La Amenaza en las Sombras
En la suite de alta seguridad de la firma en Zúrich, Sarah Vance y Kadaffy Luna monitoreaban las pantallas tácticas.
—Tenemos un ataque de ciberinteligencia en el nodo secundario del búnker alpino —informó Sarah con voz rápida, sus dedos volando sobre el teclado—.
Es un virus troyano de alta frecuencia diseñado para inyectar una orden falsa de liquidación en el mercado interbancario de Londres.
Intentan simular un pánico de insolvencia en el Fondo Cuadrangular antes de la apertura de Tokio.
Kadaffy, reclinado con un puro apagado entre los dedos, analizó el origen de la firma digital.
—La dirección de enrutamiento pasa por una sociedad fachada en Luxemburgo —intervino Kadaffy, llamando directamente al canal privado de Joaquín y Lucía—.
El origen real es el grupo bancario de Saint-Germain.
Quieren forzar una llamada de margen que obligue a la cámara de Zúrich a liberar colateral en las próximas dos horas.
En el salón de gala de Saint-Moritz, Lucía escuchó la voz de Kadaffy a través del auricular invisible alojado en su oído derecho. Sin alterar un solo músculo de su rostro, tomó un sorbo de vino y miró a Joaquín.
—Saint-Germain cree que nos tiene atrapados entre el protocolo de Zúrich y la gala de Davos —murmuró Lucía en español, inclinándose hacia el oído de Joaquín con un gesto que a los ojos de la prensa parecía una caricia romántica—.
Quiere obligarme a salir de la sala para pedir una suspensión de pagos.
—No te vas a mover de este salón, ejecutiva —respondió Joaquín con una voz grave y serena, deslizando su mano por la espalda descubierta de Lucía hasta fijarla en la parte baja de su cintura, imponiendo un agarre posesivo que la anclaba al espacio—.
Este es el momento de aplicar la contraofensiva de alta frecuencia que diseñaste el martes.
El Contragolpe de Alta Frecuencia
Lucía sintió la firmeza de la mano de Joaquín sobre su piel desnuda. La presión física no la limitó; al contrario, encendió en su mente una lucidez quirúrgica.
—Sarah, Kadaffy, no bloqueen la inyección de la orden falsa —ordenó Lucía en un susurro casi imperceptible, manteniendo los ojos fijos en Saint-Germain al otro lado del salón—. Abran el canal de la sociedad en Luxemburgo y absorban el volumen falso a través de nuestra filial de Singapur.
—Si hacemos eso, nos quedamos con el título de la deuda de su propio banco en Francia —advirtió Sarah desde Zúrich con una sonrisa afilada.
—Exactamente —decretó Lucía, ejerciendo una contención diplomática brillante mientras saludaba con un leve movimiento de cabeza a un ministro de finanzas que pasaba a su lado—.
Ejecuten la llamada de margen inversa sobre las acciones de SaintGermain a las diez en punto.
Vamos a liquidar su banco privado antes de que sirvan el postre.
Joaquín afianzó la presión de su mano sobre la cadera de Lucía, acercando sus labios a la curva de su cuello.
—Una maniobra devoradora, presidenta —murmuró él, sintiendo la aceleración del pulso de ella bajo su piel—. Has convertido su propio virus en la orden de compra de su patrimonio.
—Aprendí del mejor arquitecto, Morel —respondió ella con un aliento entrecortado, apretando la pierna contra la de él bajo la caída del vestido.
A las diez en punto, el teléfono personal del barón de Saint-Germain vibró en su bolsillo.
Lucía y Joaquín observaron cómo el anciano bancario palidecía de forma drástica al leer la pantalla.
Su mirada aterrorizada cruzó el salón hasta encontrarse con la de Lucía.
Ella tan solo elevó su copa en un brindis silencioso e impecable, consumando la destrucción financiera del rival sin haber dado un solo paso fuera de la fiesta.