CAPÍTULO CATORCE - WONDERWALL
“I don't believe that anybody
La noche había sido horrible, como la mayoría de las noches de Melissa. Apenas había conseguido dormir, y cuando por fin se quedó dormida, otra pesadilla la despertó poco después. Por eso se sentía cansada y empezaba a dolerle la cabeza.
Lo único que quería era tirarse en la cama y pasar el día libre contemplando el techo de su habitación de hotel, pero le había hecho una promesa a Angela y nunca dejaba de cumplir sus promesas.
Así que intentó apartar su mal humor y se miró en el espejo, solo para darse cuenta de que nada estaba fuera de lugar, dado que nunca le gustaba su reflejo.
Salió del baño y se acercó a la cama para recoger el bolso. Agradeció mentalmente que hiciera tanto frío en Nueva York, así podía llevar jerseys largos, pantalones, botas, guantes y un gorro. En cierto modo, estaba deseando conocer Times Square.
Por supuesto, no se lo había admitido a Angela cuando hablaron antes, y tuvo que aceptar dar el paseo sola.
Su amiga había insistido tanto que fue imposible negarse.
Sin duda sería más divertido si Ang estuviera con ella, pero por desgracia las cosas no eran así, de modo que Lissa tendría que completar el itinerario ella sola.
Cuando estaba a punto de salir, Gabriel entró en la habitación y la sorprendió con aquella visita inesperada.
—¿No llamas a la puerta? —se quejó Melissa con falsa irritación. No podía ser tan grosera como antes, especialmente después de ver la expresión herida del cantante cuando salió de su habitación la noche anterior.
—Lo siento... Yo... —se disculpó el cantante, avergonzado.
—Oye. —La chica sonrió—. Relájate. No pasa nada.
—¿Vas a salir? —preguntó, un poco más relajado.
—Sí.
—¿Y adónde vas?
La chica se encogió de hombros.
—Por ahí. Quizás a Times Square o algo así. Arthur dijo que podía tomarme el día libre como todos los demás.
—Sí, claro. ¿Puedo ir contigo? Yo también estoy libre. Es peligroso andar por ahí sola.
—No, Gabriel. Gracias por preocuparte, pero quiero pasear para tener algo de espacio. No quiero llamar la atención yendo por ahí con una estrella de rock y sus guardaespaldas.
Lo pensó un momento y luego chasqueó los dedos.
—Puedo arreglarlo. Espera.
Antes de que Melissa pudiera protestar, el cantante salió de la habitación.
Sin saber exactamente qué hacer, la chica se sentó en la cama y respiró hondo, con ganas de darse de cabezazos contra la pared.
Necesitaba encontrar la manera de librarse de Gabriel.
Para ella, era impensable pasear por Nueva York junto a alguien que hacía que su estúpido corazón casi se le saliera del pecho. Necesitaba paz.
Mientras pensaba en una solución, la estrella de rock regresó a la habitación; esta vez con varias capas de ropa de abrigo y unas enormes gafas redondas, como Harry Potter.
—Entonces... —dijo con una sonrisa—. ¿Estoy bien disfrazado?
Melissa no pudo evitar echarse a reír.
—Gabriel, este es sin duda el peor disfraz que ha existido jamás sobre la faz de la tierra. Tu cara bonita no va a pasar desapercibida para nadie.
Antes de darse cuenta de lo que había dicho, Lissa vio cómo los ojos de Gabriel se abrían de par en par, acompañados de una sonrisa que hizo aparecer hoyuelos en sus mejillas.
—¡Piensas que soy guapo! —exclamó sin presunción alguna; solo había... fascinación.
—¿Te has metido algo antes de volver? —se burló la chica, intentando arreglar la estupidez que había dicho, pero su voz temblorosa e irregular la delataba.
Avergonzada, fue incapaz de sostenerle la mirada a Gabriel por más tiempo. Apartó los ojos hacia el suelo y se mordió el labio con fuerza. Quería darse de bofetadas.
—Oye, no seas tímida —le dio un codazo juguetón—. Todo el mundo me considera guapo, ¿por qué iba a ser diferente contigo, Miércoles?
—¿Cómo me has llamado? —Melissa lo miró con falsa furia en los ojos.
La chica sabía que Gabriel estaba intentando que se sintiera cómoda.
Ella siempre podía ser macabra, insensible y a menudo cruel, pero no era estúpida.
Sabía que el cantante sentía algo por ella y que, de alguna manera, esperaba una respuesta.
Saber que ella lo consideraba guapo le complacería y le daría una pequeña victoria, pero ahí estaba él...
Dejando a un lado algo que era importante para él, solo para no molestarla.
No le costaría mucho reafirmar sus palabras y darle a Gabriel lo que anhelaba, aunque fuera algo tan pequeño, pero Melissa era lo suficientemente cobarde como para no permitirse flaquear, ni siquiera por quienes lo merecían.
—Te he llamado... Miércoles —repitió.
—¡Hijo de puta! ¡Ahora vas a ver!
Su intención era suavizar el ambiente y que ambos se sintieran más cómodos.
Pero el destino parecía tener sus propios planes, y en cuanto la chica empezó a hacerle cosquillas a Gabriel, tropezó con sus propias piernas y perdió el equilibrio.
Habría caído si él no la hubiera sujetado, justo como en las escenas más cliché de las películas románticas.
El contacto de aquellas manos firmes en su espalda la hizo estremecerse. ¿Cuántas veces había soñado con las manos de Gabriel después de verlo rasguear la guitarra con pasión?
—¿Estás bien? —La voz siempre potente del cantante era ahora un susurro ronco.
Lo único que pudo hacer fue asentir mientras tragaba saliva.
Sabía lo que vendría después. Como las otras veces, cuando el muro protector dentro de ella se había derrumbado y la había dejado a merced del aterrador sentimiento que albergaba por Gabriel Voss.
De hecho, anhelaba entregarse a él de nuevo.
Dependía totalmente del cantante... Como una maldita yonqui.
Incluso cerró los ojos, esperando el momento en que los labios de él rozarían los suyos en una suave caricia y su corazón, ya acelerado, latiría con un ritmo dolorosamente desesperado.
Sin embargo, lo único que sintió fueron las manos de él apartándola con cuidado.
—Creo que será mejor que nos vayamos —dijo, visiblemente alterado.
Melissa no sabía por qué él se había resistido a besarla.
Era la primera vez. Quizás Gabriel finalmente se había dado por vencido en entenderla...
en desearla. El pensamiento la hirió. Era cierto que ni ella misma comprendía lo que sentía por la estrella de rock, pero sabía lo fuerte que era.
Simplemente no podía soportar la idea de que el cantante la rechazara.
Con un sabor amargo en la boca y un dolor insoportable en el pecho, Melissa Bittencourt hizo lo que siempre hacía cuando las cosas se salían de su control: huyó.
Podía oír a Gabriel detrás de ella, gritando cosas que no lograba entender.
Era una cobarde: no aceptaba lo que él sentía por ella, pero tampoco quería que dejara de quererla.
Así que lo único que podía hacer era aislarse en algún lugar donde pudiera contener ese dolor aterrador de la única manera que conocía, aunque eso la destruyera aún más.
El cantante que la seguía experimentaba sentimientos igual de contradictorios que Melissa.
Lo que le sorprendía era que en un instante se sentía satisfecho consigo mismo por no haberla avergonzado con un beso, y al siguiente, intrigado por su repentino arrebato de ira.
Parte de él deseaba profundamente que ella solo estuviera molesta porque no la había besado, pero no podía hacerse demasiadas ilusiones.
Lidiar con Melissa Bittencourt era como caminar por un campo de minas.
Intentar entender lo que pasaba por su cabeza era una pérdida de tiempo, así que lo mejor era alcanzarla y conseguir que se sintiera cómoda; de lo contrario, el tan esperado paseo se iría al traste.
Gabriel sabía que no podía cuestionarla sobre la repentina huida, ni exigirle que le confesara abiertamente los sentimientos que la atormentaban, porque Melissa funcionaba como una ostra.
Cualquiera que intentara romper sus defensas era detenido con una reacción natural, una sustancia dañina para el invasor.
En el caso de las ostras, la sustancia se llama nácar, pero en Melissa se llamaba ira.
Si el cantante intentaba forzarla a abrirse, el instinto de la chica sería repelerlo con rudeza y ofensas, así que la mejor solución sería hacerla olvidar lo que había pasado.
Además, la analogía le hizo reflexionar sobre su propia situación, porque no quería ser una perla para Melissa.
No quería que lo cubrieran de sustancias defensivas por hacerla sufrir... Por causarle dolor.
Logró alcanzarla en las escaleras. No sabía que ese cuerpo delgado, aparentemente frágil, pudiera correr tan rápido. Estaba sin aliento cuando la agarró del brazo y la obligó a detenerse.
—¡Suéltame, Gabriel! —exclamó ella, preparada para sacudírselo de encima como de costumbre.
—No —dijo él con firmeza—. Todavía tenemos un paseo pendiente.
La chica lo miró con incredulidad. Probablemente sorprendida de que no le recriminara el repentino ataque.
—¡Estás loco! —siseó ella, con los labios temblorosos, el rostro pálido y los ojos llorosos.
¡Dios! ¡Quería besarlo!
—Puede que sí —el cantante intentó sonreír para parecer más convincente.
No podía flaquear; tenía que conquistarla poco a poco.
Nunca más volvería a besarla por impulso, cada vez tendría que ser con su consentimiento.
Tenía que ser así si quería tenerla por completo.
Melissa no funcionaba con arrebatos apasionados.
Para estar con ella, Gabriel necesitaba ganarse primero su plena confianza.