Aromas de tabaco y caos Capítulo 1
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Aromas de tabaco y caos

Aromas de tabaco y caos

Por Conchi Revuelta

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Capítulo 1

Aurora Guzmán Balbuena, era una de esas personas que luchaban por salir adelante y poder realizar sus pequeños sueños.

Intentaba olvidar los años vividos, su infancia escasa, dura y con el punto de crueldad que la guerra infringió, forjó en ella el carácter necesario para sobrevivir.

Era una bella mujer, sencilla en sus formas, en sus modos y con una espectacular figura.

Su caminar seguro y firme portaba una elegancia innata, propia de cualquier muchacha de buena familia de la ciudad.

Podía presumir de soñadora porque lo era, de guapa porque se veía, de amable porque a la menor oportunidad así lo demostraba, de trabajadora porque no reparaba en esfuerzos nunca, de elegante, de dispuesta, de.

.. Podía, pero no lo hacía. Prefería pasar inadvertida, de puntillas, sin protagonismo.

Una más, una trabajadora de esa España dura donde, a pesar de que la segunda Guerra Mundial no había calado, sí denotaba las consecuencias que esta acarreaba.

Como todos los días, al llegar al Ayuntamiento, Aurora se despidió de sus compañeras de trabajo entre risas y comentarios que quedaban pendientes para la próxima jornada.

Aquel numeroso y alborotador grupo de mujeres, cansadas pero alegres, se segregaba tomando cada una el camino correspondiente de vuelta a sus casas.

Aurora solía ir con Dolores, compañera y amiga.

Pero, aquel día, Lola no había acudido a trabajar.

Estaba embarazada y, posiblemente, algún contratiempo en su estado había impedido que asistiera a su puesto de trabajo.

Durante las jornadas anteriores, había estado molesta y quejosa por ese motivo.

Cuando, aquella mañana, Aurora no divisó su silueta junto al cine Popular Victoria, donde acostumbraba a esperarla, no se preocupó.

Aunque no era habitual, en ocasiones Lola la alcanzaba corriendo.

Para ella, era normal ir siempre con el tiempo justo.

Como Aurora lo sabía, cuando bajaba y esta no estaba allí, no esperaba ni medio minuto a que apareciera y seguía su camino tranquilamente.

Aurora trabajaba desde hacía unos años en la Tabacalera.Precisamente, había sido su amiga Dolores quien la había animado y, posteriormente, ayudado a su entrada a la fábrica.

Una vez terminada la Guerra Civil, no hubo apenas nuevas incorporaciones en la fábrica de Tabacos.

Por el contrario, si se había despedido a muchas operarias por ser consideradas enemigas del régimen o, simplemente, porque en algún momento habían mostrado su descontento con él o su afinidad a la República.

En el lugar que estas dejaron, se contrató a otras mujeres, consideradas fieles y leales al gobierno, lo cual produjo en la factoría momentos tensos.

Las que estaban desconfiaban de las nuevas y estas intentaban limpiar la imagen, en ocasiones irreal, que de ellas se tenía en cuanto a sus ideas políticas.

Fue precisamente en ese momento, aprovechando que un grupo iba a entrar, cuando Lola intervino para que Aurora fuera admitida.

Dolores Ceballos era una joven pequeña y delgada, “La Seca” le decían.

Apenas conseguía que sus caderas se pronunciaran al andar, por más que ella exagerase su caminar.

Sin embargo, sus profundos ojos, grandes y avellanados, eran la envidia de todas.

Ella los resaltaba con encanto y marcaba sus labios con carmín rojo.

Ese pequeño toque hacía que fuera su cara lo que antes llamase la atención.

Si bien su cuerpo no era en exceso agraciado, sabía cómo sacar partido de lo que tenía.

Por tanto, y a pesar de su poca estatura, conseguía que las miradas masculinas repararan en ella antes que en cualquiera de las chicas con las que iba.

Lola procedía de una familia de cigarreras.

Su abuela y su madre habían trabajado en la factoría toda su vida y, como no podía ser de otra manera, ella había seguido sus pasos.

No fue por ganas, ya que lo que realmente le gustaba era el cine.

Soñaba con ser artista, pero la necesitad obligaba y no tuvo más remedio que ejercer de aprendiza en la calle Alta, ya que su madre había fallecido inesperadamente y se había visto en la necesidad de trabajar.

Sin pensárselo dos veces, Lola decidió acercarse un día a la fábrica y solicitó hablar con el Ingeniero Jefe.

Este, haciendo una excepción debido al conocimiento que tenía de la situación familiar en la que la moza se encontraba y recordando gratamente la habilidad con la que su madre liaba cigarros (era considerada como una de las mejores cigarreras de las que disponía la fábrica en aquel momento), atendió a la joven, la cual iba avalada por el buen hacer y disciplina demostrados durante largos años por las mujeres de su familia.

La petición de Dolores fue considerada y se admitió a la chica rápidamente en la fábrica.

Con catorce años recién cumplidos, comenzó a trabajar en labores auxiliares, como aprendiza.

Tras dos años, los exigidos en esos quehaceres, la maestría demostrada hizo que ocupara un puesto de operaria en máquinas, siendo apenas una chiquilla.

Aurora tenía un año más, quince exactamente, cuando comenzó a trabajar en la Compañía Arrendataria de Tabacos.

Lo único que se requería para entrar era saber leer, escribir y una buena aldaba.

De los dos primeros estaba sobrada; el tercero, importantísimo, corrió a cargo de su amiga Lola.

Aurora no conocía en absoluto el mundo del tabaco, ya que su familia se dedicaba a la pesca.

Pero, a pesar de ello, pronto comenzó a adorar aquel mundo y a familiarizarse con las labores.

Ella nunca había imaginado que algún día iba a formar parte de aquel enorme grupo de mujeres trabajadoras; celosas en exceso de su labor, cumplidoras y dispuestas siempre a ayudarse unas a otras, tanto en las ocupaciones propias de la elaboración como en los problemas personales que alguna tuviera.

Todas ellas, cobijadas entre las paredes de aquel hermoso edificio, construido trescientos años atrás para convento de clausura, formaban sin pretenderlo el grupo más numeroso de mujeres que trabajaban en una fábrica de la ciudad de Santander.

Eran cerca de cuatrocientas, con signos de identidad diversos pero, si algo diferenciaba a todas aquellas mujeres del resto de profesionales de cualquier otro sector, era el compañerismo, la solidaridad y la camaradería.

Mujeres organizadas y bravas, orgullosas de ser lo que eran.

Para ellas, ser cigarreras no era una situación; era una satisfacción.

A pesar de estar mal visto por algunos, dada la fama de liberales y desenfadadas que tenían, ellas lo llevaban a gala sin importarles en absoluto los comentarios, casi siempre infundados, sobre su condición.

Resultaban desenvueltas, desahogadas, resueltas, osadas y descocadas, pero todo ello no era más que una máscara que cubría los enormes corazones, trabajadores, incansables, aguerridos, leales y voluntariosos de mujeres de carne y hueso que luchaban por sacar a sus familias adelante.

Eran el sustento de sus casas y no querían ni debían perder la condición que desde hacía años habían logrado; la libertad económica, la cual condicionaba en gran medida a las mujeres de aquellos tiempos.

Sin embargo, ellas disponían de la independencia monetaria suficiente para no tener que compartir su vida con un hombre por la subsistencia.

Aquel era uno de los motivos que diferenciaba y daba fama de libertinas a unas mujeres que, en realidad, eran como todas las demás, pero cigarreras.

Aurora caminaba lentamente. Iba admirando las calles por donde pasaba todos los días, pero hoy, sin saber muy bien por qué, se había fijado más en los detalles.

Se paró un momento frente a la Catedral y observó el monumento a la Virgen que recientemente habían colocado en medio de la plaza de las Atarazanas.

De repente, apenas sin querer, su vista se elevó y observó el nuevo reloj que, por fin, llenaba de vida aquel enclave.

Nueve años después, el sonido acompasado y amable del mismo indicaba a los santanderinos la hora en la que vivían.

No pudo por menos que esbozar una gran sonrisa.

Y, entonces, decidió sentarse en las escaleras de acceso al templo.

Encendió un cigarrillo y dejó que su mente la transportara al pasado.

A aquellos últimos años vividos. A sus inicios como cigarrera. A las postrimerías de 1940.

Cuando, en noviembre de 1940, recibió la noticia de que había sido aceptada su solicitud de ingreso en la Compañía Arrendataria de Tabacos, Aurora no dudo en pedirle a su abuela permiso para vivir con ella.

Doña Rita vivía en Méndez Núñez y la madre de Aurora en la calle del Sol; ni qué decir tiene que la distancia era considerable.

A cambio, la joven aportaría un dinero en concepto de manutención y gastos propios de la casa.

Sus tías, con las que no tenía muy buena relación, consintieron en que viviera con la señora mientras abonara los gastos.

Su abuela, a pesar de los tiempos que corrían, no necesitaba el dinero.

Disponía de tierras que tenía arrendadas en su pueblo, además de dos casas en Selaya que también estaban alquiladas.

Con la mujer habitaba una de sus hijas, Juana, la cual también aportaba unas pesetas a la casa.