Ámbar Azul: Las Semillas del Universo El Encuentro
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Ámbar Azul: Las Semillas del Universo

Ámbar Azul: Las Semillas del Universo

Por Ricardo Lobo

© inepub.com

El Encuentro

Diario de Cian Svor

15 de enero de 2177

La luz del sol se filtró por la cortina como un cuchillo directo a mis ojos. Llevaba años sin una mañana tan luminosa; normalmente eran grises y desoladoras. Ese filo de luz me hizo levantarme de la cama y asomarme a la ventana para ver qué sucedía.

Hoy el esmog tenía una cualidad distinta.

No era la neblina sucia y opaca de siempre, sino algo más ligero, como si el cielo hubiera decidido darnos una tregua a la Tierra para no asfixiarnos.

Quizá por eso me lancé a caminar sin rumbo, con mi cámara colgada al hombro, buscando un respiro reconfortante.

La Ciudad de México en enero es así: fría, húmeda y con una personalidad cambiante que a veces te abraza y a veces te escupe.

Mi dron, al que llamo Kráku (del nórdico antiguo, una forma arcaica para el cuervo, que mi madre me enseñó de niño junto con algunas leyendas; en noruego moderno dirían *ravn*, pero yo prefiero la palabra más oscura), zumbaba sobre mi cabeza,

sorteando los cables y los edificios inteligentes de Reforma.

Lo controlaba con gestos mediante la muñequera que llevo en la mano izquierda.

Sus imágenes se proyectaban en miniatura en mis lentes de sol como las imágenes de un ave observando todo.

Fue en el Nodo de Oxigenación 4 (antes el Parque Hundido), frente a la avenida Insurgentes, donde la vi.

No era la única persona allí, pero era la única que parecía existir en una dimensión distinta.

Una chica con aspecto de bailarina. No llevaba un vestuario elaborado, solo leggings negros, una sudadera holgada y unos audífonos gigantes, pero su movimiento… su movimiento no era humano.

No digo que fuera sobrenatural. Digo que era…

puro. Una extensión de la física y algo que la trascendía.

Se movía como si obedeciera a una gravedad distinta, con un aire a su alrededor más denso y, a la vez, más maleable.

Cada giro, cada extensión de un brazo o una pierna, parecía dibujar con una estela de luz suave algo en el espacio, una geometría efímera que se desvanecía al instante.

Me quedé paralizado. Levanté la cámara casi por instinto, desviando el dron para que orbitara a una distancia prudente, capturando planos generales.

No quería invadir su espacio, pero tenía que atraparlo.

A través del visor, el mundo alrededor de ella se desdibujó.

El ruido del tráfico, la gente pasando apurada, todo se convirtió en un murmullo lejano.

Solo existía ella y el silencio elocuente de su cuerpo.

Su piel morena clara contrastaba con el cabello recogido en un moño desordenado del que se escapaban mechones rebeldes.

Su rostro, concentrado y sereno, tenía una fuerza que era casi intimidante.

No bailaba para nadie, quizá ni siquiera para sí misma.

Bailaba a modo de única respuesta posible a…

algo. Algo que yo también sentía, pero que no podía nombrar.

Durante unos cinco minutos, filmé y fotografié.

Ella nunca me miró, completamente sumergida en su ritual.

Hasta que, de pronto, se detuvo. No fue un final, fue un cese.

Como si hubiese escuchado una nota que solo sus oídos podían captar.

Su pecho subía y bajaba con un ritmo calmado.

Y entonces, giró la cabeza y me miró directamente a los ojos.

No fue una mirada de sorpresa o de enojo.

Fue una mirada de reconocimiento. Profunda, inquisitiva, dando la impresión como si leyera una página de un libro que ya conocía.

Yo, el voyeur tras la cámara, me sentí completamente desnudo, expuesto.

Bajé la cámara, sintiendo el calor subiéndome por el cuello.

Ella no sonrió. Asintió levemente, como confirmando algo para sus adentros.

Luego, recogió su mochila de un banco cercano y comenzó a alejarse.

Algo en mí se quebró. La cortesía, la timidez, todo.

—¡Oye! —grité, y mi voz sonó ronca, extraña incluso para mis propios oídos. Ella se detuvo y volvió. Su expresión era calmada, expectante.

—Lo siento —dije, acercándome—. Es que… tu baile… fue increíble. Soy fotógrafo. Me llamo Cian. Cian Svor.

No sé por qué dije mi nombre completo. Nunca lo hago. Ella me observó un instante más. Sus ojos eran del color del ámbar, y en ellos parecía arder una luz muy antigua.

—Lo sé —dijo. Su voz era más grave de lo que imaginé, melodiosa pero firme—. Y yo soy Maya —hizo una pausa infinitesimal y añadió—: Maya Luna.

No dijo «mucho gusto». No preguntó «¿en qué trabajas?». Solo dijo su nombre y se quedó allí, quieta, desafiándome a decir algo más, a entender el peso de ese intercambio.

—El azul de tus ojos brilla hoy —me dijo muy seria, y no hablaba del color que me heredó mi madre.

Y lo sentí. Una corriente extraña, una resonancia. Como si al pronunciar nuestros nombres, dos piezas de un mecanismo desconocido hubieran encajado por primera vez con un sonido sordo y perfecto.

—Maya Luna —repetí, y el nombre me sabía a verdad.

Ella esbozó entonces una sonrisa pequeña, no en los labios, sino en los ojos.

—Ten cuidado con lo que buscas, Cian Svor. A veces se encuentra.

Antes de que pudiera responder, de que pudiera procesar sus palabras, dio media vuelta y se marchó en dirección a la estación del Metro Magnético Elevado, desapareciendo en las entrañas de la ciudad.

Me quedé allí, con el corazón latiendo a un ritmo que no me pertenecía, con la cámara en mis manos y el zumbido de Kráku regresando a mi lado. Me preguntaba qué demonios acababa de pasar. Y por qué, al escuchar su nombre, tuve la certeza absoluta e inexplicable de que ya lo conocía.

15 de enero de 2177 (Noche)

Subí al departamento en el Sector Central y solté la mochila en el suelo. No tengo hambre, pero el cuerpo me pesa como si hubiera corrido un maratón. Puse a cargar la batería de Kráku y sincronicé las imágenes con la pantalla de la pared.

Las tomas aéreas son raras. Hay un momento en que Maya gira y, justo ahí, los sensores de presión atmosférica del dron marcaron un descenso brusco, como si el aire se hubiese desvanecido por un segundo alrededor de ella. No tiene sentido.

—Maya Luna —repetí en voz baja, probando el sonido en el silencio de mi cuarto.

Me acerqué a la ventana. El Metro Magnético pasó zumbando por arriba, una línea de luz blanca cortando la noche. Me pregunté en cuál de esos vagones iría ella, o si viviría en una de esas torres llenas de jardines verticales. Algo se movió en mi pecho, una vibración pequeña que no se detiene.

16 de enero de 2177

Anoche no pude dormir. Las imágenes de Maya bailando se repetían en mi cabeza en un bucle interminable.

Pero no eran solo recuerdos. Eran sensaciones.

Cuando cerré los ojos, tuve la extraña y vívida impresión de flotar.

No como en un sueño, sino con una lucidez aterradora.

Sentía la frágil curvatura de la Tierra bajo mi espalda, la inmensidad vacía del espacio.

Y estrellas. Millones de puntos de luz que no solo veía, sino que sentía como un zumbido en la sangre, como una red de vibraciones que me conectaba a todo.

Desperté sobresaltado, sudando frío, con la misma sensación de ingravidez que a veces me invade desde niño, esa que siempre atribuí a un juego de la mente o a un mareo pasajero.

Pero esta vez fue distinto. Esta vez, la sensación vino acompañada de una imagen clara: la silueta de Maya conectada con la Vía Láctea, como si ella fuese el eje sobre el que giraba todo.

Es una locura. El insomnio y la obsesión me están jugando una mala pasada.

Hoy todo me parece extraño. Mientras revisaba las fotos y el video, noté algo.

En una secuencia, cuando Maya levanta los brazos al cielo, hay un destello en el lente.

No es un lens flare común. Es… una distorsión.

La luz no se difumina, se condensa formando patrones concéntricos alrededor de sus manos, como si sus dedos tensaran la textura misma de la realidad.

Lo revisé una y otra vez. El dron no tiene ninguna falla óptica registrada.

El software de depuración no encuentra errores.

¿Qué fue lo que capté? Y lo más inquietante: ¿qué fue lo que ella vio en mí para decirme lo que me dijo?

—Ten cuidado con lo que buscas —me advirtió.

No estoy buscando nada. O tal vez sí. Tal vez siempre lo he estado haciendo, sin saberlo.

16 de enero de 2177 — (Mediodía)

Antes de salir a caminar intenté dormir una hora. No lo logré. Cuando cerré los ojos vi algo que no sé cómo nombrar. No fue un sueño porque estaba completamente despierto, pero tampoco fue un pensamiento porque no lo construí yo.

Vislumbré una mujer joven. No era Maya, aunque tenía algo de ella en la forma de moverse.

Estaba en una plaza que reconocí y no reconocí al mismo tiempo, una plaza con piedras antiguas y edificios que no correspondían a la misma época.

Corría. No con miedo sino con una urgencia que era distinta al miedo, la urgencia de alguien que sabe exactamente lo que va a pasar y ha decidido que vale la pena de todas formas.

La imagen duró unos segundos. Luego se fue.

Me quedé mirando el techo de mi departamento durante un buen rato. Kráku zumbaba en su cargador. El Metro Magnético pasó afuera con su línea de luz blanca.

No sé quién era esa mujer. No sé qué plaza era esa.

Pero tengo la certeza extraña e injustificable de que ella también me habría dicho: «ten cuidado con lo que buscas».

16 de enero de 2177 (Tarde)

Fui a caminar por el Distrito Bio-Estructurado Poniente (antes la Colonia Condesa).

Los edificios están cubiertos de esa piel sintética que absorbe carbono y el aire huele a ozono y a tierra mojada.

Intenté concentrarme en el trabajo, en unos planos para una revista de urbanismo, pero me fue imposible.

Entré a un café automatizado y pedí un expreso.

Mientras esperaba, me quedé mirando una servilleta sobre la mesa.

Sin darme cuenta, empecé a desear que se moviera.

La miré fijamente, concentrando toda esa extraña presión que siento en la nuca.

La servilleta no se movió, pero el café en mi taza comenzó a vibrar, formando círculos perfectos hacia el centro.

—¿Problemas con el sensor de temperatura, joven? —me preguntó el androide de servicio, acercándose con sus servos chillando apenas.

—No, todo bien —respondí rápido, apartando la mirada.

Bebí el café de un trago. El hormigueo en mis manos es cada vez más fuerte. Siento que si salto, no voy a caer.

17 de enero de 2177

La encontré. O ella me encontró a mí. Llevaba dos días volviendo mentalmente al parque, revisando sus imágenes en bucle, y sin haberlo decidido del todo, mis pies me llevaron al mercado.

Estaba en el mercado del Sector de Bio-Herencia Roma (antes la Colonia Roma), fotografiando la explosión de color de los puestos de flores para un proyecto personal.

El contraste entre la vida efímera de las rosas y la perpetua decadencia del lugar me obsesiona.

Kráku sobrevolaba las naves del mercado, captando las enormes palmeras artificiales que regulan la temperatura.

Y allí estaba ella. Parada frente a un puesto de cempasúchil seco. Llevaba un vestido sencillo y tenía una de esas flores anaranjadas en la mano. No me vio llegar. Me acerqué, sintiendo de nuevo esa extraña corriente de energía.

—Maya —dije. Se volvió. No pareció sorprendida.

—Cian —pronunció mi nombre como si fuera una llave girando en una cerradura.

—¿Cempasúchil en enero? —pregunté, señalando la flor.

—El tiempo es más flexible de lo que creemos —respondió, enigmática. Me miró de arriba abajo y luego a mi dron—. ¿Siempre andas con tu pájaro de metal?

—Casi siempre. Me da perspectivas que yo no puedo tener.

Ella asintió, seria.

—Todos necesitamos eso. Una vista desde arriba para entender el suelo que pisamos.

Caminamos un rato entre los puestos. Hablamos de cosas triviales. Le conté que soy fotógrafo independiente, que mi madre es de Bergen y por eso mi nombre y mis ojos claros. Me dijo que es bailarina, que la danza no es lo que hace, sino lo que es.

Hubo un silencio incómodo. Me armé de valor.

—Ayer… ¿qué quisiste decir con eso de tener cuidado?

Maya se detuvo y me miró. La gente fluía a nuestro alrededor como un río bordeando dos rocas.

—Tú lo sentiste, ¿verdad? Después de verme. La ingravidez. La Red.

Me quedé helado. ¿Cómo podía saberlo?

—A mí me pasa con el sonido —dijo en voz baja—. Con las frecuencias que nadie más oye. Que mueven las cosas. Que mueven todo. Algo está pasando, Cian. Algo viene de ahí afuera y nos está cambiando. Nos está haciendo sintonizar con lo que siempre ha estado allí, pero que era invisible.

—¿Los dos? —pregunté, atónito.

—Por ahora, solo nosotros. Pero no seremos los únicos.

Extendió la mano y, sin tocarla, emitió un susurro casi imperceptible. El pétalo de una rosa roja en un puesto cercano se desprendió y comenzó a flotar, girando lentamente en el aire entre nosotros. Desobedecía a la gravedad. No fue un truco. Fue una demostración.

Mi mundo lógico se hizo añicos en ese instante.

—¿Qué somos? —susurré. Ella tomó el pétalo al vuelo.

—El once de noviembre es una frecuencia, Cian, no solo una fecha. Cada año vuelve, como una marea. Pero este año el umbral no se cerrará cuando pase. Se va a desgarrar y quedará abierto. Todo empieza ahí.

Antes de que pudiera hacer más preguntas, se alejó.

—Te buscaré, Cian. Practica. Flota más alto.

Me dejó allí con el corazón martilleándome el pecho. El once de noviembre. La fecha quedó grabada a fuego en mi mente.