El Prólogo de Adrenalina y Dominio #3
Takahashi midió el calibre de la mujer frente a él durante tres segundos eternos. Finalmente, hizo una inclinación de cabeza mucho más profunda que la primera.
—Por favor, tome asiento, Presidenta Fernanda —dijo el patriarca, cediendo la cabecera de la mesa—. Despleguemos el mapa de liquidez de Asia.
Tres horas después, el acuerdo marco para la integración del tramo asiático estaba firmado.
Lucía había logrado que el fideicomiso nipón depositara el treinta por ciento de sus reservas de garantía bajo la custodia directa de la cámara de Zúrich, cerrando de forma definitiva la pinza global sobre las divisas tradicionales.
Al caer la noche, el convoy trasladó a la pareja a un ryokan de súper lujo privado en las afueras de Kioto, reservado exclusivamente para la cúpula de Morel se limitó a envolverla con su presencia física, dejando que la temperatura de su cuerpo rozara la espalda de ella.
—Sometiste al consejo de Marunouchi sin alzar la voz una sola vez, Lucía —murmuró Joaquín con esa voz grave que resonaba en el centro del pecho de ella—. Takahashi no tuvo más remedio que inclinarse ante tu determinación.
Lucía giró la cabeza despacio, apoyando la nuca contra el hombro de Joaquín.
—Tuve al mejor maestro para aprender a reclamar el espacio, Morel —respondió ella, alzando la mano para acariciar la mandíbula de él—. Pero la diplomacia agota la mente. Esta noche necesito que me devuelvas al centro.
Joaquín sonrió con esa frialdad seductora que desarmaba cualquier coraza. Desató el nudo del yukata de Lucía de un solo movimiento, dejando caer la seda al suelo de madera de cedro, exponiendo la figura pulida de la ejecutiva a la brisa nocturna de Kioto.
La tomó por la nuca con la presión justa, obligándola a mirar el estanque de agua iluminado antes de girarla para besarla con una intensidad hambrienta y posesiva.
La transición de la presidenta implacable que dobló al fideicomiso nipón a la mujer que entregaba voluntariamente su templo a su arquitecto se consumó en un suspiro entrecortado.
Joaquín la elevó contra el marco de madera de la terraza, introduciéndose en ella con una sola embestida profunda, seca y continua que hizo retumbar los paneles del ryokan.
Lucía se aferró a sus hombros, clavando sus uñas en la piel de él mientras un gemido de liberación absoluta se perdía en la noche de Kioto, sellando la conquista del continente asiático en la máxima cima del deseo y el poder.
: La mañana en Kioto amaneció limpia y despejada tras la lluvia nocturna.
El ritmo frenético de los mercados globales dio paso a un paréntesis de calma táctica, y la pareja decidió adentrarse en el corazón histórico de la antigua capital imperial para disfrutar de la ciudad antes de preparar el regreso a Europa.
Lucía cambió el traje de alta ejecutiva por un estilo relajado pero impecable: un abrigo ligero en tono beige sobre un jersey de seda y pantalones rectos, mientras que Joaquín vestía un abrigo oscuro
de corte italiano. Desprovistos de la escolta visible —que se mantenía a una distancia prudencial en berlinas discretas—, caminaron a paso lento por los icónicos callejones de Gion y Pontocho.
Paseo, Compras de Lujo y Almuerzo
El recorrido comenzó entre las tradicionales casas de madera machiya.
Lucía caminaba con una desenvoltura radiante, fascinada por el contraste entre la serenidad milenaria de los templos y el dinamismo de la ciudad moderna.
Joaquín la acompañaba a su flanco, disfrutando de ver a su presidenta despojada por unas horas de la armadura ejecutiva, aunque conservando esa elegancia innata que atraía las miradas discretas de los transeúntes.
Hicieron una parada en una exclusiva boutique privada de seda y alta artesanía japonesa en el distrito de Higashiyama.
Allí, Joaquín observó cómo Lucía seleccionaba con criterio experto un kimono antiguo de seda bordado a mano con hilos de oro y un conjunto de piezas de cerámica de culto para su residencia.
Con un gesto caballeroso y posesivo, Joaquín hizo un leve ademán a su asistente para que gestionara el envío directo a la suite, regalándole a Lucía una joya de artesanía nipona que sellaba su paso por la ciudad.
A mediodía, se trasladaron a un exclusivo restaurante de tres estrellas Michelin oculto en un jardín centenario a orillas del río Kamo.
El almuerzo consistió en una experiencia Kaiseki de doce tiempos: una secuencia perfecta de gastronomía de alta precisión, donde disfrutaron de cortes de buey de Kobe, mariscos frescos del Pacífico y té matcha ceremonial, maridados con saques de reserva especial.
Entre sonrisas sobrias, copas alzadas y miradas cargadas de complicidad, los negocios quedaron al margen, cediendo el espacio al disfrute pleno del presente.