Amapolas, amor y tú: Latidos en Siena (Latidos en la Toscana 2) 20. Capítulo 20
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20. Capítulo 20

Massimo sostenía el móvil en la mano y su pulgar sobrevolaba el número de Lissy.

Se había propuesto firmemente hablar hoy con ella sobre si su relación tenía algún sentido.

Le dolía en el alma y sabía que no sería una conversación agradable.

Pero no servía de nada seguir así. Había sido un ingenuo al lanzarse, así como así, a una relación a distancia.

No había podido prever que todo aquello le pesaría tanto.

Massimo tragó saliva. Se le había formado un nudo en la garganta. No le resultaba fácil mantener esta conversación con Lissy. Sus dedos temblaban mientras marcaba su número. Apenas al segundo tono, ella descolgó.

—¿Massimo? Qué bien que llames. ¿Habíamos quedado en algo?

Massimo apretó los labios. ¿Desde cuándo tenían que quedar para hablar por teléfono? —No, pero sentía la necesidad de hablar contigo. ¿No te viene bien ahora?

—Al contrario, me viene perfecto. Precisamente quería llamarte yo hoy para comentarte una cosa.

La voz de Lissy sonaba tan alegre y desenfadada, tan llena de energía, tan radicalmente distinta a su estado de ánimo en ese momento. Ella no tenía ni idea de que esa conversación probablemente le arruinaría el buen humor.

—Eso está bien. Se te oye animada, ¿has tenido un buen día? —Massimo quería empezar la conversación con un poco de charla y no soltar la bomba de golpe.

—Según se mire. Al menos ha sido un día emocionante.

—¿Quieres contármelo?

—Nada me gustaría más. Todavía tengo las ideas un poco revueltas, así que te pido perdón de antemano. Espero que puedas seguirme.

—Creo que sí, inténtalo.

A Massimo le gustaba escuchar a Lissy cuando estaba así de eufórica; casi podía oír su sonrisa.

Entonces la imaginaba frente a él, con su pelo rosa y sus ojos brillantes.

Se le encogió el corazón. Ella lo confundía cada vez más y ya no sabía en absoluto si el motivo de su llamada seguía teniendo fundamento.

Había querido preguntarle a Lissy si preferían terminar la relación, pero al oírla ahora, tan feliz y entusiasmada, sabía que no sería capaz de hacerlo.

A menos que su día emocionante tuviera algo que ver con su romance y ella diera el primer paso.

Por otro lado, no sonaba como si tuviera dudas sobre su relación.

De ser así, seguramente percibiría algo de melancolía o tristeza.

Pero hoy solo había felicidad, ganas y emoción.

Lissy parecía otra persona. En los últimos días a menudo se había mostrado decaída cuando él la llamaba. Pero hoy parecía irradiar luz propia.

—Vale, pues prepárate para la noticia del milenio. ¿Estás sentado?

Massimo soltó una carcajada. Su buen humor resultaba contagioso. —Espera un momento, me siento. Listo. Ya puedes empezar. Se dejó caer en el sofá como ella le había pedido y contempló el cielo del atardecer toscano, surcado por nubes rojizas.

—A ver: hoy he dimitido —Lissy soltó una risa fuerte, casi chillona—. ¿No es una pasada?

A Massimo casi se le cae el teléfono de la mano. ¿Esa era la razón por la que Lissy estaba tan contenta? Ahora sí que no entendía nada. ¿Eso era motivo de alegría? —Esa es, desde luego, una noticia interesante. ¿Pero tú estás bien?

—Sabes, Massimo, es una locura total; yo misma lo sé. Pero sí. Me siento como si me hubieran quitado un peso enorme de encima.

En pocas palabras, Lissy le contó lo que había pasado en el salón de uñas.

Massimo sintió cómo se le formaba una arruga entre las cejas.

La decisión de Lissy no había sido una resolución meditada, sino un arrebato de ira.

¿No se arrepentiría? En cuanto bajara de su nube rosa, le asaltarían las dudas.

Temía que su excelente humor fuera solo temporal y pronto se viera reemplazado por un estado depresivo.

—¿Estás segura de haber tomado la decisión correcta? Quiero decir, siempre te aconsejé que buscaras otra cosa. Pero no me refería a esto.

Lissy se rió. —¿Crees que yo sí? Por supuesto que no lo tenía planeado así, pero simplemente me salió de dentro y ahora me siento realmente bien.

¿Y sabes qué, Massimo? Ya tengo un plan.

He estado dándole vueltas toda la tarde y organizando las cosas.

He investigado, he reflexionado y quiero hacer algo por una vez en mi vida que nadie esperaría de mí.

Algo de lo que probablemente nadie me crea capaz, y entonces quiero dejarlos a todos boquiabiertos.

—¿Y qué tienes pensado?

—Voy a emprender por mi cuenta. Voy a hacer como tú, voy a seguir mi sueño.

Massimo se pasó la mano por la cara. ¿Qué pájaros le había metido en la cabeza a Lissy?

Que a él le hubiera salido bien no significaba que hubiera garantía de que todo el mundo fuera a tener éxito con sus ideas.

Pero ¿cómo decírselo? No podía decirle a la cara que quizá no fuera capaz de lograrlo.

—Eso es fantástico. Y muy valiente por tu parte.

—Qué va, no es tan valiente como crees. Tú tuviste que dejar tu trabajo bien pagado para abrir el local.

Yo ya no tengo que hacer ni eso. Soy completamente libre y puedo hacer lo que quiera.

Estoy tan llena de energía ahora mismo, Massimo.

Siento como si por fin estuviera haciendo aquello para lo que estoy destinada.

Como si por fin hubiera encontrado mi camino. Mi camino del corazón.

La voz de Lissy empezó a temblar. Toda la situación la estaba afectando emocionalmente, Massimo podía notarlo en su tono. Tenía que encontrar las palabras adecuadas sin herirla.

—Me parece estupendo que hayas encontrado algo que te anime tanto ahora.

Pero, Lissy, la aventura de emprender es un paso muy grande.

No basta con un par de formularios y quinientos euros de capital inicial.

Tienes que estar muy segura de que eso es exactamente lo que quieres.

Si realmente es tu camino, lo recorrerás, pero no creas que se va a dar solo.

Trabajar por cuenta propia significa, sobre todo al principio, muchísimo trabajo para sacar adelante el negocio.

Siempre suena muy bonito, pero también puede ser duro.

—Tú también seguiste tu sueño.

—Sí, lo hice, y estoy muy contento de haberlo hecho.

Pero tuve que apartar muchas piedras del camino para poder recorrerlo de verdad.

No quiero quitarte la idea de la cabeza, y estoy seguro de que tienes lo que hace falta.

Pero debes saber que montar un negocio propio no es una aventura romántica, sino un trabajo duro.

La sonrisa de Lissy desapareció de su voz.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Estás sugiriendo que mejor no lo haga? Tú también lo lograste.

—Claro que sí, y como te digo, no albergo dudas de que eres lo suficientemente fuerte para abrir tu propio negocio.

Solo quiero que sepas en lo que te estás metiendo.

—Massimo habló en voz baja y con tono conciliador.

No quería desanimarla. Pero temía que, en su entusiasmo, se embarcara en algo cuya magnitud no pudiera valorar en ese momento.

—Sea como sea, ya he hablado con Hacienda y he escrito a algunas de mis clientas habituales. En eBay he encontrado varios aparatos que necesito sí o sí. Ya he empezado, ya no puedes detenerme. La aventura de emprender ha comenzado.

—Tampoco quiero detenerte, Lissy. Solo quiero que seas feliz. Espero que lo sepas. Significas mucho para mí y no soportaría que tú misma te hicieras infeliz.

La voz de Lissy volvió a suavizarse. —Ay, Massimo, no tienes que preocuparte por mí.

Sé en lo que me meto. La señora de Hacienda ya me ha dado algún que otro consejo.

Sé que va a ser un trabajo muy duro. Pero creo que me debo a mí misma al menos intentarlo.

Si no sale bien, siempre puedo hacer otra cosa. Pero al menos lo habré probado.

Massimo sonrió. El espíritu de lucha de Lissy era increíble. No tenía duda de que saldría adelante si mañana seguía tan entusiasmada con su idea. —Bien. Entonces cuenta con todo mi apoyo. Si puedo hacer algo por ti, házmelo saber.

—Pues ya se me ocurre algo.

Massimo enarcó las cejas. —¿Ah, sí? ¿Qué necesitas?

—Alojamiento en Siena. En dos días.

—¿Qué? —Massimo se puso de pie de un salto. ¿Había oído bien? ¿Lissy vendría a Siena? ¿En solo dos días?

Lissy soltó su risa ronca. —Sí, has oído bien.

Antes de empezar de lleno, quiero venir a Siena a toda costa y verte.

No puedo empezar simplemente un nuevo capítulo sin haber pasado tiempo contigo antes.

Quién sabe, cuando ya trabaje por mi cuenta, quizá no pueda escaparme tan a menudo como me gustaría.

Las solicitudes ya están en marcha, y la captación de clientes también puedo hacerla desde Siena.

Tengo los números de teléfono de muchas de mis clientas habituales y ellas se lo dirán a otras.

Para eso no necesito estar aquí en Hamburgo.

Y seguro que me vendría bien descansar un poco antes de lanzarme a jornadas de dieciocho horas.

—¿Lo dices de verdad?

—Y tanto, Massimo. Lo digo en serio tanto con lo de emprender como contigo.

Massimo sintió que podía volar. Ella iba en serio con él.

¡Y él había barajado la idea de dejar la relación al principio de la conversación!

Qué idiota había sido. —Lissy, me he quedado sin palabras.

Qué ganas de que vengas. Y, por supuesto, puedes quedarte en mi casa todo el tiempo que quieras.

Me muero de ganas de estrecharte por fin entre mis brazos.

Me hace muchísima ilusión, estoy realmente feliz.

—Y yo me alegro al menos tanto como tú. ¿Me recoges en el aeropuerto de Florencia?