Capítulo veintitrés
Blue
Apollo regresó a la casa a altas horas de la noche. Tumbada en mi cama, dejé la tableta a un lado y lo seguí con la mirada mientras iba al baño de al lado. Tardó bastante en la ducha.
Me levanté y, dejando la puerta de la habitación abierta, salí al balcón y me dejé caer en el sofá. Me encontró allí. Llevaba solo un pantalón de chándal que le caía bajo en las caderas, olía a jabón antibacteriano y su piel brillaba después de haberse restregado a fondo.
Se me encogió el pecho cuando vi la preocupación y el agotamiento que le apagaban la mirada. Un ceño permanente le surcaba la frente. Estaba bajo mucha presión y se notaba.
Me daba miedo preguntar.
—¿Cómo están Rosario, Jackson y los demás?
—Mal —resopló y se frotó los ojos cansados—. Pedí una evacuación médica, pero después de la última pandemia mundial, la FAA exige un diagnóstico concreto antes de autorizar el traslado de cualquier paciente con síntomas víricos.
—¿Ah, sí? —dije—. ¿Por qué?
—No quieren que otro virus cause estragos en Estados Unidos. Troy probablemente podría solucionarlo, pero él y los demás están en silencio de radio, así que no hay forma de contactarlos. Tengo que esperar los resultados de las pruebas.
—¿Cuándo lo sabrás?
—Marisol está en ello. Ha hecho todo tipo de pruebas sin éxito. Está tan desconcertada como yo. Mañana deberíamos tener los resultados de la última tanda de pruebas.
—¿Podrían haberse expuesto a un virus o una bacteria antes de venir a la isla? —pregunté, también desconcertada.
—Revisé sus historiales médicos —dijo—. Ninguno ha estado en zonas de enfermedades endémicas en los últimos tres meses. Todos dieron negativo antes de venir. Y no han salido de la isla desde que llegamos.
—¿Podría ser algo que comieron? —pregunté.
—Inspeccioné la cocina de Jeffrey. Está impecable. Si los chicos estuvieran comiendo algo malo o tóxico, todos los de la casa principal también estaríamos enfermos. Así que no es algo que estén ingiriendo.
—He oído de turistas que enferman por licor falsificado —aventuré—. ¿Quizá alguno de los chicos fue al continente y trajo algo así?
—No permitimos alcohol en nuestras misiones —dijo—.
Steven hizo una revisión completa a la llegada.
También revisamos sus registros y examinamos las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Ningún miembro de la tripulación ha ido al continente desde que llegamos.
Y ahora nadie puede salir de la isla sin mi permiso.
—Qué misterio —dije, mordiéndome el labio—. ¿Podría ser algo de la casa de la playa lo que los está enfermando?
—Hice una inspección ambiental completa de su casa, y de toda la isla también.
No encontré nada que pudiera estar causando esto —Apollo negó con la cabeza—.
Incluso revisé los productos que usa el jardinero para las plantas, la piscina y los jacuzzis, buscando toxinas.
Resulta que la piscina y los jacuzzis funcionan con un sistema de sal y el jardín se mantiene solo con compuestos orgánicos.
—Entonces, ¿no crees que sea algún tipo de virus tropical?
—Esto parece un virus, y quizá eso es lo que es, pero los síntomas son de lo más variado —resopló—.
Van y vienen. Los hombres no responden a los antibióticos ni a los antivirales que les he dado.
Tenemos a la mitad de la tripulación en cama y me temo que los demás no están mucho mejor.
Me habría quedado allí si Steven no hubiera insistido en que echara una cabezada.
—Tiene razón, ¿sabes? No vas a ayudar a nadie si no puedes ni ver de lo agotado que estás. Ven aquí —me hice a un lado y di unas palmaditas en el cojín.
Se sentó a mi lado.
Le di un abrazo y un beso en la mejilla.
—Lo siento.
—No es culpa tuya —se recostó en los cojines y dejó escapar un suspiro—. No dejo de preguntarme qué hice mal.
Me eché hacia atrás y lo miré fijamente.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Algo se me tuvo que escapar, debí meter la pata en algo —murmuró—. Rosario no debería estar tan enfermo. Ni los demás tampoco. Debería ser capaz de saber qué es esto sin necesidad de laboratorios sofisticados. Todo esto es culpa mía.
—No, no lo es —repliqué—. Has estado encima de esto desde que Rosario cayó enfermo.
—Y sin embargo él y los demás siguen empeorando y no sé qué les pasa. Me siento estúpido. Si no resuelvo esto pronto...
Manchas oscuras le teñían la piel bajo los ojos y tres líneas profundas le surcaban la frente. Parecía exhausto. Vacío. Derrotado.
Nunca lo había visto así.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada —miró más allá de mí y fijó la vista en el horizonte.
—Eso no es verdad —me acerqué más a él, le pasé su brazo por encima de mi hombro y me acurruqué contra su costado, escuchando el concierto nocturno de la naturaleza.
Los grillos chirriaban en la oscuridad y el mar crecía y menguaba como el pecho de un gigante dormido, llenando la noche con un rítmico vaivén y murmullo que imitaba la respiración de Apollo.
Vi el brillo de las lágrimas en sus ojos.
—Está bien llorar, ¿sabes?
—Sí, lo sé, aquí dentro —se dio unos golpecitos en la sien—. Siempre les digo a mis hermanos que está bien llorar. Pero cuando me toca a mí, no puedo seguir mi propio consejo.
—No seas tan duro contigo mismo —le acaricié el pecho con los dedos en pequeños círculos—. Ha habido muchas veces en los últimos años en que mi tristeza era tan profunda que no tenía ni fuerzas para llorar.
—Suena bastante acertado —dijo, y me miró—. Eres una mujer muy sabia, Blue.
¿Sabia? Qué va. Pero últimamente me gustaba pensar que me habían dado tantas palizas y me habían dejado fuera de combate tantas veces que algo había aprendido.
Apollo exhaló, se zafó de mis brazos y se inclinó hacia delante en el sofá. Su mirada cayó al suelo y su frustración me golpeó con la misma intensidad con que la brisa del océano me acariciaba el rostro.
Algo oscuro y pesado se cernía sobre su alma esa noche. Tenía que ver con Rosario y los demás, sí, pero también con algo más. Estaba sufriendo una crisis de confianza. Incluso sus iris esmeralda habían perdido su brillo.
Tenía la corazonada de que esos viejos fantasmas a los que había aludido antes se habían apoderado de su mente y ensombrecido su espíritu.
¿Qué clase de fantasmas terribles podían causar semejante tormento existencial a un hombre tan valiente como Apollo?
Me abracé las rodillas contra el pecho y esperé en silencio. Ansiaba que confiara en mí. Quería ayudar. Pero sabía que presionarlo no serviría de nada. Abrirse conmigo tenía que ser decisión suya.
—Soy un maldito fraude —murmuró.
—Eso no es verdad —dije—. No tienes ni un gramo de falsedad.
—Dice la mujer que me echó en cara mi perfeccionismo —soltó un resoplido amargo que me estremeció—. Tenías razón, Blue. Todo es fingido. Mis hombres están enfermos y pueden morir porque no logro descubrir qué los está enfermando.
«No puedo» no era una expresión que yo asociara con Apollo. Me mataba verlo sufrir así.
—Te has esforzado mucho —le recordé.
—Esforzarse no es el objetivo aquí —se apretó las manos con fuerza brutal—. Ganar lo es. Salvar vidas es el único objetivo que importa. El resto son excusas y gilipolleces. Resulta que solo soy bla, bla, bla y nada de acción.
—Eres un SEAL, médico y empresario innovador —señalé—. ¿Cómo explicas haber logrado todo eso si no eres extremadamente competente en todo lo que haces?
Se encogió de hombros.
—Tuve suerte, supongo.
—Ja —fingí considerar esa suposición ridícula un momento—. Creo que confundí un síndrome con otro.
Me miró por encima del hombro y arqueó las cejas.
—¿Qué quieres decir?
—El perfeccionismo no es tu único problema —dije—. Creo que padeces un caso severo de síndrome del impostor.
—¿Síndrome del impostor?
—Sí, ya sabes, cuando alguien de alto rendimiento como tú duda de sus logros y...
—¡Ya sé lo que es el síndrome del impostor!
—Bien —ignoré su irritación y continué—. Entonces deberías reconocer el síndrome cuando un hombre brillante que se ha dejado la piel para salvar vidas dice que es «bla, bla, bla y nada de acción».
Se quedó callado.
Podría haberme echado atrás si no pensara que se estaba ahogando en un mar de emociones negativas. Me deslicé hacia delante en el sofá y busqué su mirada.
—¿Cuándo empezó?
—¿Cuándo empezó qué?
—Tu síndrome del impostor —dije—. ¿Cuándo empezaste a decirte que eras puro bla, bla, bla y nada de acción?
—Yo no...
—No tienes que contármelo si no quieres —dije—. Pero no lo niegues. Porque sabes que es verdad.
Frunció el ceño.
—Blue, sin ánimo de ofender, pero si quisiera un loquero, llamaría a uno.
—Mira, esto es lo que me saca de quicio contigo —dije—. Tú puedes hacer de loquero conmigo, usar todos tus trucos médicos y tu don de gentes para ayudarme a mejorar. ¿Pero yo no puedo devolverte el favor?
Hice una pausa y esperé a que le entrara en esa cabezota suya.
—Apollo, está bien sentirse vulnerable, tener tus cosas. Te enfrentas a una situación difícil y tienes que ser fuerte para Rosario, para los demás. Pero no tienes que mantener el tipo las veinticuatro horas del día ni ser perfecto todo el tiempo. No cuando estoy yo.
Se frotó la cara de nuevo y la nuez le subió y bajó.
—Mi padre solía decirme eso constantemente.
—¿Lo de bla, bla, bla y nada de acción?
—Sí. Se burlaba de mí. Me decía que estaba lleno de mierda. Yo era listo en el colegio. Trabajaba duro. Sacaba buenas notas.
—Todo eso son cosas buenas —le acaricié la espalda con movimientos largos y reconfortantes—. ¿No?
—No en mi casa —se le tensaron los músculos bajo mi mano—. Tanto mi madre como mi padre pensaban que el colegio era una pérdida de tiempo. Mi padre solía decirme que tenía la cabeza llena de humo, que me gustaba fardar como si supiera cosas, pero que todo era mentira, pura fantasía.
Se me encogió el corazón al ver su mueca de dolor.
—Tuvo que ser duro oír eso.
Otra vez ese encogimiento de hombros apático.
—Fue lo que fue.
—¿Tu madre le plantó cara?