Amapolas, amor y tú: Latidos en Siena (Latidos en la Toscana 2) 52. Capítulo 52 #2
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52. Capítulo 52 #2

—Me lo ha explicado todo y me ha pedido perdón.

La he perdonado, aunque no ha sido fácil.

Pero lo que más me dolió fue tu comportamiento.

Dejaste que me dijera todas esas cosas, te quedaste sentado a mi lado sin mover un dedo, aceptaste que me insultara delante de toda tu familia.

Eso fue lo peor de todo. No me defendiste.

En ese momento, mi mundo se rompió. No sabía qué hacer ni a dónde ir.

Y la única persona que estuvo ahí para mí en ese momento fue Nevio.

Durante dos días ni siquiera me preguntó qué había pasado. Me apoyó.

—¿Y también te consoló?

—Sí, me consoló, pero no como tú piensas.

Me abrazó, me sostuvo la caja de pañuelos, escuchó mis llantos, intentó que pensara en otras cosas y estuvo ahí para mí.

Entre Nevio y yo no hay absolutamente nada.

Desde nuestra relación hace diez años no ha vuelto a pasar nada entre nosotros.

No sé cómo demostrártelo, Massimo, y me duele tener que demostrártelo siquiera. ¿Por qué no puedes confiar en mí?

Massimo respiró hondo. Su cerebro trabajaba a toda velocidad.

¿Podía ser realmente que Nevio solo hubiera estado al lado de Lissy como amigo?

¿Lo había malinterpretado todo o le estaba contando otra milonga?

Pero, ¿qué ganaría ella exactamente con eso?

Si fuera feliz con Nevio, difícilmente habría buscado esta conversación, ¿verdad?

¿Y por qué le costaba tanto confiar en ella, creerle que no había pasado nada con Nevio?

Le gustaría preguntárselo a su mejor amigo, pero le había retirado la amistad. Con razón.

—Sí, tal vez tenías tus motivos, lo reconozco. Creo que ninguno de nosotros está libre de errores. Nadie es perfecto.

—Todos nos merecemos una segunda oportunidad.

—Tú ya tuviste tu segunda oportunidad. ¿Cuántas oportunidades más quieres?

—¿Por qué tengo que ser yo la mala ahora?

No he hecho nada, Massimo. Tú me decepcionaste, me dejaste tirada a pesar de haberme prometido que estarías ahí para mí.

Yo no he hecho nada reprobable. Busqué refugio en casa de un amigo, nada más.

Y esperé, durante días, a que te pusieras en contacto conmigo, a que me aseguraras que me querías, a que curaras las heridas.

Pero no llamaste. No intentaste hablar conmigo en absoluto.

—Claro que no, si estabas en brazos de Nevio. ¿Acaso te crees que para mí fue divertido? Mi madre me trajo a Siena poco después de que te fueras. Cuando llegamos a la ciudad y vi mi coche frente al estudio de Nevio, lo comprendí todo.

—Más bien te imaginaste un montón de cosas en aquel momento.

Massimo, he reflexionado sobre nosotros, sobre tu hermana, sobre Nevio y sobre mis planes de mudarme a Siena.

Estuve a punto de reservar un vuelo a Hamburgo, ya había buscado la conexión.

Quería rendirme, tirar por la borda todo lo que teníamos.

Porque estaba herida, porque había perdido la confianza en nuestra relación, en ti y en nuestro amor —Lissy intentó serenarse y controlar el temblor de su voz—.

Mis amigos me abrieron los ojos y me hicieron ver que una vida sin ti no tiene sentido.

Eres mi alma gemela. Siento como si te conociera de siempre, aunque solo hayan pasado unos meses.

Ya en nuestro primer encuentro estuve segura de que eras el indicado para mí.

De que eres la persona que hace que mi vida valga la pena.

Las lágrimas recorrían las mejillas de Lissy y Massimo veía cómo caían una tras otra de su barbilla. Le habría encantado secárselas, pero algo en su interior se lo impedía. Aun así, notó que el muro que había levantado alrededor de su corazón en los últimos días empezaba a desmoronarse.

—Massimo, te pido que me creas cuando te digo que entre Nevio y yo no ha habido nada. Te pido que dejes paso al amor que nos une.

Él tragó saliva. El corazón le latía con fuerza, casi no podía respirar. —Dame una razón para hacerlo —su voz sonaba ronca, apenas conseguía articular una palabra coherente.

—Porque te quiero.

—Eso no basta.

—Oh, claro que basta, estoy muy segura de ello.

Porque sé que tú también me quieres. Massimo, mi amor por ti es tan fuerte como la gravedad, tan intenso como el brillo de las estrellas en el cielo.

Te quiero más que a mi vida y no me imagino estar sin ti.

Tú trajiste el sol a mi vida y no quiero que vuelva la lluvia eterna.

Eres lo más importante para mí y nunca quise herirte. No quiero perderte.

Lissy había vuelto a coger las manos de Massimo y lo miraba con sus ojos verdes.

Esta vez él no las apartó. Sus palabras resonaban en su interior.

¿Podían ser verdad? ¿Podía confiar en Lissy y arriesgarse una vez más a ser herido de esa forma?

Él también tenía motivos de sobra para pedirle perdón.

Nunca le había dicho cuánto sentía no haber dado la cara por ella.

—Siento no haber intervenido entonces, no haberte defendido. Quise decírtelo ese mismo día, quería consolarte, secar tus lágrimas y sostener tus pañuelos. Pero llegué tarde.

—Para el amor verdadero nunca es tarde, Massimo. Ni para una disculpa tampoco.

Massimo se encogió de hombros. —Lissy, quería decirte tantas cosas, quería pedirte perdón, quería decirte que eres la mujer más increíble del mundo y que no debías hacer caso a las palabras de Rita.

Quería animarte, decirte cuánto te quiero y lo importante que eres para mí.

Pero todas esas palabras nunca se pronunciaron porque te refugiaste precisamente en casa de Nevio.

Lissy acarició suavemente la mejilla de Massimo y él sintió la tentación de apoyar el rostro en su mano. —Pues dímelo ahora. Creo que ahora es precisamente el momento adecuado para ello, Massimo. Dime lo maravillosa que soy y cuánto me quieres.

Massimo miró a Lissy a los ojos. Vio en ellos tanto amor y ternura, honestidad y confianza, que el muro que había construido alrededor de su corazón saltó por los aires.

—Eres maravillosa y eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres demasiado buena para esta familia y para mí. Y te quiero.

Con suavidad, Massimo posó sus labios sobre los de Lissy y sintió cómo las preocupaciones se desvanecían.

Su madre se había equivocado. Sí existía el único amor verdadero, y era perfecto para construir los cimientos de una relación.

Y a ese amor verdadero era a quien estrechaba ahora entre sus brazos.

Lissy era la mujer de su vida y no la soltaría.

No permitiría que se fuera de nuevo. Nunca más.