Capítulo 6
Mariano
Además de la descarga eléctrica que recorría cada célula de mi cuerpo, también estaba la rabia.
Y era rabia en estado puro.
Llegué a uno de nuestros locales nocturnos, dispuesto a emborracharme o, simplemente, dejar pasar las horas solo para intentar calmarme un poco.
—¿Qué cara de idiota es esa? —preguntó Manuele en cuanto entré en la oficina—. Pensé que la misión con Fontana había salido bien, ya que hablaste con Rossi sobre el plan que tenías con Paola.
Me mordí el labio, sintiendo cómo me temblaban los nervios al recordar los últimos acontecimientos. Me serví una copa de licor fuerte y me la bebí de un trago. A continuación, me serví otra.
De todos mis hermanos, yo era el más sensato. No es que se me considerara un santurrón, ni mucho menos, pero me enorgullecía tener l a y la paciencia necesarias para optar siempre por calmar los ánimos, porque la violencia no siempre resolvía los problemas.
—Y funcionó —murmuré—. Su plan es excelente. —Me bebí el líquido ardiente de un trago, enfadado.
Mi gemelo frunció el ceño, tratando de entender mi malestar. Manuele estaba sentado en uno de los sofás.
Esa noche, Fillipo estaba a cargo de otra discoteca, ya que él y Luca eran los responsables de la gestión de los locales nocturnos y otras inversiones de la familia.
—Vale... ¿y cuál es el problema?
—¡Ella, joder! —Lancé el vaso contra la pared en un arrebato de ira—. Ella es mi maldito problema —confesé de una vez, pensando que ya no servía de nada seguir negándoselo.
El idiota soltó una risita.
—¡Lo sabía! —exclamó, como si acabara de marcar un punto—. Pero nadie dijo que fuera fácil domar a esa tigresa.
Me tocó a mí fruncir el ceño.
—Pero no quiero domarla —expliqué—. Nunca quise hacerlo. —Exhalé, sintiéndome cansado—. No elegí sentir lo que siento por ella, y no sé cómo hacérselo entender. Sé que ella también siente algo por mí, pero es demasiado terca para admitirlo.
Manuele bajó la cabeza, chasqueando los labios, pensativo sobre lo que acababa de decir.
—¿Se te ha ocurrido pensar que quizá no sea solo terquedad? —Lo miré fijamente, prestando atención a sus palabras—. Puede que sea miedo, hermano. Recuerda las circunstancias en las que la encontramos en el pasado.
Mi corazón se encogió al instante con los recuerdos. Habían pasado seis años, pero el dolor seguía siendo el mismo...
Intenso.
Asfixiante.
Me quedé pensativo por unos instantes.
En ese momento, Manuele se levantó y se acercó a donde yo estaba; se sirvió una copa de whisky y, a continuación, me sirvió otra a mí.
—¿Por qué tendría miedo de involucrarse conmigo? —pregunté, sin entender la lógica de su razonamiento.
Él soltó un suspiro, lo que me hizo mirarlo.
—Quizá porque teme perderte —respondió—.
—Mira, Mariano, creo que Paola nos tiene cariño a todos, teniendo en cuenta que la salvamos de una situación espantosa —ambos gruñimos en ese momento, al recordar el lugar del que la rescatamos—.
Pero contigo... —chasqueó los labios—. Tú eres diferente.
—Sonrió, sugerente. —Fuiste el primer rostro que vio cuando la liberaron.
Fuiste los brazos que la sacaron de aquella maldita prisión.
Tus manos fueron las únicas, después de mucho tiempo, que la tocaron con cariño y respeto, y no para herir o exigir.
Así que créeme cuando te digo y afirmo: aquella mujer nunca correría el riesgo de perderte, hermano.
Suspiré, comprensivo.
¡Joder!
Mi situación no hacía más que empeorar.
***
Al día siguiente, cuando llegué a la fortaleza de Rossi, me encontré con la gente reunida en la sala.
Maya y Beatrice se reían de algo gracioso que había dicho Paola, mientras que Fillipo y Manuele balbuceaban algo ininteligible al pequeño Benjamin, que estaba en el regazo del padre más baboso de la faz de la Tierra.
Era incluso irónico presenciar tal escena, dado que a mi hermano mayor siempre se le había considerado el más temido de los criminales, superando incluso la reputación de nuestro difunto padre.
—¿Todavía no hay noticias de Luca? —le pregunté a Manuele, mientras me acercaba para admirar a nuestro sobrino, que estaba despierto y inquieto en brazos de su padre. Los ojos eran los mismos que los de Maya, grandes y azules.
—Creo que volverá la semana que viene —respondió—. Por desgracia, no hay ni rastro de la hermana de Angel en Turquía. Por lo que parece, la chica desapareció antes incluso de llegar allí.
Puse cara de asco.
— ¡Maldita sea! —refunfuñé—. ¿Él ya lo sabe?
—Todavía no —respondió Rossi, molesto por el tema. Era obvio que la situación de Rosa se parecía a la de nuestra hermana—. Luca intentará averiguar algo más antes de rendirse del todo y volver a casa.
Asentí con la cabeza.
Armándome de valor, dirigí la mirada hacia Paola y me sorprendió encontrarla mirándome fijamente. Todo dentro y fuera de mí cobraba vida cada vez que eso ocurría; era como si fuéramos dos almas en una sola.
— ¿Y qué hay de los nuevos planes con Fontana? —quiso saber Manuele—. Tengo curiosidad por saber cómo vamos a joder a ese imbécil. —Rió con malicia.
—Vale, vale... —Maya se levantó para coger al hijo de los brazos de Rossi—. Ya que vais a hablar de esas cosas malas y perversas, prefiero alejar los oídos de Benjamin de aquí.
—No sé si te has dado cuenta, psicópata, pero Ben todavía es un bebé de solo dos meses, así que, lógicamente, no entiende absolutamente nada —murmuró Manuele, provocador.
Irritada, se acercó a él y levantó el puño cerrado ante sus ojos burlones.
—¿Ves este puño cerrado? —preguntó ella, enfurecida—. Por lógica, le haría un buen daño a esa carita de idiota que tienes, ¿sabes? Te juro que no me parecería mal.
Todos se rieron, incluido Rossi, que no negaba lo mucho que le encantaba la rebeldía de su mujer.
—Uno de estos días te voy a dar yo una si no dejas de provocar, Manuele —refunfuñó la dulce Beatrice, aunque también se estaba riendo.
Paola se volvió hacia ella, antes de darle un ligero codazo en la cintura.
—Para eso, tendrías que retomar nuestras clases de defensa personal, querida —le ofreció, animada.
—Una mujer no necesita saber pelear para dar una paliza —argumentó Maya, mientras se alejaba hacia las escaleras—. Hay otras formas de castigar a un hombre —insinuó.
El rubor se apoderó de las mejillas de Beatrice en el mismo instante en que percibió el doble sentido de las palabras.
— ¡Oye! — Manuele frunció el ceño, poniéndose tenso — ¡Ni se te ocurra meterle ideas en la cabeza a mi mujer, loca!
— ¡Argh, cállate, Manuele! —refunfuñó Paola, acercándose—. Beatrice es todo lo contrario a Maya, es decir, un corderito. —Sonrió radiante.
Rossi soltó un suspiro.
—La charla está muy bien, con vosotros hablando de mi mujer y de la mujer de Manuele, pero creo que todos estaréis de acuerdo en que tenemos asuntos más importantes, ¿no? —Gesticuló, mostrando claramente su impaciencia.
—Ya he hablado con Daniel Duran, y ya está de camino a Palermo —respondió Fillipo—. Él y su equipo traerán un cargamento de cocaína y heroína a la ciudad, exclusivamente para el territorio de Fontana, a quien se le avisará y no se lo pensará dos veces antes de ir a investigar con sus propios ojos.
—Es lo suficientemente vanidoso como para querer comprobar el movimiento con el fin de imponer y demostrar su autoridad ante los demás —dijo Paola poniendo los ojos en blanco.
—Y cuando llegue al lugar donde esté el camión de la droga, haremos una denuncia anónima al superintendente —concluyó Manuele—. Daniel ya se habrá esfumado, así que toda la culpa recaerá sobre los hombros del pobre Fontana —se rió a carcajadas.
Fillipo también se rió.
—Es cierto que tendremos una caída en los ingresos por sacrificar uno de nuestros cargamentos, pero valdrá la pena cuando ese idiota del superintendente se mantenga alejado de nuestros negocios durante un tiempo —dijo él.
—Sería mucho más fácil matarlo, pero eso sería muy peligroso para nosotros —añadió Rossi con un suspiro—. Una emboscada así atraería mucha más atención hacia nuestra familia, y no quiero eso.
Mi mente era un desastre.
—¡Necesito un café! —murmuré, dirigiéndome a la cocina.
***
Manuele y Fillipo estaban al otro lado de la ciudad para apoyar a Daniel y a su equipo. Mientras Paola y yo estábamos e , frente al despacho del superintendente, esperando la señal para presentar la denuncia. Rossi se quedó en casa, pero atento a todos nuestros pasos y acciones.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir con esa cara? —preguntó de repente. Desde que me disparó con la pistola eléctrica, hace unas horas, decidí ignorarla, porque todavía estaba muy enfadado.
No dije nada.
— ¡Pero qué mierda, Mariano! —estalló—. ¿Lo ves? Por eso no quería meterme contigo —argumentó—. ¡Ahora ni siquiera podemos trabajar juntos! —Abrió la puerta del coche y se bajó.
¡Mierda!
***
Observamos atentamente el momento en que el superintendente salió de la comisaría a toda prisa después de que Paola y yo hiciéramos la denuncia anónima.
El idiota se dirigía hacia el lado este de la ciudad; exactamente al lugar donde, según mis hermanos y Daniel, Fontana acababa de llegar para comprobar quién se le estaba desafiando al traficar con drogas en su territorio.
Fue muy divertido.
—Tengo que admitirlo, tu idea fue excelente —comenté, en cuanto puse el coche en marcha.
Paola me miró a los ojos.
—Lo sé.
Negué con la cabeza, divirtiéndome con su arrogancia. Pero así era ella. Nunca admitía que pudiera equivocarse o fracasar.
Respiré hondo y me mordí el labio. Pasé largas horas reflexionando sobre nosotros y sobre las palabras de Manuele de hacía un rato.
De repente, aparqué el coche en el arcén.
Paola parecía intrigada cuando volví a fijarme en ella.
— ¿Algún problema?
—Sí. Sabes que sí —fui directo al grano y ella tragó saliva—. Tienes razón, no consigo separar las cosas —confesé, gesticulando—. No soy tan bueno como tú disimulando...
—Pero yo no finjo —se defendió rápidamente.
—Sí, tú sí lo disimulas —insistí, frustrado—. Los dos nos sentimos atraídos el uno por el otro, eso es un hecho. Y ya es hora de que lo admitas.
Sus preciosas cejas se arquearon.
— ¿Por qué?
Respiré hondo.
—Porque quiero acostarme contigo otra vez —admití lo obvio—. Y otra vez... y otra vez... y otra vez... —susurré—. Al menos hasta que descubramos qué significa esto —señalé entre nosotros, analizando sus reacciones—. ¿Y bien? ¿Qué me dices?
Visualicé el instante en que se humedeció los labios, que estaban resecos. No apartó la mirada de la mía en ningún momento.
—Vamos a mi casa.
Y esa fue mi señal.