Ángel roto CAPÍTULO DOS - EL CIENTÍFICO #3
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CAPÍTULO DOS - EL CIENTÍFICO #3

Lissa notaba la mirada de Angela clavada en su espalda, pero fingió no darse cuenta.

En ese momento sentía una vergüenza inmensa por haberse derrumbado, una vez más, delante de su amiga justo cuando más necesitaba paz.

Respiró hondo e intentó olvidar la escena patética que había montado la noche anterior, y entonces empezó a prestar atención al fansite de Gabriel Voss.

La última publicación trataba sobre el resultado del sorteo.

Los comentarios histéricos de las fans sobre el vídeo de Gabriel anunciando a la ganadora eran para morirse de risa, y la chica no pudo evitar atragantarse con una carcajada.

No quería admitirlo, pero estaba disfrutando de esa sensación de que, al menos una vez en su vida, había sido mejor que alguien en algo.

—Disculpad, chicas.

La voz dulce y serena de la madre de Angela interrumpió su risa. Lissa se irguió en la silla y la miró con timidez.

—¡Hola, Sra. Moore! Siento haber dejado la cocina patas arriba... Me desperté temprano y quise preparar algo especial para Angela.

—No pasa nada —sonrió—. En realidad, no he venido a regañarte. Solo quería decirte que tu madre acaba de llamar y que enciendas el móvil.

Angela dejó de comer y miró a Lissa con preocupación.

—¡Vale! —respondió Lissa asintiendo.

—¿Cómo te encuentras, cariño?

—Estoy bien, mamá. El desayuno que ha preparado Lissa está delicioso, cocina de maravilla.

—Oh, me alegro de que estés bien.

Le dio un beso rápido a Angela y salió de la habitación.

—¿Vas a encender el móvil, Lissa?

—¡No! —dijo la chica de mal humor mientras se levantaba del ordenador—. Mejor me voy a casa y lo compruebo todo allí, además necesito ducharme, cambiarme de ropa y dormir un poco más. ¿Me prestas unos zapatos? Mis botas están en tu jardín.

—Claro —se encogió de hombros—. Coge lo que quieras.

—Gracias.

La chica rebuscó rápidamente en el modesto armario de su amiga y sacó unas zapatillas deportivas.

—Argh —murmuró al salir—. Eres una cría. Te hace falta algo de negro en ese armario.

Angela miró los pies de su amiga y estalló en carcajadas.

—Nunca pensé que viviría para ver a Melissa Bittencourt con zapatos rosa bebé.

Lissa puso los ojos en blanco, se acercó a su amiga y la besó en la mejilla.

—Nos vemos luego. Cuando vuelva, te traigo tu cosita.

—Puedes quedártela si quieres.

—Ni muerta.

Las dos rieron, se abrazaron y se despidieron.

Lissa cogió un taxi frente a la casa de su amiga y, de muy mal humor, le indicó la dirección al conductor.

Al bajarse del coche, notó que el hombre tras el volante la miraba de forma extraña.

Probablemente se preguntaba qué hacía una chica tan mal vestida y de aspecto tan tosco en un lugar tan elegante.

Como ya estaba acostumbrada, la chica se limitó a dedicarle una sonrisa forzada y a darle unos billetes antes de echar a andar por la acera.

No era de extrañar que la gente que pasaba a su lado la mirara de arriba abajo.

Melissa Bittencourt estaba en pleno Madison Park —uno de los barrios más lujosos de Seattle— vestida únicamente con un jersey sencillo, una falda arrugada y unas zapatillas rosas horteras.

Su ropa no tenía nada que ver con la de los demás, que iban vestidos de diseñador. Pero a la chica le importaba un carajo.

Al plantarse frente a la enorme verja de la mansión donde vivía, sintió una opresión en el pecho.

Odiaba aquel lugar con toda su alma. Deseaba no tener que volver a pisar aquello jamás, pero no encontraba el valor para marcharse de casa de una vez; aunque despreciaba el comportamiento cuestionable de su madre, tenía miedo de no estar cerca cuando las cosas se descontrolaran.

Respiró hondo, llamó al interfono y se identificó ante el guardia de seguridad.

La verja se abrió apenas una rendija y enseguida estuvo dentro de la enorme y lujosa propiedad.

Cruzó el jardín a toda prisa, desesperada por encerrarse en su habitación y con la esperanza de no cruzarse con nadie.

Entró en la casa y subió los dos tramos de escaleras.

Por desgracia, no tuvo tanta suerte. Cuando abrió la puerta del dormitorio, vio a su madre sentada en la cama esperándola con cara de pocos amigos.

—Melissa —dijo Penélope, poniéndose de pie—. ¿Se puede saber qué horas son estas?

—Venga ya —respondió la chica mientras cerraba la puerta tras de sí—. No es la primera vez que duermo fuera, ni será la última.

—Estaba muy preocupada, ¿sabes?

—Ya lo sé —dijo con sarcasmo mientras se quitaba las zapatillas, que le apretaban.

Penélope observaba todos sus movimientos, y eso la irritaba profundamente.

Lissa no quería mirar a su madre, pero le resultaba imposible evitarlo cuando se plantó frente a ella con los brazos cruzados.

Era una mujer hermosa, elegante y tremendamente superficial.

A esas horas de la mañana ya estaba completamente arreglada con su ropa de marca, tacones y maquillaje impecable...

Bueno, para el maquillaje al menos tenía una explicación.

—¿Qué ropa es esta? —exigió Penélope.

Lissa se encogió de hombros con indiferencia.

—Mi uniforme de trabajo.

Penélope suspiró hondo y se frotó las sienes. Su rostro pálido se tiñó de rojo.

—No tienes ninguna necesidad de trabajar.

—Que te enteres: el trabajo en el PUB es estupendo y sí que necesito ganar mi propio dinero. Sabes perfectamente que solo me quedo en esta casa para evitar que te maten en uno de tus «incidentes».

—¡No lo necesitas! ¡Somos ricos!

—No —gritó, dejando estallar la rabia acumulada de la noche anterior—. Allan es el rico, y tú no eres más que otra cosa que él compró.

Penélope respondió con una bofetada tan fuerte que Lissa se tambaleó. No cayó al suelo solo porque logró apoyarse en la cómoda.

—¡Mira lo que me obligas a hacer! —dijo con voz grave—. ¡Sabes perfectamente cómo sacarme de quicio!

Lissa esbozó una sonrisa amarga y encaró a su madre con una ceja arqueada.

—Siempre es culpa mía, ¿verdad?

—Melissa... Por favor, ¡basta ya!

—No te preocupes —dijo la chica. Abrió el armario, sacó una mochila y empezó a meter ropa dentro—. Vas a estar libre de mí durante mucho tiempo.

—¿Cómo?

—Angela me apuntó a un concurso y gané. Me voy de gira con Gabriel Voss.

—¿Gabriel Voss? ¿El cantante de rock?

—Ajá.

—Esto es una locura, ¡ni siquiera me has pedido permiso!

—No lo necesito. Tengo veinte años, soy mayor de edad y sé cuidarme sola.

—¿Cuándo vas a aprender a contarme las cosas?

—Quizá cuando decidas creerme y dejes de echarme la culpa de todo.

—Está bien —Penélope levantó las manos en señal de rendición—. Puedes ir a esa gira. Incluso puede que te venga bien divertirte un poco, despejarte y volver a ser la de antes.

—No vengas ahora haciéndote la buena madre, ¿vale?

—Lissa...

—Déjame en paz. Me duele la cabeza.

—Bueno, yo... Solo quería contarte lo que pasó anoche...

—Ya lo sé —soltó una risa amarga—. Fue solo un incidente. Ya lo sé. No hace falta que lo repitas más.

—Pero esta vez de verdad fue...

Lissa, ya sin paciencia, dejó caer la mochila al suelo y se volvió hacia su madre.

—Hazme un favor —dijo entre dientes—. La próxima vez no me llames. No quiero saber nada, ¿entiendes? Ya no me importa tu relación enfermiza con Allan.

—Lissa...

—Sal de mi habitación. Quiero estar sola.

Penélope asintió y salió de inmediato. Lissa sintió que el corazón se le encogía.

Odiaba los sentimientos contradictorios que albergaba hacia su madre, esa mezcla monstruosa de amor y odio.

Sabía que el «incidente» volvería a repetirse y temía que llegara el día en que dejara de importarle, porque si eso ocurría, significaría que el odio había vencido al amor.

No sabía con certeza cuándo había empezado a llorar, pero mientras metía cosas en la mochila, notó las lágrimas que le resbalaban por la cara.

No podía pasar ni un minuto más en esa casa, y más tarde, cuando recibió la fatídica noticia de una visita que jamás podía ignorar, decidió que tenía que marcharse de inmediato.

Cuando llegó a casa de Angela, esta la recibió con el mismo afecto de siempre.

Intentó disimular todo lo que pudo e inventó alguna excusa: que deberían pasar tiempo juntas, ya que se iría de gira y estaría fuera un año entero.

Por suerte, Angela pareció creerla o, si no se lo había tragado, lo disimuló muy bien.

Los treinta días siguientes pasaron más rápido de lo que a Melissa Bittencourt le habría gustado.

La morena se empeñó en pasar cada segundo libre con su mejor amiga, aunque a menudo tuviera que aguantar las canciones de Gabriel Voss y sus conciertos en DVD.

Puede que resulte difícil de entender, pero lo cierto es que el tiempo que pasarían separadas sería mucho más duro para Lissa que para Angela.

Su amiga era una especie de bálsamo para sus heridas; Angela era la razón por la que no se había vuelto loca.

La última semana antes del inicio de la gira fue la peor. Angela estaba entusiasmadísima, tan feliz imaginándose las mil situaciones que su amiga podría vivir que apenas se daba cuenta de que Lissa estaba forzando su cuerpo aún más de lo habitual.

Con todos los problemas y preocupaciones que le ocupaban la mente, la morena había perdido la cuenta de cuántos días llevaba sin dormir ni comer, y pensar en el tiempo que pasaría lejos de todo y de todos los que quería la ponía aún más ansiosa y, en cierto modo, asustada.

A Melissa Bittencourt le gustaba la rutina autodestructiva que se había creado.

Sabía cuándo era seguro recurrir a sus vías de escape y cómo ocultar los efectos secundarios de esas conductas a todos los que la conocían.

Sin embargo, estaba a punto de embarcarse en un viaje rodeada de desconocidos y, peor aún, de gente famosa.

El pequeño cuerpo de la camarera se estremeció solo de pensar en lo que podría pasar si alguien descubría sus oscuros secretos.

Porque, sí, sabía que no sería capaz de pasar el próximo año sin hacerse nuevas cicatrices.