Lucas Anderson
Lucas no estaba desaparecido. No realmente.
Había encontrado refugio en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, en un edificio de ladrillo rojo que se alzaba solitario en una calle poco transitada.
El lugar le resultaba extrañamente familiar, aunque nunca había vivido allí.
El apartamento pertenecía a Anna, la única amiga que había conseguido hacer desde que se mudó a la ciudad.
Ana, con su risa contagiosa y su amabilidad inquebrantable, había sido un faro de luz en su vida.
La conoció en un pequeño bar al lado de su casa; él tenía un pésimo día, después de ser descartado en varias entrevistas de trabajo había decidido ahogar su pena.
Anna era para entonces la camarera más simpática que Lucas había conocido nunca, lo escuchó atentamente toda la noche y al final de su turno lo acompañó a casa debido a su estado de embriaguez.
Desde ese día Lucas empezó a frecuentar a menudo el bar de Anna, hasta que se hicieron buenos amigos.
Cuando ella se fue de vacaciones a Europa, le dejó una copia de las llaves de su apartamento a Lucas.
«Para emergencias y para que vengas a regarme las plantas», le había dicho con una sonrisa.
Y esto, definitivamente, era una emergencia.
Lucas se pasó la tarde entera tumbado en el sofá, con la mirada perdida en el techo y la mente en un torbellino de pensamientos confusos.
No tenía hambre. No tenía ganas de nada.
Encendió la televisión y empezó a hacer zapping sin prestar atención realmente a lo que aparecía en la pantalla, hasta que su rostro apareció de repente en primer plano en un canal de noticias.
«Se le considera una pieza clave en la desaparición de Emily Adams», continuó la presentadora. «Si alguien tiene información sobre su paradero, se le pide que contacte con la policía de inmediato».
Lucas apagó la televisión de golpe, como si con ese gesto pudiera borrar lo que acababa de ver y oír.
Se quedó sentado en el sofá, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo con fuerza.
«¿Por qué me buscan? No he hecho nada», pensó angustiado.
Pero las palabras de la presentadora resonaban en su cabeza.
«Una pieza clave en la desaparición de Emily». Las implicaciones de esa frase le llenaron de un miedo paralizante.
Se levantó del sofá de un salto y empezó a caminar de un lado a otro del apartamento, pasándose las manos por el pelo con nerviosismo, intentando pensar qué hacer. Necesitaba un plan.
Necesitaba ayuda. Y lo más importante, necesitaba mantener la calma de alguna manera.
Pero mantener la calma cuando te conviertes en el objetivo de una investigación policial no es tarea fácil.
Desde la ventana del segundo piso, Lucas podía ver la calle desierta.
La única actividad era la de los coches de la policía que patrullaban las calles.
Cada vez que veía las luces azules y rojas reflejadas en los edificios cercanos, sentía una punzada de miedo en el estómago.
Cuando el último vehículo desapareció de su vista, se permitió respirar hondo.
Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un viejo teléfono móvil de prepago, uno que había comprado hace más de seis años en una tienda de segunda mano. Con manos temblorosas, marcó un número que conocía de memoria.
El teléfono sonó un par de veces antes de que una voz grave contestara al otro lado.
—¿Diga? —dijo el hombre.
—Soy yo, Lucas —respondió él en un susurro.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Luego, la voz respondió con evidente sorpresa.
—Lucas... Sabes que no debes llamarme. Es arriesgado.
—Lo sé, lo siento. Pero han venido a verme unos inspectores de Lakeview —empezó Lucas, con voz temblorosa—. Me han vuelto a preguntar por Emily. Creo que piensan que yo le hice algo. Tengo miedo.
El hombre al otro lado de la línea intentó tranquilizarlo.
—Tranquilízate, Lucas. Tú no has hecho nada malo. ¿Dónde estás?
Lucas no contestó y tras un silencio incómodo habló de nuevo, su voz apenas era un susurro casi inentendible.
—Tú saliste detrás de ella esa noche. ¿No viste nada extraño?
El hombre tardó en contestar.
—Ya te lo dije. La seguí un rato para intentar alcanzarla y aclarar las cosas, pero no logré alcanzarla. Fue como si se hubiera esfumado.
Lucas asintió, procesando la información. Luego dijo:
—No volviste esa noche a mi casa... —su voz cargada de duda.
—Ya te lo expliqué —respondió el hombre con firmeza—.
Era tarde, y tuve que volver a casa.
Tras un silencio prolongado, Lucas habló de nuevo.
—Tal vez debería ir a la policía. No he hecho nada malo..., pero siento como si me estuvieran acusando.
—No, escúchame bien —respondió el hombre rápidamente—. No vayas a la policía todavía. Primero necesitamos hablar.
¿Dónde estás? —volvió a preguntarle.
—En casa de mi amiga Anna. Vine después de que vinieran a interrogarme esos inspectores.
—Espérame allí, llego enseguida.
Lucas colgó el teléfono y se hundió en el sofá con la mirada perdida. A pesar de la seguridad que le ofrecía el apartamento de Anna, no podía evitar sentirse como un fugitivo. Y aunque sabía que era inocente, el miedo seguía ahí, creciendo en su pecho con cada latido.
Sabía que la noche sería larga. Y no tenía ni idea de lo que le esperaba cuando saliera el sol.