CAPÍTULO NUEVE - QUÉDATE
“Porque cuando nunca ves las luces
Gabriel Voss estaba ansioso como nunca antes, ni siquiera antes de empezar un concierto. Quería saber qué le habían parecido los vestidos a Melissa, sobre todo porque los había elegido él mismo.
El cantante redujo el ritmo de la cinta de correr, dando por terminado su ejercicio diario. Se secó el sudor de la cara y dio un trago a su botella de agua.
—¿Sr. Voss? —susurró una mujer a su lado.
Gabriel se dio cuenta de que era una empleada del complejo.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarla?
—¿Podría darme un autógrafo? Es para mi hija... Se llama Ellyn y es muy fan suya —se mordió el labio con fuerza y le tendió un trozo de papel.
El guardaespaldas de Gabriel dio un paso hacia él, pero el cantante lo detuvo con un gesto de cabeza, indicándole que todo estaba bien.
—Le daré un autógrafo y también entradas para el concierto del viernes.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par y se iluminaron.
—¡Oh! —exclamó—. Es usted muy amable. ¡Mi Ellyn se va a poner contentísima! La pobre estaba destrozada porque no pudo comprar la entrada a tiempo. Se agotaron en menos de veinticuatro horas.
Gabriel esbozó una sonrisa de satisfacción.
No estaba al tanto de los ingresos del concierto —eso lo llevaba Arthur—, pero siempre notaba que las actuaciones estaban abarrotadas.
Y ahora tenía la confirmación de su rotundo éxito.
Era estupendo saber que estaba conquistando a tanta gente con su música.
—Aquí tiene... —le devolvió el papel y buscó el nombre en la placa identificadora—. Janette.
—¡Gracias, Sr. Voss!
—Dígale a Ellyn que tiene una madre maravillosa y valiente.
Tanto Gabriel como Janette sabían que ella había arriesgado su trabajo para acercarse a él. Las normas del hotel dejaban muy claro que estaba terminantemente prohibido molestar a las celebridades.
—Lo que no hace una madre por un hijo, ¿verdad, Sr. Voss?
—Desde luego, Janette, y no se preocupe, su trabajo está a salvo. Si tiene algún problema, no dude en buscarme. Le diré a mi equipo que le haga llegar las entradas. Espero que usted y Ellyn lo disfruten mucho.
La sonrisa emocionada y agradecida de aquella mujer quedaría grabada en la memoria de Gabriel Voss para siempre. Hacer feliz a alguien era la mejor recompensa que podía recibir en su ajetreada carrera.
♫
Más tarde, ya duchado y tumbado en la cama de su suite, el rockero miraba al techo, aburrido. Arthur estaba terminando de ajustar la agenda de la semana con el resto del equipo, y la banda debía de estar disfrutando de los últimos días libres por la ciudad.
En realidad, Gabriel Voss conocía la verdadera razón de su inquietud: la ausencia de Melissa.
El cantante ya estaba acostumbrado a la presencia de la chica y la echaba de menos.
De algún modo, esa chica se había convertido en una parte importante de su rutina, y no tenerla cerca lo había perturbado.
Así que, ignorando la voz en su cabeza que le gritaba que dejara a la chica en paz, el rockero cogió el teléfono y marcó el número de la suite de Melissa, esperando que contestara.
No lo hizo. Lo intentó tres veces más y nada... Ni siquiera el móvil.
Preocupado, se puso la camisa y los pantalones a toda prisa y salió de la habitación en dirección a la suite de ella. Alojarla en un piso alejado del suyo solo podía haber sido idea de Arthur. El cantante suspiró frustrado y pulsó el botón del ascensor varias veces.
—Maldita sea, Melissa, ¿dónde estás? —exclamó mientras pulsaba el número del piso y volvía a llamarla al móvil. Una vez más, saltó el buzón de voz.
Angustiado, el cantante cruzó el amplio pasillo a paso rápido.
Estaba a punto de echarse a correr. Melissa conocía bien una de las reglas del concurso: estar siempre localizable.
Si la producción perdía el contacto con ella, quedaba automáticamente descalificada.
Era una medida de seguridad, tanto para ellos como para ella.
Por eso Melissa llevaba el móvil a todo volumen las veinticuatro horas del día.
En cuanto llegó a la puerta, el cantante llamó varias veces y la llamó a gritos.
Nada. Intentando controlar el nerviosismo que se estaba apoderando de él, Gabriel volvió a golpear.
Cuando la encontrara, le asignaría un guardaespaldas para que la protegiera.
Ya estaba decidido. Melissa Bittencourt estaba bajo la responsabilidad del equipo de Voss, y cualquier cosa que le sucediera recaería sobre ellos.
Pero a Gabriel no le preocupaba su nombre ni su equipo.
Lo único que quería era que la chica estuviera bien.
—¡Melissa! —llamó, forzando el pomo en un arrebato de desesperación. Estaba abierta.
Haciendo caso omiso del sentido común y sin importarle invadir su privacidad, Gabriel entró en la habitación y casi se derrumbó de alivio al ver que la chica dormía.
Incapaz de contenerse, el cantante se acercó un poco más, y su alivio se esfumó cuando la vio...
Destrozada. Sí, Voss no encontraba otra palabra para describirla en ese momento.
Melissa estaba aferrada a los vestidos. Tenía una expresión asustada en el rostro, que le brillaba por las lágrimas.
Intrigado, el cantante observó la habitación en busca de alguna pista de lo que podría haberle pasado.
Aparentemente, no había nada. Solo encontró algo de ropa fuera de la maleta y un cuaderno abierto.
Para su asombro, había varias fotos suyas pegadas en él.
Así que Melissa era realmente fan suya. No sabía si sentirse más halagado o más incómodo.
Antes de darse cuenta, el cuaderno ya estaba en sus manos y pasaba las páginas.
Lo que encontró allí le borró cualquier rastro de satisfacción.
Aquello no era un álbum de fan. Conmocionado, Gabriel leyó con detenimiento la enorme cantidad de información sobre él.
Melissa tenía un verdadero expediente sobre él.
De hecho, parecía más bien un manual de instrucciones.
De repente, se sintió mal. Como si le quemaran las manos, el cantante dejó caer el cuaderno y decidió que tenía que despertar a Melissa. Le debía una explicación.
—¡Melissa! —la llamó, sacudiéndola con suavidad. Por muy enfadado que estuviera, nunca podría ser brusco con ella, especialmente cuando parecía tan frágil—. ¡Melissa, despierta!
Tras unos minutos sacudiéndola, la chica se despertó. Se incorporó de golpe y se apoyó contra el cabecero de la cama. Parecía haber despertado de una pesadilla.
—Gabriel, ¿qué...? —su voz carecía de la acidez habitual, y sus ojos, siempre heridos y listos para el ataque, ahora estaban apagados. Melissa no parecía la misma chica que Gabriel había conocido.
—No contestabas a mis llamadas. Estaba preocupado...
¿Qué estaba haciendo? Ella le debía explicaciones a él, no al revés. Sin embargo, Gabriel era incapaz de acusarla de nada viéndola tan... Rota.
—Me quedé dormida. Disculpa —respondió sinceramente, tratando de pensar cómo llevaría a cabo su plan ahora que Gabriel estaba frente a ella.
El cantante sintió el impulso de zarandearla. No soportaba verla tan débil... Tan vacía.
—¿Te gustaron los vestidos? —la estúpida pregunta se le escapó antes de poder pensarla. Tenía la mente demasiado alterada.
—Sí. Son preciosos... Lástima que no pueda usarlos —Lissa miró los numerosos vestidos esparcidos por la cama. Estaban arrugados, marcados por el peso de su cuerpo, igual que su alma.
—¿Qué? —se oyó preguntar Voss, y no le gustó el tono de voz de Lissa.
—Me voy, Gabriel —el plan inicial era hacer lo que mejor sabía: huir sin dar a nadie la oportunidad de detenerla, pero por primera vez ya no podía seguir fingiendo ser fuerte y, además, Gabriel había sido amable y cariñoso. Merecía la verdad.
El cantante frunció el ceño y la miró atónito.
—¿Qué has dicho?
—Esta situación ha durado demasiado. Necesito ponerle fin —estaba tan agotada emocionalmente que, de ser posible, acabaría con todo lo que la atormentaba, pero no podía. Tendría que aceptar que su vida era una bomba a punto de explotar y vivir con ello. Al menos, hasta que Angela la dejara.
—Melissa, ¿de qué estás hablando? ¿Esto tiene que ver con ese cuaderno lleno de información sobre mí?
La chica miró el objeto en el suelo y suspiró con pesar. Al parecer, el destino estaba de su lado. Era hora de acabar con esta farsa.
—Bueno... Eso facilita las cosas —dijo, poniéndose en pie con determinación.
—¿Podrías explicarme qué está pasando?
Ella lo miró con esos ojos muertos que Gabriel tanto odiaba. Quería que volviera la chica obstinada e inquebrantable.
—Soy una farsa, Gabriel. Eso es lo que pasa. Eres un buen tipo y no te mereces esto.
—¿Qué? —fue todo lo que pudo preguntar. Algo le decía que no le gustaría la respuesta, pero tenía que saberlo.
—No soy tu fan. Mi amiga Angela sí. Como no podía viajar, me inscribió en el concurso para documentarlo todo en su lugar. Lo siento. De verdad.
Por un momento, el rockero sintió que le clavaban un puñal en el pecho. Lo que más le dolía no era que Melissa le hubiera mentido todo este tiempo —ya sospechaba que no era como las otras fans—, sino saber que él no significaba nada para ella.
—Por eso tengo que irme —continuó, metiendo la ropa en la maleta sin poder mirar al cantante—. No merezco estar aquí.
—No puedes abandonar el concurso —jadeó, consumido por una desesperación creciente—. No puedes dejarme, Melissa.
Ella prefirió ignorar lo que oía y se concentró en su equipaje. Solo la incredulidad y el dolor le hacían decir esas cosas. Cuando terminó, pasó junto a él arrastrando la maleta.
Ni siquiera la falta de tacto con que le había revelado el engaño lo había enfurecido tanto como verla marcharse sin mirar atrás. Con el corazón en un puño, el cantante dio un paso adelante, cerró la puerta con llave y se guardó la tarjeta en el bolsillo.
—¿Qué demonios haces, Gabriel? —exclamó irritada. Solo estaba empeorándolo todo. Pese a su expresión impasible, Lissa estaba destrozada y lo único que quería era hacer lo correcto y desaparecer antes de derrumbarse.
—No te irás sin aclarar las cosas primero.
—¿Qué es lo que no entiendes? Está todo claro. Soy una maldita mentirosa, ¿vale? Estoy ocupando el lugar de una fan de verdad. Sé que estás enfadado, así que mejor acabar con esta farsa cuanto antes.
—¡No! —el cantante alzó la voz—. Esto no puede acabar así.
Tú... —hizo una pausa, respiró hondo, consciente de que no le preocupaba que una fan abandonara su gira antes de empezar...
Era mucho más que eso. Echar de menos a Melissa, sus provocaciones, sus desafíos, sus besos...
Eso era lo que lo desesperaba—. ¡No puedes darle la espalda a todo así, sin más!
—Gabriel... —susurró desesperada. En el fondo quería quedarse, quería ser quien él creía que era, pero no pudo decir nada más porque él la silenció con un beso desesperado.
Incapaz de resistirse, Melissa respondió al beso, atrayéndolo hacia sí con urgencia animal, desesperada por saborear esa sensación única por última vez, por grabarla en su interior para no olvidarla jamás. Solo se separaron cuando sus cuerpos clamaron por aire.
—No te vayas... —pidió Gabriel, apoyando la frente contra la de ella.
—Tengo que irme —dijo ella, apartándose—. Lo siento.
Fue entonces cuando el cantante se dio cuenta de que ella le había quitado la tarjeta del bolsillo.
Pero en cuanto abrió la puerta, él la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás.
Estaba a punto de intentar detenerla, pero sus ojos se posaron en la muñeca que sujetaba y lo que vio lo dejó sin palabras.
La piel clara de Melissa estaba surcada de cicatrices.
Al verse descubierta, la chica sintió que se quedaba sin aire.
Él no debía descubrirlo, nadie debía descubrirlo, y menos así.
Intentó zafarse del cantante; no podía enfrentarse a la mirada acusadora que seguramente le lanzaría.
Moriría un poco si él la veía como el bicho raro que era.
Pero Gabriel ya había subido la manga de su blusa y examinado la extensión de las heridas, estremeciéndose con cada nuevo descubrimiento.
—¡Suéltame! —gritó, y se dio cuenta de que lloraba desconsoladamente—. ¡Maldita sea, Gabriel, suéltame!
Pero el rockero estaba demasiado conmocionado para oírla. Sintió que el corazón se le partía en dos al imaginar qué la habría llevado a hacerse eso.
Sintiendo que se desmayaría en cualquier momento, Melissa le golpeó el pecho con la mano libre, tratando de apartarlo. No funcionó; solo consiguió que él saliera del trance y apartara los ojos de su brazo para clavarlos en su rostro.
Su mirada, contra todo pronóstico, no era acusadora.
Estaba afligida, temerosa, desesperada, como la de Angela el día que la pilló cortándose.
En tan poco tiempo, él se había encariñado con ella.
Y eso era precisamente lo que Melissa no quería que pasara.
Si se había enamorado de ella, acabaría haciéndole daño.
Cuando él le rozó el rostro con las yemas de los dedos, intentando en vano contener las lágrimas, ella quiso morir.
¿Por qué demonios se mostraba tan afectuoso?
Ella había mentido y engañado, y ahora no era más que una anomalía, una chica loca que, para sobrellevar lo que llevaba dentro, se cortaba.
No merecía la compasión que veía en su mirada, y mucho menos la ternura con que la trataba.
Lo jodido era que quería merecerlo, quería refugiarse en sus brazos y llorar todas las lágrimas que llevaba años conteniendo.
Quería retroceder en el tiempo y haber hecho todo bien, haber evitado que su vida se convirtiera en aquella desgracia...
Al mirar a Gabriel, deseaba tantas cosas que jamás tendría; y eso la hacía sentir que se moría por dentro.
—Suéltame, Gabe... —volvió a pedir en un susurro.
—¡No! —respondió él, con la voz tan tensa como la de ella, y la atrajo hacia sí, estrechándola en un abrazo férreo—. No te vas a ninguna parte... No pienso soltarte.