CAPÍTULO VEINTICINCO - TODO #2
—Por supuesto —respondió Lissa mientras agarraba el asa de una de sus maletas y la arrastraba por el camino hacia la entrada principal—. ¿Estás seguro de que quieres que me quede aquí? —preguntó al acercarse al cantante—. Puedes mandarme a algún hotel. No me importa.
Voss la miró fijamente un segundo.
—¿Cuál es el problema? —preguntó cuando por fin entraron—. ¿No quieres quedarte aquí?
No quería, y casi lo dijo. Por suerte, logró callarse a tiempo.
—Es solo que no quiero molestar a tu familia con mi presencia.
Gabriel puso los ojos en blanco.
—Mis padres y Karen están en su casa. Y si no me equivoco, Mari está de viaje con unas amigas.
Melissa dejó escapar un pequeño suspiro.
—Entonces, ¿vives aquí solo? —aprovechó para quitarse el abrigo que llevaba; se estaba derritiendo—. ¿De verdad necesitas una casa tan grande solo para ti?
—Teóricamente, sí —dejó las maletas donde estaban, tomó la mano de Mel y la guio por la casa—. Tengo a una persona que se encarga de mantener todo en orden y de que esté, mínimamente, alimentado. Nelly. Debe de andar por ahí...
La información hizo que Melissa se detuviera en medio del camino para volver a ponerse el abrigo y ocultar sus brazos descubiertos.
—Y la casa nunca está realmente vacía cuando estoy aquí, cosa que no es muy frecuente. Mis padres suelen pasarse para ver cómo estoy, y Karen parece vivir aquí más que en su propia casa.
—Por supuesto... —Lissa siguió al músico hasta una cocina espaciosa—. Entonces quizás sería mejor que me quedara en un hotel.
Gabriel fingió no oírla y se acercó al frigorífico, del que sacó una botella de agua mineral que le ofreció a Mel.
—Te llevo arriba para que te duches y te quites ese abrigo. Te vas a derretir ahí dentro.
—Si tienes aire acondicionado, puedo pasar los próximos cinco días hibernando en la habitación —cerró los ojos para disfrutar del frescor del agua helada que le bajaba por la garganta.
—Ni se te ocurra... —la atrajo hacia sí, rodeándole la cintura con los brazos—. Hay muchas cosas que quiero enseñarte.
—Si estás pensando en llevarme a la playa... —pareció leerle el pensamiento—. Olvídalo. Ahora, enséñame la habitación en la que me voy a quedar. Me estoy derritiendo de verdad.
Gabriel la condujo por el comedor y de vuelta a la sala de estar para subir al segundo piso.
—Podrías ahorrarnos tiempo y quedarte directamente en mi habitación.
Melissa subió las escaleras sin prestar atención a lo que oía.
—En serio. Los dos sabemos que voy a acabar en tu habitación a última hora.
—¿Con tu hermana rondando por la casa? —Arqueó una ceja—. ¡Ni hablar! Sería capaz de echarme de la habitación.
—¿Mel? —Gabriel la detuvo al llegar a las puertas de los dormitorios—. Karen prometió portarse bien. ¿Puedes hacer lo mismo, por favor?
—Yo siempre me porto muy bien —dijo con sarcasmo.
Gabriel supo que no tenía sentido responder, así que siguió adelante.
—Esa es mi habitación... —Señaló la segunda y última puerta a la derecha, ignorando las tres habitaciones de la pared de enfrente—. Para que lo sepas... —Le guiñó un ojo y, con una sonrisa, abrió la primera puerta—. Y aquí es donde te vas a quedar.
Melissa tenía preparada una respuesta ingeniosa, pero se quedó callada en cuanto se toparon con una señora que estaba terminando de hacer la cama grande que ocupaba buena parte de la habitación.
—¡Nelly! —Gabriel cruzó la habitación y abrazó a la mujer, que le sonrió con cariño. Era bajita y tenía el pelo casi tan oscuro como el de Melissa, aunque no le llegaba a los hombros—. ¿Me has echado de menos?
—¿Echar de menos tu desorden? —La mujer le tomó el pelo, arrancando una risita a Melissa—. Para nada, pero sobreviviré esta semana contigo aquí.
Gabriel hizo una mueca, pero luego se rio y le dio un beso en la frente. La mujer le devolvió la sonrisa.
—Voy a fingir que no me has echado de menos —bromeó—. Pero ahora déjame presentarte a mi invitada más especial... Melissa, la habitación no se va a incendiar si dejas de agarrarte a la puerta y entras.
Melissa notó que se ruborizaba, pero se acercó hasta el centro de la habitación.
—¡Hola, Nelly! —Intentó sonar amable—. Encantada de conocerte.
—El placer es mío, querida —respondió el ama de llaves con una sonrisa—. No he tenido mucho tiempo para prepararlo todo, pero espero que la habitación te guste.
—Es perfecta —respondió Lissa con una sonrisa sincera—. ¡Gracias!
—Ahora que ya están hechas las presentaciones... —Gabriel le quitó el bolso de las manos a Melissa y lo tiró sobre la cama—. Nelly, mi reina, ¿me preparas tu maravillosa pasta?
—Siempre pides lo mismo cuando vuelves a casa, muchacho. Ya está lista. Acomodaos, descansad y bajad a comer —Nelly se dirigió hacia la puerta—. Ni siquiera necesito avisarte de que tu hermana estará aquí en unos minutos, así que no os demoréis.
♫
Melissa bajó las escaleras de mala gana. Estaba cansada, quería quedarse en su habitación a dormir y no tenía ninguna gana de ver a Karen Voss. Pero Gabriel había ido a buscarla a su habitación por tercera vez para que bajara.
Mientras se alisaba la suave tela del vestido de manga larga, la diseñadora se dejó guiar por las voces animadas de los hermanos.
Aunque era de noche, la temperatura seguía siendo demasiado alta para el gusto de Melissa, así que se había dejado el pelo secar al natural después de la ducha y había decidido ir descalza. El vestido no le molestaba demasiado, pero habría preferido quitárselo también.
Karen fue la primera en verla cuando llegó al comedor y no hizo ningún esfuerzo por disimular su disgusto. Aun así, le sonrió y se levantó de la silla junto a Gabriel en cuanto el cantante la vio y la llamó para que se acercara.
—¿Melissa? —La menor de los Voss se dirigió a ella con humildad mientras Lissa se acomodaba frente a los dos hermanos—.
Quería pedirte perdón por mi comportamiento en Navidad y por el comentario tan desafortunado que hice sobre la foto que publicaste en el Instagram de mi hermano. ¿Puedes perdonarme?
Melissa la miró fijamente un momento, evaluándola sin disimulo. Podía estar sonriendo y usando palabras dulces, pero los ojos que la observaban seguían siendo los mismos que se habían burlado de ella la última vez que se vieron. Lissa solo le creería si fuera idiota.
—Como quieras... —respondió, sin importarle la mirada de Gabriel—. ¿Podemos comer? Estoy cansada y quiero dormir.
♫
—No lo estás poniendo fácil... —comentó Gabriel mientras seguía a Melissa de vuelta a la habitación—. Ni siquiera intentaste llevarte bien con Karen, y ella se pasó toda la noche intentando entablar conversación contigo.
Melissa se rio y fue directa al baño a lavarse los dientes.
—Si llamas intento de conversación a sus ataques contra mi estilo... —respondió después de enjuagarse.
—Mel, por favor, puede que no tengáis mucho en común, pero ella se estaba esforzando. Se disculpó y tú la ignoraste.
Melissa se tiró en la cama mientras el cantante buscaba un cepillo de dientes nuevo en el armario del baño. Por lo visto, estaba pensando en quedarse a dormir donde estuviera Melissa.
—Podrá engañarte a ti, pero a mí no. Su disculpa fue tan falsa como mi amor por las ciudades soleadas.
—Melissa...
—Déjalo, Gabriel —se sentó en medio de la cama mientras él se acomodaba a su lado—. Ella se queda en su rincón y yo en el mío. Es lo mejor que vas a conseguir.
—Vale... —Se rindió—. Olvidémonos de Karen. Estamos solos... Podríamos aprovecharlo.
—¿Aprovechar qué? —preguntó mientras él se acercaba y la sentaba en su regazo.
—Se me ocurren muchas cosas... —respondió, dándole un beso suave en el cuello—. Me gusta ese vestido —jugó con las mangas anchas que le cubrían los brazos.
—Es uno de los que me regalaste —respondió con voz suave mientras él seguía repartiéndole besos por el cuello y el hombro.
—Lo sé... —La miró con los ojos oscuros brillantes—. Ya te habrás dado cuenta de que me encanta cuando te pones uno de ellos. Estás jodidamente guapa.
Claro que se había dado cuenta; por eso siempre acababa eligiendo uno de ellos cuando quería hacer feliz al cantante.
—Podríamos bañarnos juntos en la piscina... —sugirió mientras sus dedos se enredaban en el cabello aún húmedo de Mel y sus labios rozaban los de ella—. Seguro que el agua está deliciosa y te ayudaría a refrescarte.
Lissa atrapó los labios del cantante con los dientes y dejó que sus uñas se deslizaran por los brazos de él. ¿Quién lo habría dicho? Le encantaba estar así con un chico. Le encantaba cuando Gabriel la sentaba en su regazo y la besaba, con suavidad o con un poco de desesperación.
Cerró los ojos y se permitió imaginar cómo sería seguir besándose en la piscina, tal como él sugería.
Probablemente sería una de las cosas que aprendería a disfrutar con él, pero por desgracia, nunca lo sabría con certeza.
Al fin y al cabo, si aceptaba la invitación, tendría que ponerse un bikini, que ni siquiera tenía, y eso revelaría más cicatrices.
Ya le avergonzaban las de los brazos; no quería tener que mostrar también las de los muslos.
—No... —dijo tras soltar sus labios, sonriendo al oírlo jadear—. Tengo planes para esta noche. Y ni siquiera tengo bikini.
Para evitar que la convenciera, Melissa saltó de la cama y se entretuvo recogiendo y encendiendo su portátil.
—¿Tienes planes? —Gabriel intentó calmar su corazón desbocado. Esa chica iba a volverlo loco si seguía provocándolo sin darse cuenta—. ¿Y esos planes me incluyen?
Se dio la vuelta sobre el colchón para ocultar su excitación y ahogó un gemido al apartar el rostro cuando ella volvió con el portátil en la mano.
—No exactamente —como siempre, Lissa fue brutalmente sincera—. Pero puedes quedarte si quieres.
—¿Qué vas a hacer? —estiró el cuello para ver el ordenador mientras ella imitaba su posición y empezaba a trastear con el aparato—. Oh, no... —gruñó cuando abrió una carpeta llena de fotos y vídeos de sus conciertos—. Estamos de descanso, Mel.
—Ya lo sé —se rio—. Y voy a aprovechar mi tiempo libre para elegir los mejores vídeos. Quiero grabarlos y mandárselos a Angela.