Ámbar Azul: Las Semillas del Universo El año del reajuste #3
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El año del reajuste #3

Es el primer año de una era que no pedimos, pero que estamos obligados a construir.

—¿Crees que volverá? —pregunté.

—No como la última vez. Le cerramos la puerta, pero no la sellamos. Algún día volverán a llamar.

—Entonces esperamos —dije.

—No, Cian. Construimos. Curamos. Vivimos. Un día

a la vez.

11 de noviembre de 2178 — Anochecer

No planeamos ir a Xochimilco. Fue la semilla en mi pecho la que nos llevó, como una brújula que de pronto deja de apuntar al norte y señala hacia adentro.

Maya lo sintió al mismo tiempo; estábamos en la azotea cuando ella se detuvo a la mitad de una nota y giró la cabeza hacia el sur con una expresión que no era sorpresa sino reconocimiento.

—Hay algo en el agua —dijo simplemente.

Bajamos sin hablar. Las calles del Sector Sur estaban casi vacías a esa hora; solo algunos vecinos con linternas de diésel y el crujir lejano de los generadores improvisados.

Caminamos durante casi una hora por avenidas que la oscuridad había devuelto a una escala más humana, más antigua.

El aire cambiaba conforme nos acercábamos a la Reserva de Bio-Canales del Sur; perdía el olor metálico de la ciudad herida y adquiría una densidad húmeda, casi vegetal, como si el agua recordara lo que era antes de que la ciudad la enterrara bajo el concreto.

Fue Maya quien lo vio primero. Se detuvo en el borde del camino elevado y extendió el brazo sin decir nada.

Allá abajo, en la zona montañosa donde los canales se ensanchan y el reflejo del cielo convierte el agua en un espejo oscuro, había luz.

No era el resplandor anaranjado de una fogata ni el pulso frío de algún generador olvidado.

Era una luz prismática, suave y múltiple, que se descomponía en el agua como si el canal fuera un prisma viviente. Corrimos.

Al llegar a la orilla, el aire vibraba con una frecuencia que reconocí de inmediato: era la misma nota que la semilla en mi pecho lleva emitiendo desde el primer día, pero amplificada, devuelta desde el exterior como un eco que finalmente encuentra su fuente.

Sobre el agua, suspendidas a escasos centímetros de la superficie sin tocarla, flotaban las esferas: Semillas Estelares.

—Guardianes de la Tierra —resonó una voz en nuestras mentes, una frecuencia que parecía venir del fondo del agua y de lo más alto del firmamento al mismo tiempo—.

Habéis sostenido el peso de un cielo que no os pertenecía y no habéis soltado vuestras manos en medio de la tempestad.

Lo que ocurrió aquel noviembre no fue el fin, sino la gran prueba de sintonía.

Habéis demostrado que la compasión es más fuerte que la gravedad.

Maya dio un paso hacia la orilla, sus dedos de luz rozando una de las esferas que palpitaban sobre el agua.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó ella con la voz quebrada—. ¿Por qué nosotros? Solo soy una bailarina y él... él solo quería captar la luz de este mundo gris.

—Sois los faros de este renacimiento —respondió la voz con una calidez que detuvo el tiempo a nuestro alrededor—.

No os elegimos por vuestros nombres ni por vuestro linaje, sino por la frecuencia de vuestra alma.

La Tierra necesitaba raíces que supieran danzar con el cambio y ojos que supieran mirar el abismo sin parpadear.

Sois el puente sagrado entre lo que este mundo fue y lo que ahora debe ser.

Una luz cálida se desprendió de las esferas y se posó en nuestros pechos, fundiéndose con nuestra esencia.

—¿Estos poderes? —pregunté, sintiendo el calor azul en mi pecho como un sol naciente—. ¿Ustedes nos los otorgaron para salvarnos de la oscuridad?

—No «dimos», Cian Svor. Solo activamos lo que el miedo y la densidad mantenían dormido.

La semilla estelar siempre estuvo en vosotros, esperando el invierno más largo del mundo para germinar.

Ahora vuestra verdadera historia comienza.

No sois simples sobrevivientes; sois los arquitectos de la nueva frecuencia.

El pacto estaba sellado. Nuestra verdadera historia recomenzaba con un propósito que trascendía la carne.

Nos quedamos allí, en silencio, mientras las esferas se elevaban y se perdían en el firmamento nocturno, dejando tras de sí un rastro de escarcha luminosa sobre los canales.

El frío de la noche ya no nos quemaba; por el contrario, la energía en nuestros pechos parecía regular nuestra temperatura, vinculándonos a la tierra y a las estrellas por igual.

Miré a Maya y supe que el tiempo de las preguntas había terminado; ahora comenzaba el tiempo de la voluntad.

15 de noviembre de 2178

El invierno ha llegado con una seriedad que no admite negociación.

Kráku ha reprogramado las tuberías de polímero del sótano para que vibren a una velocidad que genera calor por fricción molecular. No hay fuego ni electricidad convencional. Solo un zumbido constante y un aire que, inexplicablemente, no congela.

Esta noche Don Rafael se durmió en su silla con una sonrisa. No sabe por qué tiene calor. Kráku tampoco se lo va a explicar. Hay una generosidad extraña en eso.

24 de diciembre de 2178

La semilla en mi pecho emite una pulsación cálida y azulada. Se intensifica cerca de Maya.

—Se siente como un segundo corazón —me dijo ella mientras compartíamos pan seco—. Un corazón que no descansa.