CAPÍTULO 12 #4
Sin embargo, la paz de aquella barriada próspera era apenas una ilusión flotante sobre las aguas agitadas de un país que se desmoronaba. La guerra, lejos de extinguirse en las colinas del Sur, avanzaba con el impulso devorador de una tormenta de verano.
En la lonja de fletes, en las tabernas junto al embarcadero y en la puerta de la oficina de correos, las conversaciones ya no versaban sobre el rendimiento de las cosechas o el precio del grano, sino sobre nombres de ríos lejanos, caudillos militares, desfiladeros tomados y ciudades puestas bajo sitio.
Los periódicos del Norte, impresos en papel de estraza y leídos a voces ante multitudes silenciosas, traían listas interminables de bajas y boletines oficiales que confirmaban la escala de la contienda.
El conflicto había dejado de ser una revuelta de provincia para transformarse en una hoguera colosal que consumía regimientos enteros y reescribía las fronteras del estado a golpe de cañón.
Una noticia en particular, publicada a comienzos de semana en la gaceta provincial, heló la sangre de Thomas mientras aguardaba su turno de cobro en el almacén de madera.
El congreso había promulgado una nueva ley de movilización general que ampliaba los márgenes de edad para el servicio de armas y anulaba las exenciones previas para los trabajadores eventuales de las provincias limítrofes.
La demanda de hombres para reforzar las divisiones del frente era insaciable; las partidas de levas comenzaban a registrar los talleres, las canteras y las barracas de inmigrantes en busca de cualquier varón joven capaz de empujar una bayoneta.
La amarga certeza se instaló de inmediato en el ánimo de Thomas: haber escapado del fuego de Mississippi y de los capataces de St. Jude no lo ponía a salvo de los oficiales de reclutamiento.
Su propia juventud, la solidez de su complexión y su falta de documentos notariales en los condados libres volvían a convertirlo en un objetivo evidente para la vorágine militar que se avecinaba.
Aquella noche, incapaz de conciliar el sueño mientras el crujido suave de la paja del jergón marcaba la respiración tranquila de sus hijos, Thomas se levantó en silencio, se caló la chaqueta de lona y salió al pequeño patio posterior de la vivienda.
El aire de la madrugada era helado y cristalino, impregnado del olor a pino seco y a la corriente viva del río.
Arriba, en la inmensidad de un cielo sin nubes, las estrellas titilaban con una fijeza fría que parecía ignorar la miseria de los hombres en la tierra.
Thomas apoyó las manos sobre el muro bajo de piedra seca, contemplando la oscuridad que se extendía hacia el Sur, hacia la tierra de la que habían tenido que huir entre fuego y sangre.
Pensó en todo lo que había quedado sepultado en las orillas del delta: las tumbas sin nombre de quienes cayeron en el camino, la casa de tablones devorada por las llamas, la juventud amputada por la servidumbre y la falsa seguridad de una existencia reducida al espacio entre la choza y el cultivo.
Pero también pensó en la fragilidad del presente, en la casa que acababan de cerrar por dentro y en lo cerca que estaban de volver a perderlo todo si los uniformes del ejército llamaban a la puerta de Oakhaven Norte.
El crujido de las botas de Lizzie sobre los adoquines del patio interrumpió la corriente amarga de sus pensamientos.
Su esposa se acercó despacio, envolviéndose en un chal de lana oscura contra la brisa de la madrugada, y se colocó a su lado, descansando su hombro contra el de Thomas con la familiaridad serena de quien conoce cada uno de sus silencios.
—No podías dormir —dijo Lizzie con voz suave, mirando hacia el perfil distante de las colinas.
—Estaba pensando en la ley de movilización que leyeron esta tarde en la lonja, Lizzie —confesó Thomas en un murmullo grave, arrugando la frente—.
Las levas llegarán a esta villa antes de que termine el mes.
Van a reclutar a todo hombre disponible para las brigadas de reserva.
Si me encuentran trabajando en el muelle, me pondrán una casaca militar y me enviarán de vuelta hacia la línea del frente, al mismo infierno del que intentamos alejar a los niños.
Lizzie guardó silencio por unos instantes, contemplando la sombra del río que discurría en la penumbra. Cuando volvió el rostro hacia él, sus ojos oscuros reflejaban la misma luz acerada y serena que los había sostenido a través de los pantanos y los tiroteos de la garganta.
—Cuando estábamos en las servidumbres de Oak Harbor y la vida no era más que una condena diaria, ya tuvimos que elegir entre resignarnos a la sombra o arriesgarlo todo para estar juntos —le recordó ella, tomando su mano con un agarre firme y cálido—.
En aquel momento elegimos correr el riesgo, Thomas, y volvería a elegirlo mil veces antes que dejar que el miedo nos separe.
Si la guerra se acerca a este puerto, no nos quedaremos a esperar a que nos alcance; volveremos a ponernos en marcha.
Mientras estemos juntos y conservemos a los niños, ninguna ley de reclutamiento podrá destruir lo que hemos construido.
Thomas miró a su esposa, sintiendo cómo sus palabras disipaban la bruma helada que le oprimía el pecho. La travesía de St. Jude no había sido un destino final ni un episodio cerrado en sus vidas, sino la primera prueba de fuego de una transformación más profunda.
Habían conseguido escapar de la esclavitud de un mundo antiguo y caduco, pero ahora debían encarar el reto imponente de edificar una existencia libre en mitad de una patria que se desangraba para refundarse a sí misma.
En ese preciso instante, desde la ventana iluminada de una vivienda contigua al otro lado del callejón, la voz ronca de un vecino leyendo a voces el último despacho de la noche rasgó la quietud de la barriada.
Las noticias hablaban de una gran ofensiva desencadenada en las llanuras centrales, de regimientos enteros movilizados de urgencia en la capital y del llamamiento inmediato a las quintas de los condados del Norte.
La contienda no daba tregua ni permitía el descanso a los supervivientes; la maquinaria de la guerra aceleraba su marcha, exigiendo más vidas y más sangre para alimentar el fuego de las provincias.
Thomas volvió despacio la mirada hacia la puerta de madera de su refugio, donde Samuel y Martha dormían al abrigo de la chimenea. En la quietud de su memoria emergió con una claridad arrebatadora la imagen de Oak Harbor y los campos infinitos de algodón bajo el sol inclemente del Sur.
Aquellas matas blancas, que durante generaciones habían representado la riqueza incalculable de unos pocos y la servidumbre, la pérdida, el dolor y el amor desesperado de miles de seres invisibles, pertenecían a un orden social que se consumía ahora en el fuego de las batallas.
El algodón de las haciendas ardía bajo el empuje de las columnas militares, los imperios fundados sobre el sufrimiento de los hombres se desmoronaban en cenizas por todo el continente, y era de esas mismas cenizas calcinadas de donde debía emerger, a fuerza de coraje y sacrificio, una vida nueva y limpia para sus hijos.
Thomas rodeó los hombros de Lizzie con el brazo, apretándola contra su costado mientras ambos contemplaban la primera franja de luz grisácea que comenzaba a despuntar sobre las cumbres de la sierra septentrional.
La huida de St. Jude había alcanzado su término y el refugio provisional les otorgaba un breve respiro en la marcha, pero el horizonte que se abría ante ellos era el de un país en llamas donde cada legua conquistada exigiría una determinación aún mayor.
El viaje había terminado solo por ahora, y supieron con helada certeza que la verdadera lucha por conservar su libertad estaba aún por comenzar.