Ángel CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Andryí

La llamada de Mauro fue corta, práctica, como suelen ser sus llamadas.

—Necesito un favor —dijo—. Ahora. Yo estaba revisando una planilla, con el café a medio tomar.

—Dime. —Andryi tiene que ir a la ciudad a retirar unos documentos a una oficina de courier.

Yo no puedo salir, Rudy tampoco. ¿Puedes acompañarlo tú?

Se me quedó el lápiz quieto en el aire. Andryi.

Ahí estaba su nombre, dicho con naturalidad, como si fuera cualquier encargo.

Como si no trajera un temblor escondido.

—Sí —respondí, y mi voz me salió demasiado normal.

—Perfecto. Te mando la dirección y el número de seguimiento.

Gracias. Colgué. Me quedé un segundo mirando la pantalla del computador como si no supiera leer.

Porque la realidad acababa de abrirme una escena que yo no elegí, y por lo mismo era más peligrosa: un encuentro “de día”, sin excusas, sin oficina que nos proteja, sin té como pretexto.

Un viaje. Dos personas. La ciudad. Salida Lo fui a buscar al área donde estaba.

Andryi llevaba una chaqueta simple, una mochila pequeña, la cara serena.

Me miró como si ya supiera que yo iba a aparecer, y aun así se notó un mínimo de sorpresa amable.

—Hola —dijo. —Hola. Mauro dijo que te acompaño —respondí, intentando que sonara administrativo.

Él asintió con gratitud. —Gracias. Esa palabra otra vez.

Gracias. Nos subimos al auto. Yo manejé.

Él miró por la ventana como quien está en un país ajeno y a la vez en un mundo ajeno, siempre un poco afuera.

Los primeros minutos hablamos de lo obvio: la dirección, el tráfico, el horario.

Y luego, como pasa con él, apareció el silencio.

No un silencio incómodo. Un silencio de presencia.

A mí ese tipo de silencio me da miedo, porque en mi vida anterior el silencio siempre escondía algo: juicio, sospecha, distancia.

Con Andryi el silencio parecía otra cosa: respeto.

La ciudad Llegamos al courier. Casi al lado de un servicentro y vecino a una farmacia.

Una oficina neutra, de esas donde todo huele a cartón y trámite.

Filas cortas. Gente mirando el celular. Andryi sacó los papeles con cuidado, como si el mundo se pudiera romper con un movimiento brusco.

Yo le dije a la persona del mesón el número de seguimiento, entregué mi cédula, revisé el nombre, confirmé la entrega.

Procedimiento. Lo que yo sé hacer. Mientras esperábamos, él me miró y dijo, muy bajo: —Tú eres muy… organizada. Me reí un poco.

—Es mi manera de no volverme loca. Él asintió como si entendiera demasiado.

Cuando le entregaron el sobre, lo tomó con ambas manos, como si fuera algo frágil.

No era frágil por el papel; era frágil por lo que representaba: su vida intentando seguir funcionando en un país distinto, con un duelo que lo acompaña como sombra.

Salimos. En la vereda, el aire era frío.

La ciudad tenía ese ruido normal que a veces parece insultante frente al dolor: autos, bocinas, gente riéndose por cosas pequeñas.

Andryi miró el cielo un segundo y dijo algo que me apretó el pecho: —Aquí…

todo sigue. Yo asentí. —Sí. Y a veces eso…

ayuda. Él me miró con esa mirada suya, profunda y quieta.

—A veces duele —corrigió—. Porque cuando tú estás roto…

ver mundo normal es… extraño. No supe qué responder, así que dije la verdad mínima: —Te entiendo.

Y fue raro decir “te entiendo” sin estar exagerando.

Porque yo no entendía una guerra. Pero sí entendía estar rota en un mundo que no se detiene.

Té, versión calle En vez de volver directo, paramos a tomar un té en un edificio cercano, al lado de un hotel.

Él lo pidió casi sin pedirlo, como una necesidad simple.

Nos sentamos en una mesa pequeña, de esas cafeterías donde nadie te mira de verdad.

Té para él, café para mí. La escena era tan normal que me dio vértigo.

Porque la normalidad con él se sentía íntima.

Andryi sostuvo la taza con ambas manos. Respiró el vapor como si respirara algo más que aroma.

—En seminario —dijo—, cuando hay dolor… nosotros hacemos té.

Y silencio. Yo sonreí apenas. —Yo estoy aprendiendo eso.

Él levantó la vista. —¿Aprendiendo qué? Yo sentí el impulso de mentir, como reflejo. De decir “aprendiendo trabajo”.

De decir “aprendiendo papeleo”. Pero ese día, no sé por qué, me salió una verdad pequeña, peligrosa por lo honesta: —Aprendiendo a estar.

Andryi se quedó quieto. Y luego asintió, como si esa frase fuera un idioma conocido.

—Estar… es difícil —dijo—. Especialmente cuando tú has tenido que sobrevivir.

La palabra sobrevivir cayó exacta. No la expliqué.

No hizo falta. Hubo un silencio. Y yo sentí la tentación de decir más.

La tentación de contarle mi historia, o una parte, o al menos la sombra.

Pero me contuve, porque sabía que una confesión sin contexto puede ser una bomba.

Y yo no quería convertir el té en explosión.

Andryi habló primero. —Yo no sé por qué yo vine aquí —dijo, casi en susurro—.

A veces pienso… Dios me trajo para no morir por dentro.

Esa frase me atravesó con una violencia suave.

Porque yo había pensado algo parecido, en otros términos: que la vida me había empujado al polígono para no romperme.

Yo lo miré y dije: —Quizás sí. No dije “Dios”, pero la intención era la misma: sentido.

Andryi sonrió apenas. Una sonrisa triste.

—Y tú… —dijo, dudando— tú crees en Dios?

La pregunta me dejó inmóvil un segundo. No por religión.

Por lo que implicaba: que él me estaba mirando desde su centro, no desde el mío.

Yo respondí con lo único que pude decir sin mentir ni forzar: —Creo en…

algo. Y creo en el bien. Pero mi vida… ha sido confusa.

Andryi asintió sin juzgar. —Confusa… no es pecado —dijo—.

Es vida. Me reí, muy bajo. —Me gusta cómo dices las cosas.

Él bajó la mirada, como avergonzado de un cumplido que no era seducción.

—Yo solo… digo verdad. Volver De vuelta al polígono, el auto se sintió distinto.

No pasó nada “romántico”. No hubo manos.

No hubo tensión sexual. No hubo escena. Pero hubo algo más fuerte: una intimidad silenciosa, de esas que no se pueden explicar a una amiga sin que suene raro.

Cuando llegamos, Andryi me miró antes de bajarse.

— Gracias —dijo otra vez—. Por acompañar.

Yo asentí. —De nada. Él abrió la puerta, y antes de salir, como si se obligara a decirlo, agregó: —Contigo…

yo siento paz. Me quedé sin aire un segundo.

No por ego. Por miedo. Porque esa frase es la semilla de algo que no sé cómo cuidar.

Andryi bajó del auto y se fue caminando, sosteniendo el sobre como si fuera su vida.

Yo me quedé un segundo más con las manos en el volante, mirando el parabrisas.

Y pensé, con una claridad que me dio vértigo: esto no es deseo.

esto es destino. No destino en sentido mágico.

Destino en sentido humano: dos personas heridas encontrando un espacio de paz en el otro. Y la pregunta que me quedó no fue “¿me gusta?” Fue otra, más grande: ¿qué hago con algo tan limpio… cuando yo vengo de tanta sombra?