Ángel roto CAPÍTULO VEINTISÉIS - WE FOUND LOVE
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CAPÍTULO VEINTISÉIS - WE FOUND LOVE

“As your shadow crosses mine

What it takes to come alive

Al amanecer, Melissa llevaba casi una hora dando vueltas en el enorme colchón.

No había llorado e intentó con todas sus fuerzas no pensar demasiado en la noche anterior: en todas las dulces palabras que había escuchado de Gabriel, en su propia sinceridad al contarle el efecto que tenía en ella cuando le cantaba, en cómo su cuerpo había reaccionado a las caricias sensuales, y en la frustración de no haber podido pasar de los besos tímidos y las caricias atrevidas.

Pero querer evitar esos pensamientos no era lo mismo que lograrlo, sobre todo cuando se había despertado y había encontrado vacío el lado de la cama donde el cantante se había acostado.

Al principio, había imaginado que estaba en el baño y que volvería pronto, así que cerró los ojos de nuevo y fingió dormir. No sabía cómo mirarlo a la cara después de la noche desastrosa que habían pasado, pero al cabo de unos minutos se dio cuenta de que estaba sola en la habitación.

Darse cuenta la afectó más de lo que habría querido admitir. Era de esperar que él se alejara, así que ¿por qué le molestaba tanto? ¿Por qué sentía que el corazón se le encogía?

Ese era el problema de involucrarse con otras personas: acababa desarrollando sentimientos y, al final, invariablemente, terminaba olvidada, ignorada y herida.

No debería haber cedido al chantaje emocional de Angela.

Debería haberse quedado en su ciudad, con su amiga, huyendo de la familia que la despreciaba, haber conservado su trabajo mediocre y haber continuado con su vida aburrida hasta que no pudiera soportarlo más.

Pero ya que era incapaz de decirle que no a Ang, al menos debería haberse mantenido alejada de Gabriel Voss, y sobre todo debería haber mantenido al cantante lejos de su corazón.

Pero, como de costumbre, lo había hecho todo mal: no solo había dejado que el rockero se acercara demasiado, sino que también había cometido la locura de enamorarse de él. No quería romances nacidos de las hormonas ni guiados por ellas.

Había pasado la adolescencia sin caer en la trampa de enamorarse; al fin y al cabo, conocía muy bien sus limitaciones e impedimentos.

Y para lograrlo había tenido que alejarse de todo y de todos, cambiar su vida por completo, pero había merecido la pena.

Al menos así había evitado durante los últimos años el dolor de no ser suficiente para alguien, la frustración de querer ser normal y disfrutar de todo lo que un romance puede ofrecer sin poder hacerlo...

Y ahora se había enamorado de un maldito rockstar.

Un maldito, sexy y romántico rockstar que no había sido más que comprensivo y cariñoso con ella, pero que la había dejado en esa habitación, sola, cuando se dio cuenta de que ella realmente no podía darle lo que él quería.

Tal como sabía que pasaría tarde o temprano, pero aun así dolía.

Molesta por no poder evitar sus pensamientos y herida por algo que nunca podría cambiar, Lissa apartó el edredón de una patada y dejó que el aire helado del aire acondicionado le alcanzara la piel durante unos minutos antes de levantarse.

Sin prestar atención a su pelo largo y enredado ni al vestido completamente arrugado que llevaba, caminó hacia el balcón y se detuvo a mitad de camino para coger el paquete de cigarrillos del bolso olvidado en una esquina del suelo.

Había fumado muy poco en los últimos días.

Gabriel detestaba el olor y se quejaba de los miles de gérmenes que se metía en el cuerpo cada vez que se llevaba el cigarrillo a los labios, y como él estaba cerca todo el rato, había acabado reduciendo el hábito de fumar constantemente a uno que otro cigarrillo cuando estaba sola.

Contuvo una maldición cuando el sol le dio de lleno en los ojos claros. Melissa se acomodó en el suelo del balcón y se llevó un cigarrillo a los labios. Gabe estaba lejos, y lo más probable era que siguiera así, de modo que podía fumar todo lo que quisiera.

Cerró los ojos tras la primera calada y jugueteó distraídamente con el mechero.

Casi volvió a entrar en la habitación cuando oyó movimiento de guardias de seguridad abajo.

Abrió los ojos y vio a Brian, el guardaespaldas personal de Gabriel, y a Pietro, su propio guardaespaldas, charlando animadamente en un coche frente a la casa.

Los dos hombres se reían de alguna tontería y Mel deseó poder ser tan despreocupada y estar de tan buen humor.

Hacía mucho que no se sentía así de despreocupada, pero aún recordaba lo bueno que era pasar un rato hablando y riendo de cualquier tontería con amigos.

Ahora ni siquiera tenía amigos, salvo Angela.

—¡Mierda! —se quejó cuando la punta del cigarrillo le rozó accidentalmente la rodilla desnuda, pero apartó la mirada de los dos guardias de seguridad y se centró en el punto rojizo de su piel.

La quemadura era casi insignificante en comparación con las otras formas de provocarse dolor que había aprendido en los últimos años, pero aun así era mejor que seguir pensando en Gabriel Voss y en todo lo que nunca tendría con él.

Conscientemente, acercó la punta encendida al mismo punto rojizo y suspiró antes de volver a llevarse el cigarrillo a los labios.

Después de Gabriel, nada tenía el mismo efecto. Tendría que pensar en nuevos métodos si quería sobrevivir hasta el final de la gira.

Iba por la mitad del segundo cigarrillo cuando oyó abrirse la puerta de la habitación. El corazón amenazó con salírsele del pecho y los dedos le arrugaron el cigarrillo mientras lo alejaba de la cara y observaba el humo envolverla.

Había vuelto. Quizá para decirle que ya no iba a quedarse cerca, o quizá para quedarse a su lado. No lo sabía y, francamente, le daba miedo averiguarlo. Así que se quedó donde estaba, escuchando sus pasos en la habitación.

No necesitaba mirar para saber que era Gabriel; al fin y al cabo, él era el único que entraba sin llamar y se movía por su espacio personal como si fuera el suyo. Pero aun así, Mel estaba nerviosa cuando pasaron los minutos y él no se acercó.

Tiró la colilla y cogió otro cigarrillo, deseando que la nicotina la calmara, cuando por fin oyó su voz.

—Esa mierda te va a matar —le arrancó el paquete de cigarrillos de las manos e hizo una mueca antes de guardárselo en el bolsillo de los pantalones cortos.

Melissa lo miró de reojo. Estaba guapo y animado, como siempre, como si no hubieran pasado por un final de noche horrible. Nunca entendería cómo podía tener ese aspecto.

—¿Dónde estabas? —preguntó. ¿Era eso un deje de dolor en su voz? ¡Qué estúpida!

—En el gimnasio... —respondió en voz baja y le ofreció una botella de gel hidroalcohólico que Melissa solo aceptó después de poner los ojos en blanco y hacerle una peineta—. Luego fui al centro a buscar algunas cosas y después estuve abajo con mis padres y Karen. Nos esperan para desayunar.

Melissa hizo una mueca.

—No tengo hambre —se frotó las manos con el gel y le devolvió la botella al cantante—. Deberías estar allí, no aquí.

Gabriel la observó con atención. Sabía que en algún momento ella volvería a levantar el muro a su alrededor, pero por un instante se había permitido imaginar que seguiría siendo tan sentimental y cariñosa cuando él regresara a la habitación.

Suspirando, le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Fuera grosera o encantadora, estaba decidido a que disfrutara de unos buenos días de descanso.

—Tengo algo para ti... —dijo mientras ella se ponía de pie y lo miraba fijamente. Sus ojos habían vuelto a mostrarse cautelosos y duros—. Para que sonría esa carita de muñeca.

—No tengo cara de muñeca —espetó—. Y espero que no me hayas comprado más ropa. Te juro que la quemo y te hago tragar las cenizas si...

Melissa enmudeció al llegar a la habitación. Sobre la cama, aún deshecha, había varias bolsas que probablemente contenían vestidos nuevos, pero perdieron toda importancia cuando descubrió un caballete en una esquina, con un lienzo en blanco.

Corrió hacia él y lo acarició suavemente con las yemas de los dedos. Junto a la pared había otros dos lienzos en blanco.

—Dije que podríamos conseguir un lienzo cuando estuviéramos en casa... —comentó emocionado, mientras observaba a Mel ante el lienzo en blanco—. Y me prometiste un cuadro solo para mí.

Se acercó, cogió un paquete de la cama y se lo tendió.

—No prometí nada —replicó, aunque sonrió y aceptó de buena gana lo que le ofrecía—. Dije: quizás pintaría algo para ti... Quizás.

Se rio, sobre todo porque a ella le habían brillado los ojos al abrir el paquete y encontrar tres cuadernos de bocetos nuevos y varios lápices de colores.

—¡Vaya! —lanzó una mirada rápida a Gabriel antes de abrir el estuche de metal más grande—. ¡Dios mío! ¡Cuántos colores...!

Volvió a sentarse en el suelo, como una niña que acabara de recibir el regalo de Navidad soñado, y se puso a examinar cada lápiz de color.

—Ciento veinte... —respondió, agachándose a su lado—. Eso dijo el vendedor —parpadeó cuando ella lo miró fijamente—. No me paré a contarlos.

Ella soltó una risita.

—No creo que mintiera... —señaló la información del estuche.

—Bueno, ya que no mentía... Puedes probar las acuarelas con estos —Gabriel le entregó una caja algo más pequeña—.

Y seguro que sabrás qué hacer con todo lo demás...

—señaló los rotuladores, carboncillos y grafitos, y las gomas especiales que formaban parte del kit que había preparado especialmente para ella.

Si el vendedor no mentía, le encantaría el regalo: el sueño de cualquier artista aficionado.

—Esto es... —empezó, mirando a su alrededor, intentando abarcarlo todo con la vista—. ¡Oh, Gabriel, esto es increíble!

—¿Eso significa que te gusta? —la observó mientras dejaba el estuche en el suelo con cuidado y se volvía para abrazarlo con fuerza.

—¡Me encanta!

—¡Me alegro de que te guste! —le devolvió el abrazo—. A lo mejor no te importa que también haya comprado uno o dos bikinis...

Ella resopló y siguió la mirada del cantante hacia la cama, donde varias bolsas aguardaban sin abrir.