Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Prólogo
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Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2)

Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2)

Por Sierra Lewis

© inepub.com

Prólogo

S i Madison James tuviera que planificar un lunes por la noche perfecto, estaría en su sofá con un tequila sunrise en la mano, mirando una película romántica.

Pediría Pad Thai en el local de la esquina, apagaría el móvil y se acurrucaría con su almohada favorita en pijama mientras alguien encontraba a su alma gemela en la pantalla.

Sin embargo, este no era un lunes perfecto por la noche.

Esta noche, mientras Shakira le gritaba al oído que sus caderas no mentían, Maddie se abría paso entre la multitud que bailaba hacia la barra, deseando que sus propias caderas fueran un poco más estrechas.

Así no chocaría con tantos cuerpos desconocidos.

Olía a protector solar, a bebidas afrutadas y a sudor —el olor inconfundible de todos los bares del muelle de Santa Mónica— y Maddie deseó conservar todavía el resfriado de la semana pasada.

Al menos así su sentido del olfato no sería tan agudo.

Además, habría tenido una excusa para no venir.

No tenía nada en contra de este bar en particular.

De hecho, le gustaba el Sunny Umbrella. Estaba a menos de quince metros de su agencia de citas, así que, si salía a tomar algo, era allí.

Era solo que, estaba condenadamente cansada y solo quería una cita obligatoria con su sofá y luego con su cama, no con su hermana.

Además, nunca salía entre semana. Porque…

—¿Qué haces aquí? Siempre dices que ir a un bar durante la semana es el grito desesperado de auxilio de un soltero. Además, solo los ricos y los estudiantes pueden permitirse ese lujo, ya que cualquier otra persona sensata tiene que acostarse temprano.

Sí, justo por esas razones.

—Hola, Tara —respondió con una sonrisa, saludando con la cabeza a la camarera que se hacía un hueco tras la barra—. ¿Me pones un tequila sunrise y un par de tímpanos nuevos, por favor? Tienen la música demasiado alta.

Tara se rio y se agachó tras la barra, de modo que durante unos segundos solo fue visible su cabello afro. Reapareció con una copa de cóctel en la mano.

—Ay, Maddie. Tienes veintiocho años, pero suenas como mi abuela.

—¿Por qué? ¿A ella también le gusta beber tequila sunrise? —replicó con inocencia.

Tara resopló.

—No, pero le gusta aporrear el techo con su bastón cuando los chicos del piso de arriba suben demasiado el volumen.

Bueno, eso no le sucedería a ella: vivía en el último piso.

—Tu abuela parece una gran persona. Me gustaría conocerla —respondió contenta.

—Seguro que sí. Entonces, ¿estás aquí solo para quejarte de nuestra música? ¿O por una vez buscas a un Príncipe Azul para ti, en lugar de para todos los demás?

Dios, no. Se le daba mucho mejor hacer de celestina para otros.

—Hoy no vine por amor. Pero oye, si quieres apuntarte con nosotros…

—No, gracias. —Tara hizo una mueca mientras clavaba una sombrillita en el tequila sunrise de Maddie—. Si alguna vez busco algo más que una sola noche sin compromiso, te lo haré saber de inmediato. Pero entonces, si no buscas clientes nuevos, ¿qué haces aquí?

—He quedado con Lucy. ¿La has visto? —Se puso de puntillas y oteó sobre la multitud que bailaba hacia las pocas mesas que había junto a la pared.

—Ah, sí. —Tara sonrió de oreja a oreja y movió las cejas—. Está aquí con una especie de semidiós de gimnasio.

Maddie suspiró para sus adentros. Por supuesto que sí. Si la vida de Lucy fuera un libro, sería uno de mitología griega. La cantidad de semidioses que iban y venían por su vida —así como por su cama— era impresionante.

—Están afuera, en la terraza; allí tus oídos deberían tener un respiro.

Quizá uno pequeño.

—Di'acuerdo, gracias. Ah, otra cosa, hay un banco precioso frente a la puerta, tapizado en terciopelo verde…

—Lo tiramos. Está en la acera para que lo recojan.

El corazón de Maddie dio un vuelco. ¡Después de todo, esta noche iba a ser buena! Le encantaban los muebles viejos con historia que podía restaurar.

—¡No, se viene conmigo!

Tara se rio y empujó el cóctel por la barra hacia ella.

—Estás rodeada de tipos y tipas impresionantes y suspiras por un trozo de madera muerta.

—¡Un trozo de madera muerta cubierto de terciopelo verde!

—Ya, ya, claro, eso lo cambia todo. En fin, siéntete libre de llevártelo, pero pesa un montón.

—¡Ya me las apañaré! —Lucy podría ayudarla a cargarlo a cambio de que Maddie hubiera venido a su encuentro, ignorando la llamada de su cama.

Por otra parte, su hermana pequeña había empezado un nuevo trabajo hoy y su primer día no había ido sobre ruedas.

Al menos, sonó enfadada por teléfono. La única razón por la que Maddie estaba aquí ahora era porque era incapaz de decir que no a su familia, por pequeña que fuera la petición.

Pagó el cóctel y estaba a punto de abrirse paso entre la multitud que bailaba en la pista cuando un gigante de cabello oscuro le bloqueó el paso.

—Hola, preciosa —dijo, levantando la comisura de la boca—, ¿estás…?

—…nada interesada? —terminó por él, sonriendo—. Sí. ¿Cómo lo sabías?

El tipo la miró parpadeando con la boca abierta.

Ella no iba a quedarse esperando a que le entrara una mosca.

Lo dejó allí plantado y se abrió paso hacia el exterior.

No iba a conocer al hombre de sus sueños en un bar.

Primero, era poco romántico y, segundo, los hombres de aquí no estaban interesados en nada serio.

Y eso era lo único que un hombre obtendría de ella: para siempre jamás.

Nada más. Hasta ahora, no lo había comunicado con la suficiente claridad —al menos, si había que creer a su único exnovio— y no volvería a cometer ese error.

Su hermana, en cambio, opinaba de otra manera.

Maddie salió al patio rodeado de palmeras y encontró a Lucy en cuestión de segundos. No fue por su melena pelirroja, sino por el hombre sentado a la mesa con ella.

Vaya. Lo de semidiós era una descripción acertada.

¿O Adonis era un dios completo? Daba igual.

El hombre al lado de su hermana tenía una mandíbula angulosa de Miguel Ángel, unos hombros anchos de Ken y cabello rubio de surfista con una sonrisa diabólica de cien vatios que seguramente podría derretir bragas. En sentido figurado, claro.

Parecía uno de esos tipos de las playas de Santa Mónica a los que la gente se les quedaba mirando todo el día en Muscle Beach , de esos que lucían con orgullo sus abdominales marcados. Categoría general: tipo bueno.

Genial. Así que cuando Lucy dijo que iba con un «amigo» , se refería a uno de «esos» amigos.

¿No podía haberle avisado? Maddie tenía pocas ganas de andar con las conquistas de su hermana.

Sería el sujetavelas mientras ellos dos se entregaban a los preliminares verbales, rozándose los muslos como por accidente.

Maddie suspiró. Bueno, ya estaba allí. Su reloj indicaba que eran poco más de las nueve; podría quedarse hasta las diez y media sin resultar grosera.

Al menos había algunos grupos de mujeres sentadas cerca.

Si Lucy y el galanote se ponían cariñosos, podría dedicar el tiempo a reclutar solteras para Match Me!

Su agencia acababa de empezar y le venía bien cualquier cliente que pudiera conseguir.

—¡Ah, Maddie! —exclamó Lucy, radiante y dando un salto cuando su hermana llegó a la mesa—. ¡No esperaba que vinieras de verdad!

Vaya, si Maddie hubiera sabido que ya tenía vía libre, quizá en serio no habría venido.

—Hola. Parecías disgustada por teléfono y no quería que estuvieras sola. —Abrazó a su hermana y observó al rubio extraño, que le resultaba vagamente familiar, mientras la miraba con sus ojos marrones con fijeza—. Pero, como es obvio, no es el caso.

—Sí, este es Matt. Me debía una copa, así que lo invité a él también —dijo Lucy con ligereza, señalándolo con la mano—. Matt, esta es Madison, mi hermana.

—Hola, Madison —respondió el semidiós con una sonrisa socarrona, con una voz profunda y calmada mientras se levantaba y le ofrecía la mano—. Encantado de conocerte.

A Maddie le dio un vuelco el estómago cuando él envolvió sus dedos largos y cálidos alrededor de los suyos. Su mirada cayó en sus antebrazos fibrosos. Oh, Dios, era un galán con modales; el tipo de hombre más peligroso.

Había que reconocérselo a Lucy: su gusto era impecable, siempre y cuando se tratara de pasar unas cuantas semanas de pasión con alguien, algo que no era el estilo de Maddie. Se aclaró la garganta y soltó su mano.

—Es Maddie. Todo el mundo me llama Maddie. Encantada de conocerte yo también.

—¿Y tú qué? ¿Tus amigos te llaman Matty? —preguntó Lucy con una sonrisa, acercando una silla para Maddie—. Así hoy saldría con Maddie y Matty.

Matt frunció el entrecejo y se frotó la barbilla mal afeitada.

—Mierda, no. Nadie más que mis hermanas me llaman así.

—¿Entonces no harás una excepción conmigo? —preguntó Lucy, acentuando su falsa agitación al ponerse una mano en el pecho.

—Nop.

Maddie forzó una sonrisa. El tonteo verbal ya había comenzado.

—¿Dónde se conocieron?

—En el trabajo —respondió Lucy.

La chica abrió mucho los ojos.

—Ah. —Su hermana solía tener reglas estrictas sobre separar el trabajo del placer—. Entonces, ustedes dos están…

—¡Puaj, no! —dijo su hermana, horrorizada—. Él está en el equipo, Maddie. Ya sabes lo que pienso de eso.

Confundida, Maddie parpadeó mientras estudiaba al rubio, y entonces se dio cuenta de por qué le resultaba familiar.

Por supuesto: era Matthew Payne, extremo de los L.A.

Hawks, el equipo profesional de hockey. Casi no lo había reconocido sin el casco.

—Ah, entonces solo están aquí como amigos —dijo con alivio, relajándose de inmediato.

Eso haría que la noche fuera más agradable.

—¡Claro! —Todavía escandalizada, Lucy la miró—. Jamás me involucraría con este niñato del hielo.

—Gracias, ponle un poco más de asco a la voz —respondió Matt con sarcasmo y le dio un sorbo a su cerveza.

Maddie se rio de su expresión huraña.

—No te lo tomes como algo personal, Matt. Lucy tiene esta regla de no involucrarse con jugadores de hockey.