CAPÍTULO 27
La Otra Orilla
La solicitud venía escrita con una palabra que antes me habría encendido todas las alarmas.
Dominación. La leí dos veces, como si al leerla más lento pudiera cambiar lo que significaba.
No era “más fuerte”. No era “más plata”.
No era “más raro”. Era otra cosa: era un cambio de eje.
Hasta ahora, cada vez que el poder aparecía, yo lo había sostenido desde arriba: yo mandando, yo marcando, yo controlando el ritmo.
Eso me gustaba porque me daba un tipo de control que mi vida diurna a veces me niega.
Pero esa palabra me abrió una puerta diferente, inquietante: ¿y si esta vez el poder no es mío?
¿y si esta vez me toca a mí entregarlo? El cuerpo reaccionó antes que la cabeza con una chispa que me dio vergüenza admitir: curiosidad.
No romanticismo. No “mariposas”. Curiosidad por la otra orilla.
Pensar lo impensable Me pillé imaginando cosas que nunca había imaginado con seriedad. No escenas “porno”. No fantasías de película.
Más
bien
sensaciones
abstractas:
• la idea de rendirse sin tener que decidir nada por un rato,
• la idea de que alguien tome el mando y yo solo siga instrucciones,
• la idea de que el cuerpo sienta dolor en un marco controlado, con reglas, con permiso, con salida.
Flagelación. La palabra me dio un escalofrío, y al mismo tiempo…
me atrajo como atraen los bordes. Me dio miedo reconocerlo.
Porque yo, en mi historia personal, no quiero dolor.
Yo no quiero humillación real. Yo no quiero crueldad.
Pero el rubro te enseña una distinción peligrosa: hay dolor que es violencia, y hay dolor que es juego.
Y cuando es juego, el cuerpo lo procesa distinto.
La pregunta es: ¿de verdad sería juego para mí?
¿o estaría yo tratando de convertir una herida en entretenimiento? Ahí se me apretó el pecho.
El plan vs. el impulso Yo tenía un plan.
Colchón. Salida. Trabajo de día. Piso. Y sin embargo, cuando aparece algo nuevo, el cuerpo se entusiasma como si el plan fuera una libreta ajena.
Me acordé de mi regla: Si empiezo a necesitarlo, paro.
Pero esto no era “necesitar”. Todavía no.
Esto era el primer pensamiento: ¿Cómo se siente?
La tentación era peligrosa por otra razón: no venía con plata solamente.
Venía con identidad. Porque si yo descubría placer en ser dominada, ¿qué pasaba con mi historia de control?
¿Qué pasaba con mi orgullo? ¿Qué pasaba con esa parte de mí que se siente fuerte cuando manda?
Y, peor: ¿qué pasa si descubro que me gusta…
entregarme? Me vi a mí misma frente al espejo con la pregunta clavada: ¿estoy explorando…
o me estoy perdiendo? Condiciones (siempre condiciones) Abrí el cuaderno y no escribí “sí” ni “no”.
Escribí preguntas. Como lista de supervivencia:
• ¿Quién es este cliente? ¿Referencias? ¿Historial?
• ¿Qué entiende él por dominación? (porque la gente usa palabras grandes para justificar cosas feas)
• ¿Hay alcohol/drogas involucradas? (si sí: no)
• ¿Acepta palabra de seguridad? ¿Acepta stop inmediato sin discusión?
• ¿Acepta que yo marque límites específicos?
• ¿Acepta que no haya golpes en la cara?
• ¿Acepta que no haya humillación verbal real?
• ¿Acepta aftercare? (sí: aftercare, aunque suene “suave”; lo suave también es seguridad)
Me sorprendió escribir “aftercare”. Antes yo no pensaba en eso.
Ahora sí. Porque estaba aprendiendo que el cuerpo no es solo acción: es consecuencia.
Y en prácticas de poder, la consecuencia es doble: física y emocional.
El pensamiento secreto Esa noche, acostada, me pillé fantaseando de nuevo.
No con una persona. Con un estado. Un estado donde yo no decido.
Un estado donde mi cabeza se apaga. Un estado donde el control —ese control que yo cargo todo el día— se suelta como una mochila pesada.
Y ahí me llegó una verdad como aguja: tal vez lo que me atrae no es el dolor.
tal vez lo que me atrae es descansar de ser fuerte.
Esa idea me dio una ternura triste. Porque yo llevo años siendo fuerte.
Fuerte para mi hijo. Fuerte para mi madre.
Fuerte para sobrevivir. Fuerte para mentir sin quebrarme.
¿Y si lo que mi cuerpo está buscando es una excusa para soltar?
La pregunta era hermosa y peligrosa. Hermosa porque me humaniza.
Peligrosa porque, si lo confundo, puedo entregarle mi vulnerabilidad a alguien que no la merezca.
La decisión provisional Al día siguiente respondí al mensaje de la agencia con una frase corta: “Necesito detalles y condiciones claras.” No dije sí.
No dije no. Dije: si esto pasa, pasa bajo mis reglas.
Y por primera vez sentí un tipo de poder más serio que el de mandar: el poder de cuidarme incluso cuando tengo curiosidad.
Esa noche escribí en el cuaderno: “La dominación no es el problema.” “El problema es entregar el control a alguien que no sea seguro.”