Amanecer junto a ti Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Buenos Días, mi amor —Aldemar repitió su saludo una vez fuera de la caseta, esta vez acompañado de un rápido beso en mis labios. Yo bebí un sorbo de mi chocolate.

—Buenos días bello—dije acariciando sus cabellos.

—Tengo dos sándwiches esperando por nosotros, después nos escaparemos —Aquello último no solo despertó en mí una sensación de anhelo y anticipación nunca antes experimentada, sino que realmente me sorprendió.

Una hora después subíamos una pendiente rocosa. Aldemar iba al frente y yo de su mano. Él se cuidaba de guiarnos por el mejor camino, evitando una caída. Cuando llegamos arriba, disfrutamos una hermosa vista del mar. A esa altura disfrutamos respirando aire puro y salobre.

—¡Qué hermosa vista! —Lo oí decir con la mirada perdida en la lejanía, en el azul intenso del mar.

Disfruté de su perfil sin que él volteara a verme, mientras contemplaba la inmensa extensión de agua salada.

Nunca dejaría de admirar su atractivo y pensar en lo afortunada que soy al tenerlo a mi lado.

No importaban los ángulos o los perfiles, Aldemar estaba buenísimo.

Alcé mi mano libre para acariciar sus alborotados cabellos castaños que, llevaba un poco largos en la nuca.

El me miro con sus ojos claros, de esa manera que me provocaba sentirme especial y única a su lado.

—¿No te parece hermoso, Beth?

—Si —contesté embelesada por algo más que el paisaje. Aldemar me miró atentamente.

—¿Pasa algo? —preguntó en tanto yo giraba para otear parte de la extensión de playa visible.

—Me preguntaba dónde te gustaría que preparáramos nuestro pequeño picnic al bajar a la playa —mencioné.

—Donde tú quieras. —Tomándome de la mano me ayudó a bajar por las escarpadas piedras, si fue difícil subir, más lo fue bajar. Una vez abajo emprendimos el camino hacia las palmeras para refugiarnos a su sombra. El astro rey se encontraba en todo su apogeo.

Nuestros pasos nos habían llevado a una extensión de playa desierta y claramente no apta para bañistas, pero un buen lugar para estar completamente solos.

Lo primero que colocamos fue una enorme manta sobre la arena, seguido de un pequeño cooler donde manteníamos los refrescos y demás cosas de comer, frías y frescas.

—¿Tienes hambre? —pregunté. Antes de dejar el balneario habíamos desayunado, pero casi era la una de la tarde.

—Un poco —dijo él de pie, pendiente a cada uno de mis movimientos.

—Siéntate yo te sirvo —dije mientras sacaba de mi mochila dos envases cerrados, uno con galletas saladas, el otro con peras troceadas.

Ambos alimentos complementaban muy bien con el jamón dulce, el queso Suizo y las aceitunas en conserva que tenía en la pequeña neverita, todo pensado para ser un almuerzo ligero.

—Esa mochila se parece al sombrero de un mago...

cuidado y no salte un conejo —Aquel comentario me recordó la cajita de cartón brillante con dos sobrecitos de preservativos, el tercer sobre se encontraba en uno de los bolsillos de mi pantalón corto, sentí un sofocón subiendo por mi rostro.

Bajé la cabeza, fingiendo estar ocupada.

—Qué te parece si comemos algo y luego de reposar nos damos un buen chapuzón en el mar. —Lo oí decir, cuando yo tenía otros planes en la cabeza.

Me coloqué sobre los ojos las gafas que llevaba a forma de diadema sobre la cabeza.

—Déjame ayudarte —Aldemar comenzó con la tarea de preparar dos porciones casi exactas en sendos platillos plásticos, mientras yo servía el jugo.

Bebí un buen sorbo de jugo de frutas mientras le ofrecía un vaso a Aldemar.

Hacía mucho calor pese a que una brisa fresca proveniente del mar acariciaba nuestra piel.

Mientras yo me sentía cada vez más nerviosa ingeniándome la mejor forma de acercarme a él, Aldemar parecía enajenado con el paisaje y disfrutando del almuerzo. Por momentos, me dio la impresión de que estaba ajeno hasta a mi presencia y me pregunté si no lo hacía adrede.

La idea de propiciar en este paseo un encuentro íntimo entre nosotros siempre estuvo ahí, pese a que yo tenía cero experiencias sexuales, pero al ver lo desinteresado que él parecía l, me hizo replantarme mis intensiones. Además de que, como toda principiante por momentos me atacaba la inseguridad.

Así, entre la comida y una insulsa plática sobre caracoles y animalitos marinos, familia de los cangrejos el tiempo paso. Era Aldemar quien llevaba la voz principal en nuestra conversación, yo le contestaba casi todo con monosílabos sin abundar.

—Beth —Lo oí llamarme—. No sé qué te tiene tan preocupada ¿quieres decirme, por favor?

Lo miré y no aparte mis ojos de él ni por un instante. Después de dejar mi vaso apoyado en mi mochila, gateé hasta Aldemar y lo despojé del suyo. En el bolsillo de mi pantalón corto sentí las orillas del empaque plástico del condón presionar mi piel.

¿Qué quieres que te diga?, ¿qué muero de ganas de hacer el amor?

Atrevida me subí sobre sus piernas extendidas para sentarme sobre ellas.

Me di cuenta cuando lo miré a los ojos que, Aldemar se encontraba sorprendido y muy asustado al igual que yo, pero en sus ojos azul grisáceos pude ver la chispa que necesitaba para continuar mi avance, entendí que él me deseaba tanto como yo a él.

—Solo deseo que me beses. No quiero más palabras amor, solo sentir tus labios sobre los míos —Aún después de muchos años, todavía no me explico de donde saqué toda aquella labia, lo que si recuerdo es que funcionó.