CAPÍTULO VEINTINUEVE - TAL COMO ERES #3
Como no podía permanecer sumergida hasta que los dos amigos se separaran, Melissa tuvo que volver a la superficie. Sin saber qué hacer, se aferró de nuevo a Gabriel, rodeándole la cintura con los brazos desnudos bajo el agua.
—Buenos días a ti también —comentó el mánager con naturalidad, como si no hubiera interrumpido nada—. Los objetivos de los paparazzi llegan fácilmente hasta aquí... como bien sabes.
—¡Gracias, Arthur! —Gabriel puso los ojos en blanco, irritado—. Por interrumpir nuestro baño.
Melissa hundió el rostro en la amplia espalda del rockero.
—Bueno, tenemos algunos detalles que ultimar... —continuó Arthur, ignorando la mirada que le lanzó su amigo—. Y, Melissa, me gustaría hablar contigo a solas más tarde.
Confundida y avergonzada, la chica asintió.
—Creo que ya va siendo hora de salir de la piscina... —comentó Lissa en voz baja cuando volvieron a quedarse solos, después de que Arthur entrara en la casa.
—No es mala idea... —Gabriel la atrajo hacia sí—. Mis labios están deseando arrancarte algún gemido.
♫
Unos golpes suaves en la puerta captaron la atención de Arthur.
Dejó a un lado el montón de hojas que llevaba leyendo por décima vez y se apresuró hacia la puerta del pequeño despacho que Gabriel nunca usaba. Al otro lado lo esperaba Melissa, sonriente.
A juzgar por su rostro enrojecido, el pelo húmedo y revuelto, y la ropa arrugada que intentaba alisarse sin mucho empeño, Arthur estaba seguro de que ella y Gabriel habían estado muy ocupados en algún rincón de la casa.
Lo cual no debería sorprenderle después de haberlos pillado en pleno magreo en la piscina al llegar a casa de su mejor amigo.
El mánager suspiró y sonrió negando con la cabeza. ¿Qué iba a hacer con esos dos?
—Oye, ¿niñera? ¿Me vas a dejar aquí esperando todo el día o me invitas a pasar?
—Pasa —se apartó para dejarla entrar—. Tenemos que hablar.
—¡Maldita sea! ¿Qué he hecho mal esta vez?
Arthur podría darle una lista completa y detallada, pero esta vez el asunto era más serio. Iría directo al grano.
—¿De verdad amas a Gabriel?
La pregunta pilló a Lissa desprevenida. Frunció el ceño y cruzó los brazos a la defensiva.
—¿Me has llamado para esto?
—Solo responde. Es importante. Sé que Gabriel te quiere, necesito saber si es mutuo.
—Tenemos algo —se limitó a encogerse de hombros.
Arthur sabía que esa era la mayor confesión que podía sacarle. Y no necesitaba más. Solo un idiota no vería que estaban locos el uno por el otro.
—Bien —asintió—. Necesito que hagas algo por él.
—¿El qué?
—Antes debo contarte una historia: Hace algunos años, al comienzo de la carrera de Gabriel, teníamos una amiga, Hanna.
Éramos inseparables. Como era de esperar, se enamoró de Gabe...
hasta el punto de volverse obsesiva. Incluso intentaron salir juntos, por insistencia de ella, pero no funcionó y Gabriel lo dejó.
Hanna estaba tan desesperada que se suicidó.
Fue Gabriel quien la encontró sumergida en la bañera, con las muñecas cortadas.
Por eso desarrolló TOC: quedó cubierto de la sangre de Hanna al meterse en la bañera para intentar salvarla.
Melissa no sabía cómo digerir lo que acababa de oír, y mucho menos entender por qué el asistente personal le contaba aquella historia. Su única reacción fue llevarse la mano a la boca para ahogar una exclamación.
—Siento soltarte todo esto de golpe, pero tengo que ser objetivo y voy con prisa. Dado tu historial depresivo, me temo que...
—Que haga lo mismo —terminó ella, conmocionada.
Quería maldecir al hombre que la miraba fijamente, pero estaba paralizada ante la mirada temerosa que él le dirigía.
Arthur asintió.
—No soy suicida.
—Pero podrías llegar a serlo. Siento ser tan duro, pero hay que afrontar los hechos. Te autolesionas.
La chica escondió las muñecas a su espalda de forma inconsciente.
—No voy a matarme. Si de verdad quisiera, ya lo habría hecho —Melissa intentó argumentar, y sobre todo creerse sus propias palabras.
Era cierto que en sus peores momentos había llegado a pensar que sería mejor morir, pero la mayor parte del tiempo quería vivir. Si conseguía lidiar con sus fantasmas, quería vivir, encontrarse a sí misma, ser feliz...
—Quizás aún no has tenido una razón lo bastante fuerte.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué crees que sabes de mí?
—Solo quiero ayudaros a ti y a Gabriel. Puedo parecer insensible, pero soy práctico. No voy a andarte con rodeos: si de verdad quieres a Gabriel, necesitas buscar ayuda psiquiátrica.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loco? ¡No pienso hablar de la mierda que pasa en mi vida con un desconocido!
—Podemos ir despacio. Con calma, respetando tus límites.
—Mira, sé que solo intentas ayudar, pero déjalo, ¿vale? Nadie puede arreglarme... Estoy demasiado rota para eso. Puedes comprobarlo leyendo este maldito expediente —la chica señaló el archivo sobre la mesa que él había leído antes de su llegada y salió pisando fuerte.
Arthur se había olvidado de guardarlo.
Era una mierda, pero tenía que encontrar la manera de que ella viera a un especialista. Puede que Melissa no tuviera ni idea, pero lo que la separaba de hundirse las cuchillas en las muñecas de forma fatal era una fina línea llamada Angela, que en cualquier momento podía dejar de existir.