Ana Bale Capítulo 6 Hochnebel
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Capítulo 6 Hochnebel

La calefacción estaba al máximo. Afuera, la temperatura había caído por debajo de cero, pero no nevaba.

John tenía el portátil abierto sobre la cama, los documentos fotografiados ampliados en pantalla y tres hojas de papel cuadriculado cubiertas de anotaciones sobre la mesilla. El café que había pedido a las once ya estaba frio.

Tal como esperaba, los documentos fotografiados guardaban correlación con la información que su cliente le había proporcionado previamente.

En lo que podía verse, el primer documento era el resumen del proyecto Apathos.

Denso y técnico, redactado con la precisión aséptica de alguien que quiere que la información esté disponible, pero no resulte fácil de interpretar.

Llevaba años interpretando ese tipo de lenguaje.

Las empresas que ocultaban algo no eliminaban los documentos; los hacían incomprensibles.

Continuó leyendo, analizando cada detalle, especialmente aquellos que resultaban más opacos.

La fase tres de Apathos no era solo un asunto comercial.

Era la validación a escala de algo que llevaba años desarrollándose en silencio.

Los sujetos evaluados no eran pacientes con diagnósticos psiquiátricos.

Eran voluntarios sanos, seleccionados según criterios que el documento denominaba, con una elegancia que lo incomodó, «perfil de vulnerabilidad afectiva elevada».

Personas que amaban demasiado. O que habían sido dañadas por hacerlo.

El protocolo describía el tratamiento en tres etapas: evaluación neurológica de base, intervención farmacológica y seguimiento conductual durante noventa días. Los resultados mostraban una reducción del cuarenta y siete por ciento en conductas de apego disfuncional.

Era la cifra que se había presentado ante la junta.

Sin embargo, había otro dato que no figuraba ahí.

Al final de la página, enterrado en una tabla de efectos secundarios, aparecía un resultado distinto: un treinta y dos por ciento de los sujetos reportó, en el seguimiento a seis meses, una dificultad persistente para establecer nuevos vínculos afectivos.

No reducción del apego disfuncional. Incapacidad para vincularse.

—Interesante…

Luego, escrito a mano, aparecía un nombre.

Hochnebel.

¿Qué era? No estaba seguro. Bien podría ser un nuevo proyecto, otra fase del actual o algo completamente diferente. Pero sabía que ese tipo de cosas no aparecían al azar en esa clase de documentos.

No le sonaba.

Envió un mensaje a su contacto en Londres.

—Hochnebel…

El segundo documento era más interesante.

Se trataba de las entidades relacionadas con el proyecto. La primera era Neuroaxis. La segunda, un fondo inversor llamado VHK Capital, del que su cliente era uno de los ejecutivos. La tercera fue, sin duda, la que captó su atención.

Fundación Vetter-Hass. La organización había sido vinculada en varias ocasiones con proyectos controvertidos, aunque nunca se había probado nada. John sabía que detrás de aquella entidad había algo más, y esta vez tendría que investigarlo.

Se detuvo ahí.

¿Apathos era solo un proyecto farmacéutico? ¿O había algo más grande detrás?

Se recostó contra el cabezal de la cama y miró el techo.

Había algo que encajaba demasiado bien. Y las cosas que encajaban demasiado bien casi nunca eran casualidad.

7:48 a.m.

El mensaje llegó a las seis y cuarto de la mañana, mientras dormía con el portátil todavía encendido sobre la cama.

Número desconocido. Texto breve.

«Café Odeon. 8:15. Mesa del fondo. Solo».

No había firma. No había contexto. Solo esa línea y la certeza, que John procesó antes incluso de estar completamente despierto, de que quien enviaba ese mensaje sabía exactamente dónde se encontraba.

Llegó al Odeon con cinco minutos de margen. Era un café de los de toda la vida: molduras en el techo, madera oscura, el tipo de lugar donde Zúrich mostraba una versión de sí misma más antigua y menos calculada. A esa hora, estaba medio vacío.

En la mesa del fondo había un hombre de unos sesenta años. Traje gris, corbata con el nudo a medio hacer, el periódico doblado frente a él. Tenía esa clase de rostro que nadie recuerda: rasgos corrientes, expresión anodina, el tipo de anonimato que, en ciertos oficios, se cultiva durante décadas.

Se sentó frente a él sin saludar.

El hombre tampoco saludó.

—Ha estado mirando en los lugares correctos —dijo, en un alemán preciso con acento que John no logró ubicar de inmediato.

—¿Quién es usted?

—Alguien que lleva más tiempo mirando en esos lugares que usted. —Hizo una pausa—. Me llamo Reiter. Eso es suficiente por ahora.

Llegó el café sin que ninguno lo hubiera pedido. El camarero no miró a John. Lo cual significaba que Reiter era cliente habitual o que había llamado antes de que él llegara.

—Hochnebel —dijo John.

El hombre no reaccionó. Pero tampoco fingió no reconocer el nombre, que habría sido la reacción de alguien que no sabe nada.

—¿Cuánto sabe? —preguntó Reiter.

—Lo suficiente para estar aquí.

—Eso no es suficiente.

—Entonces ayúdeme.

Reiter miró la taza unos segundos.

—Hochnebel es más que un proyecto de investigación; es un programa en sí mismo.

Habló despacio, como alguien que había ensayado exactamente cuánto decir.

—Se activa de distintas formas y bajo distintos nombres. Lo ha hecho durante más de quince años. Neuroaxis es la iteración más reciente. La más ambiciosa.

—¿Quién lo financia? —preguntó John, aunque ya sospechaba la respuesta.

—Distintas fuentes, en distintos momentos. La estructura cambia cada vez que alguien empieza a mirar demasiado.

—¿Por qué me dice todo esto?

Reiter levantó la taza. Bebió despacio.

—Esa es la pregunta equivocada, señor Keller.

—¿Cuál es la correcta?

—Por qué alguien con acceso a toda la información del proyecto, con el poder de hablar o de guardar silencio, eligió dejar un rastro.

John procesó eso en silencio.

—Quiere que lo encuentren.

Reiter no confirmó ni negó. Dejó la taza sobre el plato con un sonido mínimo.

—Solo puedo decirle que hay alguien que hizo posible todo esto. El origen. El prototipo. La persona sobre la que se construyó todo el modelo teórico de Apathos.

Silencio.

—¿Una persona?

—Un sujeto de estudio. Joven. Voluntario, según los registros. Aunque hay quienes cuestionan esa palabra en ese contexto.

John sintió que una de las piezas encajaba.

E. Bale.

Investigadora.

Veinticinco años, casi una década atrás.

Investigadora y sujeto al mismo tiempo.

—¿Tiene un nombre? —preguntó John.

Reiter se puso de pie. Dejó un billete sobre la mesa sin contar el cambio.

—Usted ya lo tiene, señor Keller. Solo que aún no ha decidido si quiere usarlo.

Caminó hacia la salida sin mirar atrás.

John permaneció en la mesa. Miró el café que no había tocado. La mañana afuera del Odeon era gris y húmeda, como todas las mañanas en Zúrich.

Pensó en lo que Reiter había dicho.

Alguien que deja rastro quiere que lo encuentren.

Recordó la forma en que Ana le había dicho: «yo era el sujeto». Sin que su voz cambiara. Sin que su mirada se apartara. Con esa calma que costaba demasiado.

No era una confesión. Era una invitación.

Ana Bale sabía exactamente lo que él encontraría si buscaba. Y había decidido, en ese restaurante, en esa mesa elegida por ella, con esa revelación quirúrgica y medida, acelerar el proceso.

La pregunta seguía siendo la misma.

¿Por qué?

Sacó el móvil. Tenía dos mensajes de su cliente, pidiendo un informe de avance. Los leyó sin responder.

Luego abrió una nueva nota y escribió.

Hochnebel.

E. Bale.

Las miró un momento.

Después añadió.

¿Hay conexión?

Guardó el teléfono.

Dejó el café sin tocar y salió a la calle. Tenía trabajo que hacer.