CAPÍTULO 8
Las Amigas
La primera vez que te juntas con otras chicas del rubro y nadie está actuando, entiendes algo que desde afuera no se ve: no es un club.
Es una trinchera. No había glamour. No había música.
No había “personaje”. Había café, cigarro, uñas mordidas, ojeras cubiertas a medias, celulares sobre la mesa como si fueran brújulas.
Había una energía rara: alivio por estar entre iguales…
y tensión por todo lo que se sabe. La Vale llegó antes que yo.
Me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo “tranquila”.
Y esa palabra —tranquila— en boca de ella siempre significaba “alerta con calma”.
Nos sentamos. Éramos varias. Algunas hablaban mucho.
Otras casi nada. En esta pega, el silencio es una forma de información.
Entre ellas se pasaban “datos” como si fueran mapas de zona roja: quién paga bien y no molesta, quién intenta correr límites, quién hace “ofertas” que son presión disfrazada, quién se pone raro con alcohol, quién parece normal hasta que cierra la puerta.
Y después vino lo que a mí me golpeó fuerte: los costos de la salud.
No como idea abstracta. Como presupuesto.
Una habló de exámenes, otra de controles, otra de medicamentos, tratamientos que nadie quiere nombrar en una mesa, pero que se nombran igual porque esconderlo es peor.
—Al final el gasto fijo es ese —dijo una—.
Exámenes, controles, todo. Si no lo haces, estás jugando a la ruleta.
Otra asintió y agregó, como quien dicta una regla dura: —Y ojo: lo más caro no es solo la plata.
Es el miedo que se te queda adentro mientras esperas resultados. Nadie se rió. Nadie hizo chistes.
Ahí el rubro dejaba de ser “fantasía” y se volvía lo que realmente es: cuerpo real, consecuencias reales.
Yo escuchaba y, aunque ya sabía todo en teoría, me estremeció escucharlo en voz de mujeres que lo habían pagado con semanas de angustia.
La Vale, en cambio, parecía moverse en ese tema con naturalidad.
No liviandad: naturalidad de quien ya lo integró.
Eso también me descolocó. Yo todavía necesitaba “purificar” mentalmente lo que hago para poder vivirlo. Ella no.
2) El quiebre En un punto, una de las chicas dejó de hablar.
Se quedó mirando su taza como si la taza la estuviera acusando.
Las manos le temblaban apenas. —¿Qué te pasa?
—preguntó alguien, suave. La chica apretó los labios.
Intentó sonreír. No le salió. —Mi hermano se enteró —dijo al fin—.
No sé cómo… se enteró. Nadie hizo preguntas idiotas.
Nadie dijo “cómo”. En ese ambiente, el “cómo” siempre es una herida.
—¿Y? —preguntó otra, como quien camina sobre vidrio.
La chica tragó saliva. —Se lo contó a mi mamá.
El silencio cayó de golpe. Un silencio pesado, doméstico.
Porque el cliente es una cosa. El peligro es una cosa.
Pero la madre… la madre es otra. La madre no es riesgo físico.
La madre es identidad. Es vergüenza. Es amor con ojos que miran distinto.
La chica respiró como si le faltara aire.
—Me dijo “¿en qué te convertiste?” —susurró—.
Y yo… yo no supe qué responder. Porque la verdad es que…
yo sigo siendo yo. Ahí se quebró. No como escena dramática.
Como una fuga lenta. Lloró con una rabia callada.
No era llanto de víctima. Era llanto de cansancio.
La Vale se levantó y la abrazó sin hablar, con esa clase de abrazo que no consuela: sostiene.
Otra le pasó servilletas. Otra le tocó el hombro.
Otra dijo, con voz firme: —Tu mamá no sabe cómo es esto.
Ni la necesidad. Ni lo que cuesta criar sola.
No dejes que te reduzca a una palabra. La chica lloraba y asentía a la vez, como si quisiera creerlo pero el dolor fuera más fuerte.
Yo miré esa escena y sentí un miedo helado: no al rubro, sino a la casa.
A la mesa familiar. A las miradas. A ese juicio que no viene de extraños, sino de quienes te aman.
Ahí entendí por qué estas juntadas existen. No es solo para “datos”.
Es para recordarte que no estás loca. Que tu vida no es un secreto vergonzoso por defecto.
Que eres una persona atravesando un camino duro, no un personaje de mal gusto.
Cuando la chica se calmó un poco, alguien dijo algo simple, como cierre de herida: —Aquí nadie te va a mirar como si fueras menos.
Y yo me quedé con esa frase pegada en el pecho, porque era exactamente lo que una necesita cuando el mundo te mira con contabilidad moral.
3)La pregunta que me dio náuseas Después, cuando ya se hablaba de otras cosas, la conversación derivó hacia prácticas que, incluso nombradas en neutro, tienen una carga distinta.
No por “prohibidas”. Sino por lo que implican: higiene, riesgo, humillación, pérdida de control, cruces que para algunas son juego…
y para otras son frontera absoluta. Una mencionó una sigla.
Una práctica particularmente extrema, conocida en el rubro por su componente “higiénico” y de dominación.
Yo sentí el estómago moverse. No por pudor.
Por instinto. Me acordé del fin de semana grande.
Me acordé de haber visto a Vale entrar y salir de esas escenas como si nada.
Me acordé de mi propia náusea, literal, cuando entendí “qué” significaba esa sigla en la práctica. Y ya no pude quedarme callada.
En un momento, cuando las demás se fueron dispersando, me quedé con la Vale afuera, fumando o tomando aire, lo que fuera.
La noche era fresca. La ciudad seguía su vida normal, como si no existiera este submundo.
—Te quiero preguntar algo —le dije. —Dime.
Yo dudé, porque decirlo era hacerlo real.
Pero la duda es lo que te mata por dentro.
Así que lo solté, como quien saca una espina: — Esa práctica…
la de la sigla. ¿Nunca te has enfermado por eso?
¿Nunca te ha dado… asco de verdad? La Vale me miró un segundo.
No se rió. No me trató de “novata”. Eso se lo agradecí.
—Claro que me ha dado asco a veces —dijo—.
Soy humana. —¿Y entonces? Ella se encogió de hombros.
—Entonces decido si lo hago o no. Y si lo hago, tengo protocolos.
Y si un día no puedo, no puedo. Yo la miré, confundida y un poco impresionada.
Porque para mí, esa práctica no era un “depende”.
Era un NO absoluto. Y no solo esa: todo lo que rondara el sadomasoquismo duro, la humillación real, la dominación como crueldad…
para mí era frontera. —Yo eso no lo hago —dije.
—Está perfecto —respondió Vale, sin discusión—.
Pero entonces lo sostienes. Sin disculparte.
Sin “quizás”. Porque si dices “no” con culpa, te comen.
Me quedé mirando el humo (o el aire) y dije, casi en un susurro, lo que realmente me daba miedo: —Me dio náuseas solo imaginarlo.
—Escúchate —dijo ella—. Tu cuerpo ya te respondió.
No hay más que conversar. Esa frase, en boca de Vale, sonó como una bendición rara.
Y ahí pude decir la verdad completa: —A veces…
cuando te veo a ti, siento que… que si yo no hago todo, soy menos profesional.
La Vale me miró con una calma casi dura. —No.
Profesional es saber dónde estás parada y no romperte por plata.
Si yo hago lo que hago es porque yo lo tolero.
Tú no eres yo. Esa frase me soltó una presión del pecho.
Porque sí: parte de mi desconcierto con Vale no era moral.
Era comparación. Era la trampa silenciosa del rubro: creer que el “todo” es estándar, y que tus límites son defecto.
No lo eran. Eran mi identidad tratando de sobrevivir.
La red Esa noche volví a casa en taxi, como siempre.
Ventana. Música baja. La frase ensayada lista por si mi madre preguntaba.
Pero por dentro iba distinta. No porque el mundo se hubiera vuelto más bonito.
Sino porque había visto dos verdades en un mismo grupo: que hay mujeres que sostienen esto con códigos y coraje, y que también hay mujeres que se quiebran cuando el secreto se filtra en la familia.
Y me juré algo en silencio, sin romanticismo: Yo no voy a esperar a quebrarme para cuidarme.
Entré a la casa, vi a mi hijo dormir, y sentí el ancla otra vez.
Antes de acostarme, abrí el cuaderno y escribí, grande, sin vergüenza: NO ABSOLUTOS (la lista era mía, privada, sin explicaciones) Y abajo escribí otra frase, una que parecía obvia pero no lo era: Mis límites no se negocian con el hambre.