CAPÍTULO 35
Dos Mundos
Entré en una etapa rara. No era transición limpia.
Era convivencia. Dos trabajos. Dos agendas.
Dos versiones de mí que, por primera vez, existían al mismo tiempo sin esconderse dentro de mi cabeza como enemigos.
De lunes a viernes, mensajes, hoteles, códigos, el submundo funcionando como siempre.
Los fines de semana, el polígono: listas, carnets, pagos, horarios, niños corriendo hacia la piscina.
Y lo más extraño fue darme cuenta de que mi cuerpo y mi mente estaban cambiando por caminos distintos.
Mi mente se ordenaba con el trabajo diurno.
Mi cuerpo, en cambio, se estaba acostumbrando a lo que antes me parecía impensable.
Lo que se normaliza No voy a hacerme la inocente.
Con el tiempo, el sexo anal dejó de ser “tema”.
Dejó de ser monstruo. Se volvió una posibilidad, incluso un placer, bajo mis condiciones.
Aprendí a conocer mis límites, a exigir cuidado, a parar sin vergüenza.
Y otras prácticas “no convencionales” —palabras que antes me provocaban tensión— empezaron a entrar en mi columna de “sí” o “sí con condiciones”.
Incluso lo lésbico, escenificado al principio, empezó a moverse en mí de una manera inesperada.
No como identidad romántica, no como “me enamoro de mujeres”, sino como cuerpo aprendiendo un lenguaje: con confianza, con límites claros, con juguetes, con juego…
empecé a sentir satisfacción real. Eso me dejó una conclusión incómoda pero honesta: el deseo no siempre coincide con el relato que uno tiene de sí mismo.
Y yo ya no quería vivir peleando con mi propio cuerpo.
Quería entenderlo. Pero entenderlo sin que me devore.
Porque una cosa es aceptar que me gusta el sexo duro.
Otra cosa es que el sexo duro se vuelva mi centro.
Mi centro sigue siendo otro. El otro mundo En el polígono, en cambio, mi centro se siente claro.
Ahí no hay seducción. Hay procedimiento.
No hay “hazme sentir”. Hay “presenta tu documento”.
No hay “más”. Hay reglas. Mi hijo me ve en ese mundo y, aunque él no lo verbalice así, yo lo siento: ese mundo le parece sano.
No porque el otro sea “malo”, sino porque este tiene estructura.
Rutina. Personas con nombres reales. Horarios visibles.
Un trabajo que yo puedo contar sin mentirme tanto.
Y, sobre todo, porque en ese mundo yo vuelvo a casa sin esa resaca mental del submundo.
A ojos de mi hijo —y a los míos—, este trabajo es futuro.
No es glamour. No es plata rápida. Es base.
La esperanza rara. En los ratos de silencio, cuando la casa se apaga y el cuaderno queda abierto, me sorprendo pensando una cosa que antes era imposible: Pronto podría dejarlo.
O, al menos, dejarlo casi. No por moral.
Por salud. Por vida. Por consistencia con el plan.
Pero también me descubro con otra idea, más peligrosa: ¿Y si no lo dejo del todo?
¿Y si solo me quedo con los clientes que me gustan?
Esa idea se siente tentadora porque suena a control: yo elijo, yo filtro, yo reduzco riesgo, yo convierto el rubro en un espacio de placer y dinero sin desgaste.
Pero la parte adulta de mí —la que hace números con Mauro, la que mira a su hijo en la piscina— me recuerda algo duro: el rubro siempre pide más.
Más disponibilidad. Más intensidad. Más bordes.
Y si yo me quedo “solo con lo que me gusta”, tengo que estar segura de una cosa: que lo que me gusta no se transforme en excusa para quedarme.
Porque yo ya aprendí que el placer puede ser jaula también, si lo usas para no enfrentar lo difícil: construir una vida completa de día.
El pacto conmigo misma Así que hice un pacto simple.
No grandilocuente. Práctico. Mientras tenga ambos trabajos, voy a sostener tres reglas:
1. El plan manda. El colchón se construye, la transición avanza, aunque el rubro ofrezca “más”.
2. No todo placer vale el costo. Si algo me deja resaca moral, no se repite. Si algo me deja vacía, se corta.
3. Mi hijo es el centro. No el rubro. No la validación. No el “cara de ángel”. No el poder.
Mi hijo. Escribí esas tres líneas en el cuaderno, sin poesía.
Y esa misma semana, en el polígono, mientras revisaba carnets y escuchaba a Rudy bromear con los alumnos, volví a sentir esa calma rara: yo puedo ser muchas cosas…
pero ya no quiero ser dos para siempre. Quiero ser una.
Y siento —por primera vez— que eso ya no es fantasía. Es agenda.