Antes de que hablen Robert Turner
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Robert Turner

Tras despedirse de los señores Adams, el inspector Robert Tuner se dirigió con paso firme hacia el área de reuniones de la comisaría, donde su compañero, el veterano inspector Mark Jenkins, revisaba informes sentado en una mesa rectangular de madera oscura.

Jenkins era un policía experimentado, con una mirada sagaz enmarcada por gruesas cejas canosas y una habilidad innata para conectar los puntos en los casos más enrevesados. Al escuchar los pasos de Turner, alzó la vista de su trabajo.

—Tenemos un nuevo caso, Mark —anunció Turner con seriedad mientras tomaba asiento frente a él.

Mark se irguió en su silla, expectante.

—¿De qué se trata?

—Una desaparición. Emily Adams, una joven de veintiún años. Sus padres llevan tres días sin tener contacto con ella.

—¡¿Tres días?! —exclamó Jenkins—. ¿Y por qué han esperado tanto para denunciarlo? ¿No saben que las primeras veinticuatro horas son cruciales en casos de desapariciones?

—Los padres viven en Oakville. Me han contado que Emily les llamaba con regularidad, así que pensaron que estaría ocupada entre el trabajo y los estudios.

Pero ella les había prometido visitarlos el día veinte después de salir de clases y nunca apareció —explicó Turner mientras se ponían en marcha de inmediato.

La investigación comenzó con la recopilación de toda la información disponible sobre Emily para tener una descripción detallada que facilitara su búsqueda.

Turner observó detenidamente la fotografía que Meghan Adams le había proporcionado de su hija.

La imagen mostraba a una sonriente joven de brillante cabello castaño claro, que caía como en cascada sobre sus hombros hasta la cintura.

Sus expresivos ojos azules irradiaban una mirada serena y confiada a través del retrato.

La sonrisa de Emily era cálida y sincera, como si estuviera lista para enfrentar el mundo con optimismo.

Esa foto enmarcada de un momento feliz ahora serviría

como invaluable punto de referencia para encontrarla.

Con la imagen de Emily grabada en sus mentes, los experimentados investigadores salieron a la calle para dar los primeros pasos en la resolución de este caso. Estaban decididos a esclarecer su paradero lo antes posible.

El primer lugar al que se dirigieron fue al edificio de apartamentos donde Emily vivía, con la esperanza de obtener más información sobre la joven.

Al llegar, se encaminaron directamente hacia la puerta del apartamento de Emily. Como era de esperar, la encontraron cerrada. Llamaron con fuerza varias veces para ver si alguien respondía dentro, pero no obtuvieron respuesta.

Decidieron entonces llamar a las puertas de sus vecinos. Tal vez alguno podría aportar datos útiles para la investigación.

El edificio no era muy grande, constaba de tres plantas con dos apartamentos en cada una. El de Emily estaba en el tercer piso. Así que resolvieron comenzar con el vecino de enfrente, esperando que pudiera ayudarlos.

Se acercaron a la puerta y tocaron el timbre con decisión. Escucharon pasos acercándose desde el interior. Retrocedieron un paso justo cuando la puerta se abrió. Delante de ellos apareció un señor de avanzada edad, su pelo de color gris lo hacía parecer más pálido de lo que ya era.

—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó con inquietud mientras abría más la puerta. El inspector Mark Jenkins tomó la iniciativa y dijo con tono amable:

—Buenas tardes, soy el inspector Jenkins y este es mi compañero, el inspector Turner —se presentó mientras ambos mostraban sus identificaciones—.

Estamos investigando la supuesta desaparición de su vecina, Emily Adams. Nos preguntábamos si tenía algún conocimiento o información sobre su paradero o sobre cualquier cosa inusual que haya notado en los últimos días.

—¡¿Emily ha desaparecido?! —dijo incrédulo el señor Reynolds abriendo los ojos con asombro—. ¡Dios mío! —continuó exclamando consternado.

—¿Usted la conocía? —preguntó el inspector Jenkins.

—No mucho. Compartimos rellano. Pero por lo poco que me he cruzado con ella, siempre ha sido encantadora, amable y considerada.

Siempre me saluda con una sonrisa radiante y me pregunta si necesito ayuda para subir la compra —contestó el señor Reynolds con una expresión de angustia y tristeza reflejada en su rostro—.

Lamento mucho saber que está desaparecida.

—¿Recuerda cuándo la vio por última vez o si notó algo fuera de lo común en su comportamiento recientemente? —cuestionó el inspector Turner mientras anotaba en su libreta.

El vecino reflexionó por un momento rascándose la barbilla y luego respondió:

—La vi hace un par de días. Estaba saliendo de casa, como todas las mañanas que nos encontramos en el rellano. Me dedicó su acostumbrado saludo acompañado de una amplia sonrisa y después se marchó con prisa. No, no había nada inusual en su comportamiento ese día. Parecía la misma de siempre.

—¿Tiene idea de a dónde podría haber ido esa mañana? — preguntó Jenkins.

—Era temprano, si no me engaño; un día me dijo que estudiaba en la universidad de la ciudad. Así que me imagino que iría allí como de costumbre —contestó el señor Reynolds frotándose la barbilla pensativo.

Mark Jenkins agradeció amablemente la información y añadió:

—Si recuerda algo más o si escucha algo relevante sobre Emily, por favor, no dude en comunicárnoslo de inmediato.

El señor Reynolds asintió con la cabeza y tras despedirse cortésmente de los oficiales, cerró la puerta con suavidad.

Los inspectores siguieron llamando puerta por puerta al resto de vecinos del edificio, pero no obtuvieron más datos útiles. En los dos apartamentos del segundo piso parecía no haber nadie, y en el primero solo lograron hablar con una vecina recién llegada de viaje, que no sabía nada.

Decepcionados, volvieron a la comisaría. Tenían que actuar rápido, pues sabían que en casos de desaparición las primeras veinticuatro horas son cruciales para encontrar a la víctima con vida. Y ya habían perdido un tiempo valioso al empezar las búsquedas tres días más tarde.

Una vez en la oficina, convocaron a una reunión a todos los oficiales disponibles para informar sobre la desaparición de

Emily y pedirles que estuvieran atentos a cualquier pista sobre su paradero.

—Deberíamos ir a la universidad —sugirió Mark cuando volvieron al despacho de Turner—. El señor Reynolds cree que Emily iba allí la mañana que desapareció.

—Estoy de acuerdo, Mark —contestó Turner—. Tenemos que intentar recrear sus últimos pasos para poder encontrarla.