Amor por casualidad (Millonarios y herederas) El recuerdo
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El recuerdo

Sus ojos se cerraron lentamente, envolviéndose en un sueño intenso, sintió el vestido pesado que tenia puesto, sobre su cuerpo, era como una armadura de seda que no terminaba de protegerla, frente al espejo del hotel, Erika contemplaba su reflejo estaba ansiosa por la boda de su amiga, tenía el maquillaje perfecto, el cabello recogido con una elegancia impecable y las arras listas sobre la mesa, podia percibir incluso el aroma de las flores en la habitación, olor que se desvaneció de pronto, reemplazado en su mente por el aroma ferroso, penetrante y maldito de la sangre.

Y entonces, la puerta abriéndose de golpe, y volvió a ver a su hermano Santi.

—¡Suéltala, maldito perro! Ahí estaba de nuevo Santi. Su hermano menor, el solo tenía quince años, en ese momento, y Erika sintió un dolor punzante en el estómago recordando su expresión de valentía, en el rostro de su hermano, desató que un lágrima rodara por su mejilla con gran dolor.

En aquel momento, él era solo un niño que apenas empezaba a vivir, un chico que no sabía nada de armas, ni de la crueldad del mundo en el que crecían, recordó cuando Santi se lanzó contra Dan para intentar protegerla con sus propias manos.

El sonido de los golpes que le propinó el hombre de confianza de su padre, cuando estaba rompiendole los huesos a su hermano y, finalmente, el estruendo ensordecedor del disparo que maldijo su existencia para siempre.

Erika cerró los ojos con fuerza ahogando un sollozo. Aún podía ver, con una claridad espantosa, el cuerpo de Santi cayendo al suelo, con los ojos abiertos y la vida escapándosele en el piso de su propia recámara.

Dan lo había asesinado frente a ella sin pestañear, y eso le habia dado tiempo a ella para salir corriendo, rompiendo la regla más sagrada de la familia.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla arruinando el maquillaje, cargada de una culpa antigua y aplastante. Ella seguía viva porque Santi había muerto en su lugar. Por eso su madre la había mandado a Suiza, huyendo como una paria, despojada de su hogar y de su infancia.

Un golpe en la puerta del baño del avión que estaba junto a ella, la hizo despertar, trayéndola de vuelta al presente.

Erika respiró hondo, tragándose el nudo de dolor que le cerraba la garganta. Se limpió la lágrima con la yema del dedo, enderezó la espalda y recuperó la postura firme que la caracterizaba.

Por Kim, por la única amiga que la había hecho sentir humana otra vez, dejaría encerrados a sus monstruos unas horas más y para disimular como acostumbraba dijo:

—"¿Están listas para la fiesta chicas?" —preguntó Erika mientras caminaba por el aeropuerto de Seattle con la frente en alto, donde su piel morena resaltaba bajo las luces frías del norte; pero ahora ya no era la niña asustada de Suiza, era una mujer que sabía navegar tormentas, y que estaría junto a su amiga cuando ella lo necesitara, aunque tuviera que viajar muchas horas en avión para conseguirlo, y arriesgar su vida al mismo tiempo.

—"Los tragos que elegimos en ese club estarán listos, además hay espectáculo de strippers masculino, el lugar es ultra privado y la limusina llega en diez a recogernos al hotel" —respondió Jess—. "¿Segura que Kim no sospecha nada?"

—"Kim cree que viene a una cena aburrida " —apuntó Erika con una sonrisa maliciosa—. "Lo que va a recibir es a su madrina de bodas reclamando su lugar".