Aromas de tabaco y caos Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

La anciana apenas podía caminar. No habían dado más de diez pasos cuando las dos cayeron como sacos al suelo, azotadas por un golpe de viento.

Como pudieron, consiguieron ponerse de nuevo en pie.

La fuerza de aquel aire era brutal; no solo caminar era difícil, sino también ver con claridad debido al humo provocado por los diferentes focos de fuego que rodeaban la zona y que también impedía una respiración normal.

Los nervios, el viento, el humo, el desamparo y, sobre todo, el miedo, llenaban las calles de gentes que intentaban huir.

Mujeres, hombres, ancianos y niños iban cargados con todo tipo de enseres que intentaban librar de las llamas.

El panorama era desolador, todo el mundo corría de un lado a otro sin un rumbo fijo.

Desde el lugar donde Aurora estaba, no era fácil decidir la dirección que tomar; la gruesa cortina de humo que se estaba formando comenzaba a ser un gran obstáculo en su huida.

Y el viento, cada vez más potente, se encargaba de arrancar miradores, ventanales, árboles, tejas, balcones.

.. era imposible caminar, pues un sinfín de objetos volaban sobre las cabezas de los viandantes.

Las rachas de viento, brutales, hacían volar hasta trozos de maderas y vigas incendiadas.

Aurora intentaba cobijar a su abuela, pero le resultaba imposible, no podía mantener su cuerpo erguido; por cada paso que conseguían dar, el viento les hacía retroceder tres.

Doña Rita cayó nuevamente y, cuando Aurora intentó levantarla, esta, con un gesto, le pidió que no lo hiciera.

—Vete, sal de aquí, yo no puedo más. Esto es el infierno, hija... ¡Vete! y que sea lo que Dios quiera.

—Vamos, abuela, no diga tonterías ¡levántese!

Afortunadamente, cuando más desconcertadas estaban, un hombre al que apenas conocían, del que Aurora simplemente sabía que trabajaba en Corcho porque en alguna ocasión le había visto cargar el camión a las puertas de la Fábrica, bajó del mismo y les ayudó a entrar en el vehículo.

La pequeña camioneta estaba abarrotada de gente, no cabía ni un alma más.

A pesar de ello, las personas intentaban hacer hueco para poder socorrer al mayor número posible de viandantes.

El espacio reducido de aquel vehículo era la tabla de salvación de todos los que en él conseguían entrar; eran tantos los que ya estaban dentro y tantos los que querían subir, que decidieron viajar de pie para tratar de conseguir más espacio.

El calor se hizo insoportable y más de una persona se desvaneció por la falta de aire.

Aurora intentaba proteger a su abuela con el cuerpo.

Habían conseguido colocarse en una esquina y, si bien en un principio el lugar podía resultar aparentemente cómodo, lo cierto era que se estaba convirtiendo en una auténtica ratonera.

Después de un rato, la furgoneta se paró.

No había luz, a lo lejos se escuchaban las sirenas de los bomberos, el estruendo de cristales que reventaban por el calor y el crepitar de las llamas que devoraban todo lo que encontraban a su paso.

El hombre abrió la puerta trasera y pidió a todos que se bajaran, pues él tenía que regresar al centro de la ciudad.

A las puertas del Casino, un numeroso grupo de gente esperaba.

Aurora y su abuela se unieron a ellos. Había personas que se encargaban de guiar a otros hacia los diferentes hoteles y hostales de la zona, iglesias, cines.

.. cualquier espacio era bueno, todos servían para pasar la noche y refugiarse del fuego y del viento.Rendidas, se sentaron en el suelo, a la espera de su ubicación.

Aquella noche y los días venideros fueron un calvario.

Además de la situación en la que se encontraba la ciudad, que al igual que el resto del país se sumía en una larga posguerra, Santander había sido castigada con un incendio pavoroso que había dejado sin cobijo a miles de personas aquella noche de febrero del 41.

El viento sur, poderoso y caliente, había avivado el fuego sobre los tejados del centro de la ciudad, provocando el caos absoluto, el desamparo y la ruina de miles de familias que fueron reubicadas en diferentes zonas de la ciudad.

Hoteles, hostales, pensiones, las caballerizas del palacio de La Magdalena, ampararon a miles de personas que vieron cómo, en tan solo una noche, sus casas, sus trabajos, sus pertenencias y sus sueños les habían sido brutalmente arrebatados.

El lunes, Aurora ya había conseguido ponerse en contacto con su tía que, una vez alertada de lo sucedido, mandó en busca de Doña Rita a un paisano suyo para trasladarla al pueblo.

Ella debía ir a trabajar y, tras acomodarse de nuevo en casa de su madre, tomó rumbo hacia la calle Alta.

Por el camino, escuchó comentar que uno de los bomberos que habían trabajado en la extinción del fuego, había fallecido.

Esa fue, sorprendentemente, la única víctima mortal de aquel incendio.

Pero la mayoría de las conversaciones se centraban en las pérdidas de trabajo, la falta de alimento, de ropa, de medicinas y, sobre todo, de viviendas.

La muchacha no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban.

Primero, por la zona del muelle, todo eran restos de la ventolada; árboles caídos, fachadas arrancadas de cuajo, cristales por todos los sitios.

.. Más adelante, ruinas, cenizas, escombros.

.. Los hombres y mujeres con los que se cruzaba caminaban en silencio, cabizbajos, encogidos de hombros y pesarosos.

El silencio se había apoderado de aquella ciudad, se veían grupos de bomberos derribando edificios y limpiando las calles.

Rostros llorosos y descompuestos, miradas fijas, semblantes amargos, zozobra, pena y angustia.

El dolor invadía el corazón de los santanderinos, que volvían a donde antes estaban sus casas, o sus negocios, y que encontraban un montón de astillas quemadas y cientos de kilos de escombro en su lugar.

Treinta y siete calles arrasadas, desaparecidas del mapa, en una noche.

No había comida, ni luz, no se podían prender las lumbres, no quedaba nada, absolutamente nada, que hiciera reconocible la ciudad.

Los edificios que consiguieron salvarse, como Correos, el Ayuntamiento y alguno que otro más, eran los únicos que, con su presencia, parecían indicar que aquello, no hacía mucho, había sido una ciudad.

La parte comercial también se vio reducida a cenizas y, en ella, se quedó el sustento de muchos.

Pequeños locales donde los oficios se desarrollaban con reducidos grupos de trabajadores.

Calles enteras que hasta ese momento formaban parte importante de Santander, fueron devastadas, convertidas en polvo negro. Irrecuperables.

Aurora, mientras sus piernas recorrían aquel solar, ahora devastado, recordó cuánto le gustaba aquella pequeña y coqueta vía.

Un simple paseo por la calle La Blanca, o por Atarazanas, despertaba la alegría de la muchacha.

La gente transitaba por ella en busca de cualquier cosa que pudiera necesitar.

Teniendo en cuenta, además, que la mayoría de los despachos de abogados, notarios y médicos más prestigiosos de la ciudad se encontraban en aquel céntrico espacio.

Siempre le había encantado aquella calle.

Revivió por un instante una de aquellas tardes en las que por ella paseaba y, como si el tiempo no hubiera pasado, visualizó el escaparate donde se mostraban lindos zapatos en “El Botín de Oro” o en otras zapaterías más modestas.

Las hermosas flores que a la puerta de Rebolledo alegraban y aromatizaban la vía llenándola de alegría.

La paragüería Díez Moreno, donde aquellos resguardos, tan útiles en su tierra, comenzaban a teñirse de color, de dibujos florales o geométricos para uso femenino, dejando los negros más sobrios para cobijo masculino.

Los ricos petisúes de la confitería “La Cavada”.

A su memoria llegó, instantáneamente, el día en que recibió su primera paga.

Al salir, bajó corriendo por Garmendia y creyó rodar por momentos mientras descendía a toda prisa la pendiente mojada y resbaladiza; esperaba llegar a tiempo para comprar cinco de ellos y celebrarlo en casa con su familia.

El repaso de aquel hecho inundó su boca del sabor dulce y la textura cremosa de aquellos pasteles.

Cómo olvidar la mercería de Aniceto, los botones, las puntillas, los hilos, los dedales, las horquillas, las cintas del pelo; todo, todo la entusiasmaba cada vez que entraba, allí había comprado sus primeras medias una tarde que paseaba con Lola.

Y, ¡cómo no! los perfumes de Villafranca.

La hija mayor de Luisa, Dora, trabajaba en ella y cada vez que un aroma nuevo llegaba a la tienda se acordaba de Aurora y le regalaba una muestra en un pequeño botecito de cristal opaco.

La Blanca era un lugar con aire selecto y distinguido, donde disfrutar de un café o, simplemente, pasear era una delicia.

Siempre bulliciosa y alegre. Así era como ella la recordaba.

Pero, de todo aquello, ya no quedaba nada.

Solo reminiscencias que se unían al del panorama desolador de una ciudad destruida, machacada, dañada con saña, que invadió la visión de todos aquellos que intentaban ayudar después del incendio.

Algunos de aquellos comercios fueron ubicados en barracones en la Plaza de José Antonio, en los aledaños del Ayuntamiento o en el Paseo de Pereda durante años.

Otros, como “La Conchita”, en unos pocos meses volverían a abrir sus puertas.