Ángel roto CAPÍTULO ONCE - LO QUE TE HACE HERMOSA #3
31%

CAPÍTULO ONCE - LO QUE TE HACE HERMOSA #3

—¡Es tu culpa por estar tan guapa delante de mí! —se justificó antes de que ella pudiera reprenderlo.

Melissa quería ponerse su armadura de indiferencia para sentirse menos vulnerable al efecto que el cantante tenía sobre ella, pero en ese momento era imposible contener la emoción que le recorría cada poro del cuerpo. Era como agarrar un cable de alta tensión. Hasta respirar le costaba.

—Entonces... Arthur parece enfadado —prefirió ignorar el ambiente entre ellos y comentó lo obvio para aliviar la tensión, pero su voz fue apenas un susurro.

—¡Que le den a Arthur! —exclamó el cantante. La miraba intensamente, muerto por volver a besarla. Tenía tanto deseo que ni siquiera se reconocía a sí mismo—. ¿Cómo iba a pensar en mi insoportable mánager con la chica más hermosa del mundo delante de mí?

Melissa bajó la mirada y se mordió el labio inferior con fuerza. ¿Era normal que el corazón le latiera tan rápido? Nunca le habían importado demasiado las galanterías, pero con cada cumplido del cantante se sentía como si flotara.

El autocontrol de Gabriel Voss se estaba esfumando.

En cuanto la vio con el regalo que le había comprado con tanto cariño, se sintió incapaz de no besarla.

Intentó contenerse todo lo que pudo porque temía asustar a Melissa, pero cada vez estaba más enamorado de esa chica problemática que le robaba el juicio.

¡Maldición! Quién iba a decir que se enamoraría algún día.

Pero eso era lo que había pasado, y tenía que ser precisamente de la chica más arrogante que había conocido. Lo jodido de todo era que quería conocerla por completo... Quería hacerla suya, enteramente suya.

Nunca había deseado a una mujer como a Melissa Bittencourt.

Y fue esa revelación la que lo hizo volver en sí y detener por fin aquella locura de besarla sin parar.

Así que respiró hondo y luchó por controlar las reacciones de su cuerpo, especialmente una parte de su anatomía que insistía en cobrar vida.

Le dio la espalda a la chica, caminó hacia el escritorio y abrió los cajones, fingiendo buscar algo.

El rockero aún recordaba la última vez que tuvo contacto íntimo con Melissa y no quería verla desmayarse de nuevo.

No era un adolescente hormonal, necesitaba calmarse.

Pero era difícil, muy difícil. Sobre todo cuando Melissa se acercó y Gabriel percibió el olor a champú y jabón que emanaba de ella, inundándole los sentidos.

Tuvo que apoyarse en el escritorio y respirar hondo varias veces.

—¿Gabe? ¿Estás bien? —preguntó ella preocupada.

—Sí. Solo dame un minuto...

El cantante se quedó mudo al sentir los brazos de la chica que le rodeaban la cintura.

—Sé lo que está pasando —dijo mientras lo abrazaba. No debería sentirse así, pero estaba radiante de saber que provocaba ese efecto en el cantante—. No soy tan inocente.

Si Gabriel no hubiera estado tan concentrado en mantener el control y a la vez tan...

excitado, seguramente habría sentido que la cara le ardía de vergüenza.

Nunca antes había tenido que ocultar su erección.

Cuando estaba con una mujer, ella se alegraba de ver las pruebas de su deseo.

Pero con Melissa... Si no hubiera estado tan sediento de ella, la habría apartado. Lo sabía.

—Lo siento... —susurró, sintiéndose ridículo por tener que disculparse.

—Lo sé —Melissa interrumpió el abrazo para girarlo hacia ella.

Era tan extraño. No se sentía digna de atención, pero al mismo tiempo era maravilloso saberse deseada, a pesar de ser lo que era.

Así que decidió ser honesta con el cantante una vez más—.

Pero no puedo imaginar por qué yo... Solo yo. Mírame, Gabriel... Soy un bicho raro.

—¡No vuelvas a decir eso nunca! —Le atrapó una de las manos temblorosas y se la colocó sobre el pecho—. ¿Lo sientes? Mi corazón se acelera solo con mirarte... Melissa, eres la criatura más fascinante que he conocido. ¿Cómo podría serme indiferente?

La sinceridad que la chica vio en los ojos del cantante solo la hizo sentirse aún más sedienta de él.

Entonces, cediendo al aterrador deseo de volver a estar en los brazos de Gabriel, Melissa le presionó los labios contra los suyos, besándolo con tal avidez que probó sangre.

Solo se dio cuenta de que la habían levantado del suelo cuando Gabriel la sentó en el escritorio y comenzó a sembrarle besos húmedos por el cuello.

Su autocontrol se había esfumado, pero en ese momento no le importaba. Necesitaba sentirla.

—Gabriel, yo... —la voz profunda de Arthur resonó en la habitación mientras abría la puerta y entraba.

—¡Mierda! —maldijo Gabriel alzando la vista hacia Melissa. Maldita amistad que le daba a Arthur libertad para entrar así en su habitación sin avisar.

—¿Estamos en problemas? —preguntó la chica con descaro, los labios hinchados por el beso violento.

Gabriel asintió y suspiró. Quería volver a besarla, pero se giró para encarar al asistente, que lo miraba como si se hubiera vuelto loco.

Tal vez estaba loco. Por Mel.