Ángel roto CAPÍTULO TREINTA Y DOS - SIGUE AGUANTANDO #3
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS - SIGUE AGUANTANDO #3

—Ya basta, Karen —Esther señaló a su hija con el dedo—. Viniste aquí con un solo propósito: disculparte; y más te vale hacerlo bien.

Cruzándose de brazos a la defensiva, Karen buscó la mirada de Gabriel.

—Gabe, yo...

—No es a mí a quien tienes que pedirle disculpas —la cortó—. Y, francamente, no creo que tus excusas sirvan de nada en este momento.

—Está bien. Melissa...

—Ni te molestes —Lissa no soportaba la idea de escuchar las falsas disculpas de Karen. Ya era bastante difícil contenerse y no abalanzarse sobre la rubia como para encima tener que oírla hacerse la santa. La estrangularía antes de que nadie pudiera impedirlo.

—Melissa, sé que es un momento difícil —intentó mediar Esther—. Pero guardar rencor no mejorará la situación. Podemos ayudarte.

—Karen ya ayudó bastante, fotografiándonos a escondidas y filtrando la foto a la prensa.

—Lo que hizo fue terrible. No pretendo que lo olvides, pero, cariño, necesitas ayuda.

—Sugerí una temporada en rehabilitación... —comenzó Arthur con cautela—. Ninguno de los dos estuvo de acuerdo.

—¡Traidor! —susurró Melissa, alejándose del mánager y de Esther. No quería que le dijeran lo que necesitaba o dejaba de necesitar, y menos si implicaba una estancia en una clínica.

—Mamá, una hospitalización está descartada —dijo Gabriel rodeando con el brazo los hombros de su novia.

—No iba a sugerir eso —se defendió la matriarca—. Solo un seguimiento especializado.

—No... —dijo Lissa en voz baja, mirando a Gabriel—. Ahora no.

—¿En serio? —El cantante decidió dejar esa conversación para después.

Sabía que su madre tenía razón, pero también que haría falta mucha mano izquierda para convencer a Melissa de buscar ayuda—.

Creo que tenemos otros problemas que resolver antes de centrarnos en lo que Mel deba o no hacer. Como que Karen justifique lo que hizo.

—Solo intentaba protegerte... —Su hermana menor usó su mejor tono dulce, el mismo que siempre hacía que Gabriel quisiera protegerla del mundo.

—¿Exponiéndome? Aquella vez no funcionó. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Contarle a todo el mundo que Melissa y yo estamos juntos? ¿O quizá decidas hablar de Hanna?

—Ella no haría eso —dijo Esther alarmada—. Todos sabemos lo doloroso que es esto para ti. No nos esforzamos tanto en mantener este episodio en privado para que tu hermana vaya y lo revele.

—Me conoces tan bien, Gabriel —volvió a hablar Karen—. Ni siquiera eres capaz de creer que te traicionaría así.

—Creía conocerte —respondió él con pesar—. Ya no.

—Nunca quise hacerte daño... —continuó la rubia con la voz entrecortada, mientras intentaba tocar a su hermano y lo veía alejarse.

—Quiero saber por qué, Karen —exigió el cantante—. La verdad, basta de mentiras y disimulos. ¿Por qué lo hiciste?

—Porque te amo... —respondió ella en un susurro.

En cualquier otro momento, Gabriel habría interpretado aquellas palabras como la expresión de un vínculo especial entre hermanos que se llevaban bien y estaban unidos, pero al mirarla, al ver cómo había pronunciado esa frase, tuvo que aceptar que no hablaba de amor fraternal.

—Soy tu hermano —dijo con pesar—. ¡Soy tu hermano, maldita sea!

—Pero desearía que no lo fueras —respondió Karen en el mismo tono, haciendo que su madre se llevara una mano al pecho—. No te veo como a un hermano. Nunca te he visto así. Te deseo, como te tuvo Hanna, como te han tenido todas las demás... Quiero que me ames como dices que amas a esa rara.

Esther se habría desplomado allí mismo si Arthur no la hubiera sostenido.

Melissa no sabía de dónde había sacado fuerzas ni ánimo, pero se interpuso entre los dos hermanos cuando Gabriel intentó acercarse a Karen. Su expresión no tenía nada que ver con la que solía mostrar. Sabía que estaba furioso.

—¡No! —le dijo, con las manos en el pecho de él—. Te arrepentirás después.

—Te has vuelto loca... —le dijo Gabriel a su hermana—. Eres una niña mimada e inconsciente. No te das cuenta de la locura que estás diciendo.

—No soy una niña —aunque estaba llorando, Karen mantuvo la cabeza erguida—. Soy una mujer, Gabriel, y así es como quiero que me veas.

—No te reconozco —Gabriel sintió que las lágrimas le afloraban—. Tal vez nunca llegué a conocerte de verdad. Te quiero, hermana, como debe querer un hermano. Pero no sé si quiero volver a verte. No creo que podamos seguir viviendo juntos. No si vas a continuar con esta locura.

—Karen... —Esther se acercó a sus hijos, todavía conmocionada por lo que había escuchado, deseando poder acunarlos en su regazo como cuando eran pequeños, odiando verlos llorar—. No sabes lo que dices, hija.

—Lo siento, mamá —respondió la menor, incapaz de ocultar cuánto le habían dolido las palabras de Gabriel—. Pero es la verdad. No puedo cambiar lo que siento.

—Gabriel... —Lissa se hizo a un lado cuando la madre de él llamó a su hijo, y los dejó abrazarse después de que Karen saliera corriendo de la habitación—. ¿En qué nos equivocamos con nuestra pequeña, hijo?

Alejándose para dejar intimidad a madre e hijo, Melissa volvió a la mesa y cogió el paquete de cigarrillos.

Encendió uno y dio la primera calada antes de arrastrar a Arthur al balcón.

Odiaba a Karen, pero sabía que, pasara lo que pasara, Gabriel y Esther estaban sufriendo, y ya que no podía ayudar, al menos evitaría estorbar.

—Lo siento —le dijo al mánager después de un rato—. Sé que te gusta. Eso es lo que todos dicen... —aclaró al ver su expresión de desconcierto.

—No como todos piensan —respondió él, dejando caer los hombros—. Al menos ya no.

Ahora fue Melissa quien lo miró sin comprender.

—Quiero decir, durante un tiempo creí que me gustaba... —explicó, con la mirada fija en el mar al otro lado de la calle—. Pero estaba poniendo mis ojos en la hermana equivocada.

—Mariana, ¿eh? —Lissa se rio, refiriéndose a la otra hermana de Gabriel—. Deberías decírselo.

—Tal vez algún día... —Arthur se metió las manos en los bolsillos del vaquero—. En cuanto a ti: creo que deberías buscar ayuda.

Lissa apagó el cigarrillo en el parapeto y suspiró.

—No sabes lo que puede pasar dentro de una clínica...

—¿Y tú sí?

Ella asintió con la cabeza.

—Cuando insistes en contar algo que quieren ocultar, una clínica psiquiátrica y un médico corrupto son la manera perfecta de hacerte callar.

Arthur permaneció en silencio un rato, asimilando lo que había oído. Quería saber más, pero tenía miedo de preguntar.

—Gabriel necesitó ayuda cuando murió Hanna...

Todos la necesitamos —dijo finalmente, optando por dejar la curiosidad a un lado—.

Esther le recomendó a una amiga, colega suya, que lo sigue atendiendo hasta hoy...

Yo también he ido a verla alguna vez. No hizo falta ingreso.

A nosotros nos funcionó... Podría funcionarte a ti también.

—No estoy preparada para eso —confesó Melissa. Tal vez nunca lo estaría.

—Cuando estés preparada, solo dímelo —Arthur le apretó el hombro—. Puedo ser tu amigo, Mel. Quiero ayudarte.

—No soy buena amiga.

—No estoy de acuerdo —el mánager se rio, intentando aligerar el ambiente—. Solo los buenos amigos pueden ser tan pesados como tú.

♫

Mel no asistió al concierto esa noche y ni siquiera salió del hotel, algo que Gabriel consideró bueno y malo a la vez.

Bueno porque sabía que necesitaba descansar y el caos entre bastidores de una gran gira solo la pondría más nerviosa; malo porque se pasó cada segundo que estuvo fuera preocupado por ella, sin saber cómo estaba ni si necesitaba algo.

Probablemente dio un concierto de mierda, aunque se esforzó por fingir que todo iba bien.

Su cabeza no estaba en el escenario ni en el repertorio, y cuando llegó el momento de aquellas versiones que hacía especialmente para ella, buscar su rincón de siempre y no encontrarla observándolo solo hizo que deseara aún más que el concierto terminara de una vez.

Quizá por eso suspiró aliviado cuando por fin regresó al hotel, y volvió a suspirar al encontrarla en la cama, tranquila y con los ojos cerrados. Al parecer dormía, lo que le produjo una enorme satisfacción.

Con cuidado, procurando no hacer ruido, se movió por la habitación y dejó la cartera y el móvil sobre la mesa. Como ya se había duchado en el camerino, se quitó la ropa y se metió en la cama con ella.

Le dio un beso suave en la frente a su novia, con cariño.

—Gabriel... —susurró Melissa, aún con los ojos cerrados, al sentir los labios del cantante acariciándole la frente.

—Vuelve a dormir, cariño —dijo en voz baja—. Solo quería asegurarme de que todo está bien.

—No estaba durmiendo —dijo ella, incorporándose en la cama—. No realmente.

—Me alegré al volver a la habitación y verte con los ojos cerrados. Esperaba que el insomnio se te hubiera pasado.

—No es tan simple. Tengo la cabeza que me hierve... No podría dormir aunque quisiera. Solo cerré los ojos para pensar.

—Esa cara que pones... me destroza —suspiró el cantante. No podía soportar los ojos hinchados de su novia, ni las marcas de tantas lágrimas derramadas, que aún brillaban en su piel pálida.

—Oye —Melissa le tomó la mano y lo besó—. No es culpa tuya. Fuiste víctima de las circunstancias igual que yo.

—Aún siento que te he fallado. Es horrible saber que no te protegí de la crueldad que hay en mi mundo. Voy a encargarme de ese sitio. ¡Voy a destrozar a cada uno de esos hijos de puta!

—Estás muy sexy cuando te enfadas —la chica intentó bromear, pero Gabriel siguió serio.

—Nunca volverá a pasar —prometió, aunque no estaba seguro de poder cumplir la promesa—. Nadie volverá a hacerte daño.

La chica asintió, incapaz de decir nada sin echarse a llorar; simplemente atrajo a Gabriel hacia ella en la cama y se acurrucó en sus brazos.

—Intenta dormir un poco —le pidió, jugueteando con un mechón de su cabello negro. Si no tuvieran que partir hacia otra ciudad al amanecer, debería intentar convencerla de tomar algo para dormir—. Te cantaré. Cierra los ojos.