Arquitectura del Poder Tomo I #2
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Tomo I #2

Lucía rodó sus caderas en un movimiento lento y circular, ahogando un gemido directamente en la boca de él al sentir la dureza inequívoca que la presionaba a través de la tela.

—Eres implacable... —susurró Lucía, separándose apenas unos milímetros, con los labios húmedos, hinchados y el aliento entrecortado.

—Aún no has visto nada —respondió Joaquín con la voz grave, rasgada por la excitación.

Él la bajó despacio, manteniendo el contacto piel con piel, y apartó la pesada cortina de terciopelo azul marino.

El aire fresco de la noche los recibió en el balcón privado, suspendido sobre el callejón iluminado apenas por la luz ámbar de los faroles lejanos.

Abajo, el murmullo de la ciudad continuaba, ajeno por completo al fuego que devoraba el piso superior.

Joaquín la giró con firmeza pero sin brusquedad, de modo que Lucía quedó apoyada de frente contra la balaustrada de mármol frío.

El contraste entre la frialdad de la piedra en sus palmas y el calor sofocante del cuerpo de Joaquín pegándose por detrás hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.

Con una parsimonia deliberada, Joaquín deslizó las manos desde su cintura hacia abajo, atrapando el borde del vestido de seda negra.

Comenzó a subirlo centímetro a centímetro, sintiendo la tersura de sus muslos cálidos, hasta dejar al descubierto la lencería de encaje y la piel al desnudo, expuesta a la brisa de la noche y a la intensidad de sus caricias.

El viento helado de la noche contrastaba de manera brutal con el calor abrasador que emanaba de la piel de Lucía.

Apoyada sobre la balaustrada de mármol, sintió los dedos de Joaquín subir con firmeza por la parte posterior de sus muslos.

Cada milímetro que la seda negra ascendía descubría un territorio nuevo de sensibilidad extrema; los poros de su piel se erizaban al contacto del aire fresco justo antes de ser reconfortados por las palmas cálidas de Joaquín.

Joaquín inclinó el torso hasta pegar su pecho por completo contra la espalda desnuda de ella.

Desplazó su boca hacia la curva de su cuello, mordisqueando con delicadeza el lóbulo de su oreja mientras su mano derecha se deslizaba por debajo del encaje de la lencería.

La humedad y la temperatura de Lucía Fernanda delataban que su deseo estaba en su punto máximo.

—Dime que esto es lo que querías cuando cruzaste la mirada conmigo en la barra —murmuró Joaquín contra su piel, aplicando una leve presión con los dedos que hizo que ella se arqueara hacia atrás, buscando un contacto aún más íntimo.

—Es mucho más... —alcanzó a jadear Lucía, apretando los nudillos contra la piedra del balcón—. Pero no me hagas esperar, Joaquín.

Él sonrió en la penumbra, disfrutando de la rendición de una mujer que minutos antes se mostraba inalcanzable.

Liberándose de la restricción de su propia ropa con un movimiento rápido y certero, Joaquín la alineó y se abrió paso dentro de ella con una penetración lenta, profunda y sin interrupciones.

Un gemido agudo y sofocado escapó de los labios de Lucía, quien tuvo que presionar la boca contra su propio brazo para no romper el silencio del callejón inferior.

La sensación de plenitud era abrumadora.

Joaquín mantuvo las manos firmes en las caderas de ella, marcando un ritmo denso y pausado, saboreando el estiramiento y la fricción ajustada de cada movimiento.

El riesgo latente de ser descubiertos tras la delgada cortina de terciopelo transformaba la escena en una vorágine de adrenalina puro.

Con cada embestida profunda, el vestido de seda ondulaba con la brisa nocturna y los suspiros de Lucía se sincronizaban con el pulso acelerado de Joaquín, elevando la tensión erótica hasta un punto donde el control estaba a punto de fracturarse por completo.

Joaquín aceleró el ritmo con precisión, alternando estocadas largas y profundas con pausadas presiones contra el cuello de Lucía, donde podía sentir su pulso desbocado.

Ella hundía la cabeza entre los hombros, completamente entregada a la marea de sensaciones, mientras el sonido sutil de las pieles al encontrarse se mezclaba con el rumor lejano del tráfico de la ciudad.

Las manos de Joaquín abandonaron por un segundo sus caderas para subir por el torso de Lucía, apretando sus pechos por encima de la tela desordenada del vestido.

Cada gemido ahogado de ella resonaba en el pecho de Joaquín como una inyección directa de adrenalina.

Sintió cómo las paredes internas de Lucía comenzaban a contraerse en espasmos rítmicos y apretados, señal inequívoca de que el clímax estaba a solo unos segundos de alcanzarla.

—Mírame... —le ordenó Joaquín en un susurro áspero, tomándola suavemente por la barbilla para obligarla a girar el rostro.

Lucía obedeció con los ojos entreabiertos, brillantes por el éxtasis y la luz tenue de los faroles.

Al cruzar sus miradas en ese instante crítico, la fricción intensa y la mirada directa quebraron cualquier rastro de control.

Lucía soltó un jadeo tembloroso y prolongado mientras una vibración interna la recorría de pies a cabeza.

Joaquín, conteniendo la respiración y sintiendo la calidez envolvente de su liberación, la acompañó en las últimas embestidas hasta alcanzar su propio clímax, dejándose llevar por una descarga sofocante de placer en la penumbra del balcón.

Quedaron inmóviles durante unos momentos, apoyados el uno contra el otro, escuchando únicamente sus respiraciones agitadas y sintiendo cómo el frío de la noche volvía a abrirse paso entre sus cuerpos sudorosos.

Lucía se dejó caer ligeramente hacia atrás contra el pecho de Joaquín, aún intentando recuperar el aliento. Pasaron varios segundos de silencio absoluto antes de que ella ladeara la cabeza y dejara escapar una sonrisa descarada.

—Tienes razón, Joaquín... —murmuró, reacomodándose el vestido con manos aún temblorosas—. Definitivamente no hablas por hablar. Pero si crees que esto ha sido suficiente para saciarme, estás muy equivocado.

Joaquín sonrió, acomodando su ropa con la misma serenidad previa al encuentro, aunque con los ojos encendidos por lo que acababa de ocurrir.

—Esto apenas fue la presentación, Lucía. Ahora es cuando la noche realmente empieza.

Lucía terminó de ajustarse el vestido de seda, alisando la tela sobre sus caderas con una parsimonia deliberada. Aunque sus movimientos pretendían recuperar la elegancia distante del principio, la respiración aún agitada y el rubor en su cuello delataban el impacto de lo que acababa de vivir.

Se giró hacia Joaquín, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja mientras lo observaba abotonarse la camisa con total calma.

—Me gusta la gente que cumple lo que promete —dijo ella, apoyando el hombro contra el marco de la balaustrada y cruzando los brazos—. Pero un club nocturno deja de ser interesante después de esto.

—Tengo un lugar a diez minutos de aquí —respondió Joaquín, dándole el último toque al cuello de su camisa y dando un paso hacia ella—. Sin luces tenues para esconderse, ni cortinas de terciopelo.

Lucía arqueó una ceja, dejando entrever esa mirada calculadora que Joaquín había detectado en la barra.

—¿Una invitación a tu terreno tan pronto, Morel? Eso suena a que te estás confiando.

—Suena a que no me gusta dejar las cosas a medias —contestó él, tomándola con firmeza pero delicadeza del antebrazo para guiarla de regreso hacia la pesada cortina—. Y tú tampoco pareces una mujer que se conforme con un solo asalto.

Al cruzar de vuelta al interior del club, el murmullo de la música y las risas distantes se sintieron extraños, como si pertenecieran a otro mundo.

Mientras bajaban juntos la escalera de caracol, el roce de las manos y la cercanía de sus cuerpos mantenían viva una corriente eléctrica que amenazaba con volver a encenderse en cualquier rincón oscuro del trayecto.

Salieron a la calle nocturna, donde la brisa limpia de la madrugada les azotó el rostro. Joaquín hizo una señal a un taxi que esperaba en la acera opuesta. Al abrirle la puerta, Lucía se detuvo un instante antes de subir, mirándolo fijamente a los ojos a escasos centímetros de su rostro.

—Si vamos a tu apartamento, Joaquín, las reglas cambian —susurró ella, con una sonrisa provocadora en los labios—. Ya viste de lo que soy capaz cuando me provocan.

—Eso es exactamente lo que estoy esperando descubrir —respondió él, antes de cerrar la puerta y subir a su lado en el asiento trasero.

El trayecto en el taxi fue un combate silencioso de miradas y tacto contenido.

La penumbra del asiento trasero se convirtió en un espacio sofocante donde cada frenada del vehículo hacía que el hombro y el muslo de Lucía se presionaran contra los de Joaquín.

Ella mantenía la pierna ligeramente cruzada hacia su lado, permitiendo que la seda de su vestido rozara la tela del pantalón de él con cada movimiento del coche.

Joaquín, sin prisas pero con aplomo, apoyó el brazo sobre el respaldo trasero, dejando que la yema de sus dedos trazara líneas invisibles sobre la piel descubierta del hombro de Lucía.