa los sentidos. Al silencio ensordecedor le sigue enseguida el destello de cientos de cámaras de móviles.

—Que te jodan, imbécil. ¿Quién coño necesita este libro de mierda? Menudo desperdicio de árboles. O igual puedes usarlo para esnifar tu próxima raya de coca...

En cuestión de segundos, dos guardias de seguridad corpulentos me sacan de allí a la fuerza mientras los fans indignados me lanzan insultos.

—Menuda zorra. ¿Quién se cree que es?

Miro por encima del hombro una última vez: Kai Reed sigue allí de pie, observándome mientras me voy, con una sonrisa sádica que le retuerce los rasgos perfectos.

Y por primera vez, sus ojos parecen vivos, como si esto fuera lo más divertido que le ha pasado en mucho tiempo. Otra oleada de ira me hace gritar:

—¡Psicópata!

Y el muy cabrón se ríe, y es la imagen más sexy que he visto en mucho tiempo. La humillación nunca ha sido lo mío, así que ¿por qué diablos siento como si llamas de calor abrasador me lamieran sin piedad las entrañas?

Mi único pensamiento mientras me plantan de nuevo en la calle.

Hoy he mirado a los ojos de un demonio.

Y me ha gustado. Mucho.