Ángel roto CAPÍTULO DOS - EL CIENTÍFICO
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CAPÍTULO DOS - EL CIENTÍFICO

«Nadie dijo que fuera fácil

El PUB estaba lleno de gente. Era el final de la semana, y parecía que todo Seattle había decidido presentarse allí.

Para Melissa Bittencourt esto era genial porque le encantaba tener mucho trabajo, ya que eso significaba horas lejos de casa.

Eran las seis de la tarde cuando por fin llegó al bar.

Las últimas horas con Angela habían sido difíciles.

Nunca imaginó que su amiga pudiera chantajearla tanto...

¿y cómo iba a negarle algo a esa chica? Angela era una de las pocas cosas buenas en su vida, y ni en sueños Lissa se atrevería a decepcionarla.

La morena cruzó el lugar a toda prisa esquivando a la gente, porque ya llegaba muy tarde.

Por suerte David Clark, el gerente del PUB, era amigo suyo, y casi nunca la regañaba, ni siquiera cuando se lo merecía.

Tras echar otro vistazo al reloj, la chica corrió al vestuario, se encerró en uno de los reservados y se cambió, poniéndose el uniforme del bar.

Una de las razones por las que Melissa Bittencourt amaba Seattle era el clima frío: así podía llevar jerseys de manga larga, abrigos y otras prendas que ocultaban las cicatrices esparcidas por sus brazos y piernas.

El uniforme del PUB era perfecto para eso.

La blusa era larga, negra y ajustada, y dejaba al descubierto solo una franja del vientre.

La falda le llegaba a medio muslo y ocultaba las marcas de la ingle.

Para completar el conjunto, Lissa se puso unas botas oscuras a juego.

Frente al espejo, la chica se aplicó un maquillaje cargado para ocultar las ojeras, se recogió el pelo negro en una coleta tirante y quedó lista para otra jornada de trabajo.

Respiró hondo y volvió a sumergirse en el mar de gente que abarrotaba el bar.

Esbozó una sonrisa y se dirigió a la barra donde David trabajaba de camarero.

—¡Buenas tardes! —saludó al jefe, que estaba sirviendo bebidas.

David le dedicó una sonrisa.

—¡Buenas tardes! ¿Qué tal?

—Bien. Casa llena hoy, ¿eh?

—Bueno... —dijo alegremente—. Varios grupos de graduados de la Universidad de Washington han reservado el PUB para hoy.

—Me encanta cuando se llena así. —Lissa observó a David con atención y arqueó una ceja—. Ahora que caigo... ¿Por qué estás en la barra?

—La hija de Sam se puso mala y tuvo que llevarla al hospital. —Se encogió de hombros—. He tenido que sustituirlo.

—Preparas unas bebidas increíbles, seguro que les encantan a todos.

—Gracias, Lissa. Pero ya sabes, no hace falta que me hagas la pelota.

La chica le hizo una peineta.

—Que te den, David.

—¿Así le hablas a tu jefe?

—¿Qué vas a hacer? ¿Despedirme?

Él soltó una risita y negó con la cabeza.

—¿No cambiarás nunca?

—¡Jamás! Bueno, ¿qué tengo que hacer? Ya me estoy aburriendo.

—¿Te aburre hablar conmigo?

—No seas dramático, David.

—Ah —dejó la bebida a un lado, apoyó las manos en la barra y miró a aquella chica de belleza salvaje y descaro—. ¿Qué es eso del concurso? Vi tu foto besando un cartel de Gabriel Voss en la tele, y él te mandaba un mensaje. ¿De verdad te apuntaste?

Lissa puso los ojos en blanco y suspiró. A esas alturas todo el mundo estaba ya al tanto del maldito concurso.

—No. Fue Angela.

David estalló en carcajadas.

—¡No me digas! ¿Lo hizo ella? ¿Aun sabiendo que odias al tío?

—¡Pues sí! Y usó su enfermedad para chantajearme...

—¡Vaya lío! ¿Vas a ir?

—¿Tengo elección? Ya sabes que hago cualquier cosa por Ang.

—Pero entonces tendrías que irte un año entero... No sé si podré guardarte el puesto.

Lissa se mordió el labio con aprensión.

—Lo sé. —Suspiró desesperada—. No sé qué hacer... Ang está tan ilusionada y no quiero decepcionarla, pero tampoco quiero perder el trabajo.

—Eh. —David le dio un codazo en el hombro—. Solo estoy de broma. Si quieres ir de gira, ve. Tu trabajo te estará esperando cuando vuelvas.

—Sois tan buenos conmigo... No sé por qué Angela y tú me tratáis tan bien.

—Eres una chica increíble, Lissa. Lo que pasa es que no te das cuenta.

La conversación se estaba volviendo demasiado emocional para el gusto de la chica. Tremendamente incómoda con el tema, Melissa hizo lo único que podía hacer en esa situación: levantó la cabeza, se puso la máscara de indiferencia y se adentró entre la gente.

—Se acabó la charla. Dame algo para servirles a esos niñatos pijos.

David asintió y volvió a preparar la bebida.

No tenía sentido insistir. Por mucho que lo intentara, nunca conseguía romper la barrera que Lissa había levantado en su corazón.

Lo más triste para el joven era que la chica le gustaba de verdad y quería que se diera cuenta de lo especial que era, pero ella siempre encontraba la manera de menospreciarse y huir de cualquier cosa que tuviera que ver con sentimientos.

David no sabía exactamente cuándo había empezado a gustarle; simplemente adoraba su carácter raro y huraño.

Esperaba que algún día pudiera decírselo sin miedo a recibir un puñetazo en la cara.

—Aquí tienes —le pasó las bebidas en una bandeja—. Mesa cinco.

—Vale.

—Ah —se dio una palmada en la frente—. Casi se me olvida.

Se agachó, cogió algo del mostrador y se lo dio.

—¿Qué coño? —Lissa hizo una mueca al ver una diadema con cuernos de alce.

—Es el accesorio del mes —David se encogió de hombros—. ¿Cuánto falta para Navidad?

—¿Cerca? Todavía queda más de un mes.

—Hay que ir entrando en ambiente. Las demás chicas lo llevan puesto. ¿No te has fijado?

—No.

—Venga, póntelo... te va a quedar mono.

—Ni de coña me pongo esa mierda.

—Soy tu jefe y te digo que te lo pongas.

David cruzó los brazos en un intento de mostrar autoridad.

—Pues para tu información, me la suda.

—Lissa, ¡por favor! Va a quedar raro si eres la única camarera sin los cuernos.

—¡David, esto es ridículo!

—Para ti, todo lo que no sea negro y siniestro es ridículo, pero aquí también hay gente normal, ¿sabes?

—Vale —resopló y se puso la diadema—. ¿Contento?

—¡Genial! Estás preciosa.

Lissa sonrió con sarcasmo y le hizo una peineta, cogió la bandeja y se puso a trabajar. Aunque le gustaba el pub y David era muy buen jefe, Melissa no estaba contenta con el trabajo... salvo porque era una excusa perfecta para no estar en casa.

Mientras se abría paso entre la masa sudorosa que bailaba música electrónica, Lissa observó la escena que tenía delante.

Esa gente no tenía ni idea de lo que era sufrir.

Solo vivían para malgastar la vida de la forma más fútil y vacía posible.

De pronto se preguntó cómo habría sido ir a la universidad.

¿Estaría ella también celebrando con sus amigos en algún pub moderno, sin más preocupación que pasárselo bien?

Enseguida apartó ese pensamiento y se repitió por milésima vez que ser camarera era lo máximo a lo que podía aspirar en la vida, y que tenía que aceptarlo.

Había una pequeña parte de ella que insistía en soñar con un futuro mejor...

un futuro que nunca tendría. La universidad había quedado descartada hacía tiempo, y sus únicos amigos eran Angela y David.

—¡Eh, alce! —gritó una chica.

Lissa la miró extrañada y entonces recordó los malditos cuernos. Haciendo un esfuerzo sobrehumano para no mandar a la chica a la mierda, le dedicó su mejor sonrisa forzada.

—¿Sí?

—¿Estas son nuestras bebidas?

—Sí, mesa cinco.

—Por fin —resopló la chica.

—Perdona el retraso, el local está a tope.

—Ah... —gruñó la chica—. Si no lo dices, ni me entero...

Lissa puso los ojos en blanco, ignoró el comentario y empezó a servir al grupo de amigas.

—Sigo sin estar conforme con el resultado del concurso —dijo una de las chicas.

—Yo tampoco. ¡Tenía tantas ganas de ganar!

—¿Quién es esa Melissa?

—Una zorra con suerte... Ay, lo que daría por conocer a Gabriel.

Lissa resopló y negó con la cabeza. ¿Así que ese era el tipo de fans que tenía Voss? No le extrañaba que fuera semejante idiota.

—Puaj —dijo la rubia frunciendo el ceño—. ¡Tiene demasiado vodka! ¡Dije que lo quería casi sin alcohol! ¿Te lo tengo que dibujar? ¿Eres tonta o qué?

Mandando a paseo la poca paciencia que le quedaba, Lissa dejó caer la bandeja sobre la mesa y fulminó a la chica con la mirada.

—¿No te gusta? ¡Pues vete a otro sitio, Barbie!

—¿Qué? ¿Quién te crees que eres? ¡Quiero hablar con tu encargado ahora mismo!

—Está demasiado ocupado para perder el tiempo contigo.

—Tú... Tú...

—Melissa Bittencourt, la chica que ganó el concurso y va a pasar un año entero con Gabriel Voss mientras tú te chupas el dedo.

Al instante, todas la miraron boquiabiertas. Al menos ese maldito concurso servía para provocar a una idiota.

—¡Eso es mentira!

Melissa sonrió con amargura y señaló el nombre en su uniforme.

—Me creerás cuando me veas en la tele.

La camarera les dio la espalda y volvió a perderse entre la multitud.

Nada la relajaba más que provocar a gente estúpida.

Esa noche estaba trabajando más animada.

La aparente mejoría de Angela había bastado para levantarle el ánimo, y ni siquiera el estúpido concurso iba a arruinar ese raro momento de felicidad.

Angela era mucho más que una amiga para Lissa.

Eran hermanas de alma y corazón. Sin Angela Moore, el mundo se volvería tan oscuro y terrible para Melissa Bittencourt que cualquier pequeña mejoría de su amiga la llenaba de alegría.

Cada vez que el médico decía que iba bien, se encendía una chispa de esperanza en el corazón de la joven camarera.

En el descanso, Lissa decidió fumarse un cigarro. Por mucho que estuviera contenta por Angela, seguía sintiendo esa opresión en el pecho que nunca la abandonaba, y solo la nicotina conseguía aliviarla un poco... al menos lo suficiente para aguantar hasta la hora de cierre.

El pub de David no tenía zona de fumadores, así que Lissa tuvo que conformarse con fumar en el baño, algo que ya se había convertido en rutina. Cogió el paquete de tabaco, el mechero, un vaso de vodka y se dirigió al pequeño y estrecho baño del personal.