Ámbar Azul: Las Semillas del Universo La Iniciación #7
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La Iniciación #7

Sin energía, los edificios inteligentes han bloqueado sus puertas.

El silencio es lo que más pesa. Mis pensamientos suenan como gritos.

No hay el zumbido constante de los servidores, ni la música de fondo de las torres de anuncios.

Solo el crujir del edificio y nuestras respiraciones.

Maya dice que este silencio tiene una textura física, como si pudiéramos tocar el vacío que dejó la Red.

Anoche me quedé mirando mis manos en la oscuridad total.

No necesitaba luz; mis venas brillaban con ese azul pálido, casi gélido.

Maya se movía por el local sin tropezar, guiada por una resonancia que yo apenas empiezo a distinguir.

El mundo digital ha muerto, y en su lugar ha quedado este espacio primitivo y vasto donde nuestras semillas son los únicos faros.

A veces, el silencio se rompe con un grito lejano en la calle, y sé que allá afuera el caos apenas está calentando los motores.

15 de noviembre de 2177

Una semana. La ciudad es un organismo herido.

Generadores a diésel son el nuevo oro. El ejército patrulla, pero su control es una ilusión.

La ley se escribe en las colonias con barricadas.

La Narvarte se ha convertido en una fortaleza de vecinos asustados.

He visto a gente intercambiar joyas por un galón de combustible o un paquete de pilas.

La civilización se está pelando como una fruta podrida, revelando el hueso duro de la supervivencia.

Nuestros poderes se han estabilizado. Son herramientas de supervivencia.

Maya ahuyenta asaltantes con frecuencias agudas que les revuelven el estómago antes de que lleguen a la puerta; yo hago que los bidones de agua no pesen nada al subirlos por las escaleras de servicio.

El frío ha devuelto algo de hambre al cuerpo, o quizá solo la memoria del hambre.

No distinguimos bien la diferencia. Maya y yo robamos latas de atún de los almacenes abandonados, moviéndonos como sombras entre las patrullas, acumulando lo que después repartiríamos con quien encontráramos.

Nadie nos ve, porque el mundo ha olvidado cómo mirar lo que no emite una señal de radio.

Somos los fantasmas de un sistema que ya no tiene ojos.

1 de diciembre de 2177

Encontramos un grupo: Don Rafael (ingeniero), Laura (doctora) y otros vecinos.

Somos los «recolectores». No saben lo que somos; creen que tenemos suerte.

Don Rafael bromea diciendo que floto en el viento.

No sabe cuán cerca está de la verdad. Vivimos en el sótano del edificio de Don Rafael, el único lugar que conserva algo de calor gracias a una vieja caldera que él logró convertir para quemar desechos.

Laura nos mira con sospecha clínica. Ha visto cómo Maya sutura heridas con un simple tarareo, o cómo yo acomodo huesos fracturados con una presión gravitatoria que no deja moretones. "Tienen manos de ángel o de demonio", nos dijo ayer mientras examinaba a un vecino herido. No le contestamos.

Don Rafael, en cambio, no hace preguntas.

Nos acepta con la misma naturalidad con que acepta que una caldera vieja pueda arrancar si sabes dónde tocarla.

Hay una generosidad enorme en eso. En este diciembre gris, el misterio es lo único que nos mantiene a salvo de la desesperación colectiva.

Somos el milagro que nadie se atreve a cuestionar por miedo a que se desvanezca.

11 de diciembre de 2177

Antes de subir, guardé los restos de Kráku en una caja de metal. No puedo dejarlo atrás. Todavía es parte de mí.

En la azotea, mirando las estrellas. El aire está tan limpio que casi duele.

—Lo logramos, Maya. Detuvimos eso. El Ojo se fue.

—No le dijimos que no, Cian. Le dijimos «todavía no». Este mundo no estaba listo. El «reajuste» era necesario, pero la asimilación nos habría borrado. Quizá el «reajuste» era forzarnos a crecer por nuestra cuenta, sin las muletas de la Red.

Nos quedamos en silencio, sintiendo el frío de la noche.

Ella tiene razón. El cielo ya no es un techo, es un desafío.

Siento que la semilla en mi pecho ya no busca conectarse con el exterior, sino que está echando raíces en mi propia voluntad.

Estamos solos en un planeta que ha decidido reiniciarse, y nosotros somos el código fuente que sobrevivió al borrado.

24 de diciembre de 2177 — Nochebuena

Celebración pobre en casa de Don Rafael.

Velas y conservas. No hay villancicos, solo el silbido del viento contra las ventanas rotas.

Laura consiguió un poco de alcohol de farmacia y lo mezclamos con jugo de lata; el sabor es metálico, pero el calor en la garganta se agradece.

No tenemos hambre, pero comemos de todas formas.

Por Rafael. Por Laura. Porque sentarse a la mesa es el último gesto humano que todavía podemos ofrecerles.

Maya bailó de nuevo, una danza lenta de resistencia en medio del sótano.

No había música, pero las llamas de las velas danzaron con ella en espirales de luz, movidas por la frecuencia de su cuerpo.

Todos sintieron algo especial, una chispa de humanidad que se negaba a extinguirse entre los escombros del siglo XXII.

Yo sentí mi energía sintonizada con su resonancia, creando una burbuja de paz en medio de la oscuridad.

Por una noche, no fuimos sobrevivientes ni guardianes; fuimos simplemente gente compartiendo el fuego en la noche más larga del año.