Capítulo veintisiete
Blue
La carrera de cinco minutos a través de la parte estrecha de la isla en el carrito de golf, que no paraba de dar botes, me dejó el pie agarrotado de tanto pisar el acelerador.
La lluvia torrencial había transformado el sendero en un río de barro.
El carrito se caló dos veces y se atascó una.
Cuando por fin coroné la pequeña elevación que daba a los muelles, me di cuenta de que había llegado por los pelos.
Con los reflectores encendidos, un par de botes metálicos de aspecto militar, muy cargados y repletos de hombres armados, luchaban por atracar en medio del fuerte oleaje. Eran los botes que había avistado antes.
Sabiendo que no tenía tiempo que perder, salté del carrito de golf, me eché el pesado petate a la espalda y bajé tambaleándome por la cuesta.
El pesado petate me agotaba las fuerzas y me robaba el aliento. Me lo quité de la espalda, lo arrastré el resto del camino hasta el borde del acantilado de dos metros y medio y lo lancé a un hueco arenoso en el fondo. Sin tomar el camino que zigzagueaba hasta los muelles, me dejé caer yo también.
Guiándome por mi intuición, arrastré el petate entre las piedras y a lo largo del acantilado rocoso hasta donde debía estar la entrada de la cueva. Al rodear un recodo, divisé un haz de luz que brillaba entre un grupo de rocas.
La cueva.
Arrastré el petate los últimos metros. La abertura era un arco irregular de unos dos metros y medio de ancho por tres de alto. La tormenta se había intensificado y una cortina de agua caía en cascada por las rocas, precipitándose sobre la entrada.
Había tenido suerte. De no ser por la luz del interior, la habría pasado por alto por completo.
Me asomé por encima de las rocas que ocultaban la entrada de la cueva. El primer bote lanzó una cuerda que no alcanzó el noray. Una figura armada saltó y aterrizó en el muelle, forcejeando con los cabos rebeldes.
No había tiempo que perder.
Con ambas manos, alcé el petate del suelo y lo lancé a través de la cortina de agua. Sin perder un segundo, empuñé el arma, puse el dedo en el gatillo y entré en la cueva.
Me había imaginado lo que vería al entrar, y aun así, se me revolvió el estómago. Emme, Lexi y los niños alineados contra la pared, y Charles apuntándoles con su arma.
Pero no me había esperado encontrar a Jeffrey de pie junto a Charles, también empuñando un arma. Estaba vivo. Formaba parte del plan. Y aunque había estado hipervigilante, no había sido lo bastante paranoica.
—Hola —dije, porque necesitaba que toda su atención estuviera en mí. Y después—: Adiós.
***
Apollo
Disparé en el mismo instante en que vi el fogonazo del disparo de Blue. Era tan brillante como la furia que centelleaba en sus ojos.
Incluso mientras disparaba, las imágenes ante mí se ralentizaron. Charles se giró, iluminó a Blue con la linterna y apretó el gatillo.
Una bala pasó silbando a menos de dos centímetros de la cabeza de Blue, a velocidad supersónica, rozándole el cabello y dejando unos cuantos mechones índigo iridiscentes flotando en el aire.
La garganta se me cerró y no dejó pasar ningún sonido, pero el terror me paralizó el corazón. Un grito resonó en mi cráneo.
¡Blue!
Seguí disparando incluso cuando ambos hombres cayeron bajo la lluvia de balas que Blue y yo descargamos sobre ellos desde lados opuestos.
Trabajamos en tándem como si el nuestro hubiera sido un ataque coordinado, planeado y ejecutado a la perfección.
Cosa que no era. Pero eso solo lo sabíamos Blue y yo.
La mujer a la que había intentado proteger acababa de salvar a mi familia y el pellejo. También me había dado el susto de mi vida. Tenía el culo tan apretado que igual no se me relajaba nunca.
—¡Apollo, Blue! —la voz aliviada de Lexi resonó en la cueva—. ¡Gracias a Dios!
—Ya le daremos las gracias cuando hayamos terminado. —Corrí hacia Blue y la estreché contra mi pecho, empapada como estaba—. ¿Pero qué demonios, mujer?
La miré, le aparté el pelo pegado a la cara y reprimí el impulso de zarandearla hasta que entrara en razón.
—¿En qué coño estabas pensando?
—En que necesitabas ayuda —jadeó, sin aliento. Me dio un manotazo en el pecho, pero apenas lo noté—. En que tu maldito complejo de héroe alfa iba a conseguir que te mataran.
—¿Y quién es el héroe alfa ahora? —exigí, atrapándole la cara entre las manos.
—El puesto sigue vacante —escupió entre jadeos—. Dos botes.
—¿Cuántas cabezas?
—No estoy segura, ¿treinta o así? Y muchas armas. No tardarán en llegar.
—Vale, muy bien, pongámonos en marcha. —Solté a Blue y recorrí con la mirada a Emme, Lexi y los niños, que todavía llevaban el pijama puesto—. ¿Estáis bien, chicos?
—Estamos bien —dijo Lexi, ajustándose la larga camiseta de maternidad que le caía hasta las rodillas sobre un par de leggings—. ¿Verdad, pandilla?
Emme asintió, y los niños también. Joram me hizo un saludo militar.
—Todo en orden. —El niño sonrió—. ¿Cuáles son sus órdenes, señor?
Miré a Emme.
Juego, articuló con los labios, abriéndome mucho los ojos.
Debía de haberles dicho a los niños que aquello era una especie de juego. No quería asustarlos. Maya, Joram y Lulu ya habían pasado bastante miedo en sus cortas vidas.
Le hice a Emme un gesto discreto de asentimiento y volví a mirar a Joram, que me observaba expectante.
—¡Firmes! —ladré, y Joram se cuadró sacando el pequeño pecho—. Necesito que sigas órdenes, recluta. Serás valiente, rápido y silencioso. Ni una palabra.
—¡Sí, señor! —dijo Joram.
Miré a Lulu, que también asintió, pero tuve la sensación de que la niña de once años no se estaba tragando lo del juego.
—Reunión del equipo adulto —dije, y las mujeres y yo nos apiñamos para hablar.
—¿Qué pasó? —preguntó Blue en voz baja—. ¿Cómo salió Charles de la despensa?
—Lo teníamos encerrado allí cuando Jeffrey apareció de la nada —dijo Emme—. Le apuntó con una pistola a Lexi.
—Pensé en arrancarle los ojos —escupió Lexi—. Pero cuando apuntó a mi barriga, al pequeño Max, no tuvimos más remedio que obedecer.
—Como podéis ver, ninguno de esos cabrones volverá a hacerlo —dije—. Blue me dice que nos han cortado el acceso a los muelles. Así que nos replegamos. Todos, de vuelta a la casa.
Las mujeres guiaron a los niños de vuelta por donde habíamos venido. Agarré el petate y las seguí hasta la puerta de acero. Cerré tras de mí, dejé caer la bolsa y eché el candado. Si las cosas se ponían feas, la puerta cerrada con candado nos daría algo de tiempo extra.
Dejé el petate detrás del saliente donde estaba anclada la puerta. Lo abrí, saqué un par de pistolas y se las di a Lexi y Emme. Rebusqué en el fondo de la bolsa, saqué varios cargadores extra y los repartí entre las dos.
—Este es el plan —dije—. Os replegaréis por el sótano, cruzaréis los jardines y bajaréis corriendo a la playa. Vuestro objetivo es llegar al cobertizo de los botes lo más rápido posible. ¿Podéis hacerlo?
—Pan comido. —Emme se colocó a Maya en la cadera mientras sujetaba la pistola con la otra mano.
—Allí encontraréis una lancha motora —continué—. Tiene la llave puesta, el depósito lleno y está lista para zarpar. Hay un GPS programado en los controles. Si seguís las coordenadas, llegaréis a Port Elizabeth.
—Una lancha motora —repitió Blue, boquiabierta—. ¿Lista para zarpar?
—Plan de contingencia —dije—. Ahora, idos.
Lexi y Emme guiaron a los niños hacia la casa, pero Blue se quedó atrás.
—¿Y tú? —preguntó. Sentía su mirada clavada en mi espalda mientras recolocaba el petate a un metro del saliente—. ¿Vienes con nosotras?
—Voy a plantarme aquí —dije—. Os daré tiempo para que os larguéis.
—Apollo, déjate de heroicidades —dijo Blue—. Tienes que venir con nosotras.
—Eso no va a funcionar, cariño —dije—. Tienes que irte. Ya.
Con la pistola en la mano, dio un paso atrás, y luego otro.
—¡Muévete! —ladré.
Giró sobre sus talones y echó a correr por la cueva.
Saqué dos M4 del petate. Antes de salir de Denver, los había equipado con C-MAGS, cargadores compactos de doble tambor que ampliaban su capacidad a cien balas cada uno. Los alineé en el suelo con cuidado. Tenía el presentimiento de que iba a necesitarlos, y pronto.
Y así fue. Una voz femenina resonó en la cueva dando órdenes. Sabía perfectamente quién había llegado. Le había dejado dos regalitos y tenía una colección de balas con su nombre grabado.
Las botas mordían la arena y las armas chasqueaban y tintineaban mientras mis enemigos iniciaban un avance cauteloso. Como habían bloqueado mis comunicaciones, podían permitirse tomárselo con calma.
El hecho de que aún no hubieran usado armas pesadas ni granadas confirmaba que Zero Tango quería rehenes. Por eso no nos habían expuesto al veneno. Por eso Margret y sus mercenarios no entraban a tiro limpio.
Y eso me daba cierta esperanza de que Blue y los demás pudieran salir vivos de esta isla.
Hinqué una rodilla en el suelo, agarré uno de los M4 y me agazapé detrás del saliente de piedra caliza, a la derecha de la puerta de acero. El saliente me llegaba más o menos a la barbilla y era la única protección disponible.
Pegué el ojo a la mira y busqué sombras acercándose. Desde este ángulo, tenía una línea de tiro despejada que crearía un cuello de botella para mis enemigos al doblar la curva. La puerta con candado les complicaría aún más el asalto a mi posición.
Lo mejor que podía hacer con tan poco tiempo.
Un ruido a mi espalda me hizo girarme para encarar esta nueva amenaza.
Blue emergió de la oscuridad, corrió hacia mí y se agachó a mi lado.
—Quiero quedarme contigo.
—No vuelvas a pillarme por sorpresa así —murmuré, con el pulso disparado al pensar que había estado a un segundo de dispararle—.
Escúchame. Lexi está embarazada. Emme tiene que estar bajo techo antes del amanecer.
Sus vidas y las de esos niños dependen de ti.
Necesito que hagas esto, y que lo hagas ya. ¿Entendido?
—No puedo perderte —dijo—. No pienso dejarte.
—Sí que lo harás, y es una orden. —La fulminé con la mirada—. Los niños tienen que ser nuestra prioridad absoluta. Para Zero Tango son prescindibles. No puedes dejar que los capturen.