40. Elena
Elena
Un grito se me escapa de lo más hondo de mi ser y me incorporo de golpe en la cama. La oscuridad me provoca un escalofrío y me entran náuseas. Inhalo profundamente para calmarme y que se me asiente el estómago.
«No es real. Solo es una pesadilla. Estoy en Italia, no en México. Ya no soy una niña, sino una persona adulta».
—Joder, lo siento. Se me olvidó dejar una luz encendida —murmura Jax con una voz somnolienta que apenas oigo entre mis jadeos. Alarga el brazo para encontrar el interruptor de la lámpara quitamiedos.
Una tenue luz ilumina su cara adormilada. Intento levantarme de la cama, pero Jax me tira del brazo y hace que mi cabeza aterrice en su pecho.
—No te vayas. Ya no hace falta que huyas de las pesadillas —susurra contra mi pelo.
Se me escapan unas pocas lágrimas que me recorren la cara y caen en su torso desnudo.
—¿Quieres hablar de ello? —pregunta, pasándome una mano por el pelo de esa forma que tanto me gusta.
Niego con la cabeza.
—Es bochornoso que no pueda dormir en la oscuridad. ¿Qué clase de vida es esta?
—Una vida en la que sigues sanando tus heridas. Estas cosas llevan su tiempo.
Necesito más que tiempo. Necesito ir a terapia o algo, porque no puedo seguir así.
—Estarás bien —trata de consolarme él con una voz suave.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también estoy aprendiendo a sanar mis heridas. No es tan fácil como lo pintan en las películas.
Suelto una risa ronca.
—En el fondo eres un friki.
—¿Por qué te crees que nos llevamos tan bien Liam y yo? Él tiene sus libros y yo mis películas. —Me envuelve con los brazos, estrechándome contra su pecho. Su aroma especiado me calma.
A nuestro alrededor solo hay silencio. Con él abrazándome, la oscuridad no intimida tanto. La cárcel mental que he creado durante todos estos años va desapareciendo con sus caricias en mi pelo.
Respiro hondo para serenarme antes de acobardarme.
—¿Jax?
—¿Mm? —Su pecho retumba debajo del mío.
—Creo que me estoy enamorando de ti. —Las palabras salen de mi boca en apenas un susurro.
Él se queda callado un minuto entero. Me entran las dudas, pero entonces me abraza con más fuerza todavía.
—¿Elena?
—¿Mm?
—Yo ya sé que estoy enamorado de ti.