Capítulo 20
Noche Buena
Aldemar
Tía Mercedes era una excelente cocinera. A mi parecer, no existía platillo criollo de la extensa variedad en el país, del cual ella no dominara su cocción. Y cuando de comida navideña se trataba, no había excepción.
La ocasión era especial y Mercedes no solo estaba pendiente a la comida, desde el día anterior nos tenía limpiando el apartamento a Miguel y a mí.
La vivienda debía relucir de limpia y hermosamente decorada del espíritu navideño.
Al llegar la tarde, Mercedes se fue a arreglar llevando a Hernán a cuestas, no sin antes pedirnos a Miguel y a mí que hiciéramos lo mismo.
Ya cuando cayó la noche, vi a mi tía salir de su cuarto luciendo un vestido nuevo en color rojo y zapatos de tacón. Se veía hermosa, suavemente maquillada y con el cabello elegantemente recogido sobre la nuca.
Hernán no se quedaba atrás, vistiendo su mejor traje recién sacado de la tintorería. La tía no oculto su desilusión al ver mis sencillos jeans negros, zapatos tenis y camisa cuello tortuga en color blanco.
—Por Dios, hijo ¿no pudiste vestirte mejor? —preguntó cuando me vio al salir del cuarto.
—Así estoy cómodo —Fue mi respuesta y me fui directo a la cocina. Allí me serví sobre un plato, guineítos en escabeche y mollejas.
—¡Aldemar, no toques la comida! —Llamó Mercedes en tono molesto.
—Solo es un poco tía, tengo hambre —dije dedicándole una sonrisa acompañada de un beso al aire.
—Te lo permito solo por ese beso al aire—dijo ella, pero aun así me dio un golpe en la mano con un pañito que usaba en la cocina. Ambos nos echamos a reír.
Esa noche, nosotros como familia hacíamos un esfuerzo por pasarla lo mejor posible, aun cuando echábamos de menos a Carlos. Y todos cooperábamos para que el ambiente en aquella época festiva fuera agradable.
Personalmente, mi meta era estar relajado y disfrutar la reunión.
En la sala, Miguel se encargó del sistema de sonido y pronto se oyeron canciones navideñas, intercaladas con música de ritmos caribeños.
Cuando Elisa y sus hijos llegaron los recibimos en la puerta del apartamento y, pronto me encontré sentado en el sofá entre Limarie y su hermano Raúl.
No pasé por alto lo guapa que se veía Limarie, con su jean azul oscuro, la blusa color beige y sandalias de tacón. Llevaba su largo cabello suelto y poco maquillaje.
—Las navidades en la Isla son más animadas que en Estados Unidos —comentó Limarie mirándome, no cabía duda de a quién iba dirigido el comentario.
—Eso dicen, no he pasado ninguna fuera de aquí —comenté y fijé mi atención en Miguel que parecía bastante incómodo, de seguro estaba loco por irse a reunir con sus amigos.
—Yo esperó que a mami no se le ocurra volver a mudarse para allá — dijo Raúl con un marcado acento anglosajón y luchando por no confundirse con algunas palabras en español, a diferencia de su hermana que parecía no tener problemas.
—A mí me encanta vivir aquí —agregó ella.
—Yes, I like too —dijo Raúl.
—Me alegro de que se sientan cómodos y bienvenidos —dije, no estaba bien ignorarlos o dejarlos solos.
Sin embargo, en un momento dado mis pensamientos se dispersaron en dirección a Elizabeth y, me pregunté como la estaría pasando.
— Ojalá que en la escuela nos vaya bien —mencionó Raúl, mostrando una mueca en su todavía infantil rostro de doce años.
—No te preocupes, ya verás que no vas a tener mayores problemas —dije, aunque en el caso de su hermana las cosas no serían color de rosa si le revelaba a alguien sobre su condición. Esperaba que no la hicieran sentir rechazada como yo me sentí al principio.
En el presente la situación era diferente, hablaba con los que me hablaban e ignoraba a quien pasaba de mí sin verme afectado. Fue cuestión de tiempo, paciencia y práctica.
Raúl dominó la conversación relatando divertidas anécdotas sobre su vida en Chicago. Reí bastante con los cuentos del muchacho y, por largo rato mi mente no se ocupó de otra cosa que no fuera lo que decía el niño.
Su hermana no parecía muy divertida con los cuentos de Raúl, probablemente porque formaban parte de su propia experiencia o porque lo había escuchado antes muchas veces.
Más adelante, mi tía nos llamó a la mesa. Pude notar como Miguel se escabullía.
Ya en la mesa, el resto disfrutamos la cena especial que Mercedes preparó y la buena compañía. Mi tía no ocultó su orgullo, cuando sus invitados elogiaron su rico sazón mientras degustaban los componentes del típico plato navideño boricua.
Más tarde la tía sirvió el postre; Tembleque y la tradicional bebida navideña hecha de leche de coco llamada Coquito, la cual si se deseaba podía mezclarse con un poco de ron a gusto.
Luego de cenar, mientras los demás se congregaban en la sala, yo sentí la necesidad de salir a respirar un poco de aire fresco. Bajé las escaleras y a pesar de que la noche era fresca, no regresé a buscar con que abrigarme.
Debo confesar que, había bebido a escondidas de mis tíos varios pequeños vasitos llenos con la picante bebida de coco y me sentía algo relajado.
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Me detuve frente a la fachada del colmado en la penumbra, mirando los ocasionales carros que pasaban por la avenida.
La música, algarabía y alegría de aquella noche especial se escuchaba hasta la calle. Se oía también el ocasional estallido de pirotécnica que iluminaba la noche, junto con su peculiar olor a pólvora.
—Yo también prefiero la soledad, mamá dice que mucho más de lo sano —No había notado la presencia de Limarie justo a mi lado, de hecho, ni siquiera la oí bajar las escaleras.
La observé a mi lado izquierdo muy cerca, su aroma floral se hizo notar. Sentí sobre la piel de mi brazo izquierdo su cálida piel.
Era la primera vez que percibía cierta incomodidad al ser mi espacio personal de algún modo invadido sin previo aviso por ella, pero a la misma vez, quizás gracias a la pequeña porción de alcohol en mi sangre, notaba como la curiosidad por experimentar lo desconocido se abría paso en mis emociones.
—Arriba hace calor —dije lo primero que me vino a la mente y le eché un vistazo de reojo.
Limarie salió de las sombras a mi lado y fue a pararse frente a mí. La miré acomodarse detrás de la oreja unos mechones de largo cabello.
—Y mi querido hermanito no deja de hablar...—mencionó ella con desaprobación, para instantes después reír sus propias palabras.
—Raúl es un muchacho muy simpático y elocuente —comenté.
El chico me caía muy bien y sentí la obligación de defenderlo ante su hermana.
—Si que lo es, pero apenas me dejaba hablar a mi —comentó y se alzó de hombros buscando restarle importancia a un asunto que en sus propias palabras le molestaba.
Limarie extendió su mano para acercarla a mi pecho y con delicadeza sacudió algo que solo ella vio sobre la tela de mi camisa.
—Me pareció muy cool que tu tía nos invitara a pasar la noche buena con ustedes, aun cuando nos acabamos de conocer.
Y al menos, sé que habrá una cara conocida cuando comiencen las clases en enero —confesó la pelinegra con alivio.
Era normal que aquello último le preocupara, ser nueva en la escuela justo a mediado de año escolar era incómodo.
Limarie no dejaba de sonreír mientras buscaba fijar su mirada sobre la mía. Yo no tenia experiencia con chicas, de ninguna manera. Elizabeth era la primera muchacha que despertaba realmente mi interés romántico, pero me aventuré a preguntarme si acaso era posible que Limarie mostrara interés en mí.
De mi parte lo tenía claro, Limarie era muy guapa y simpática, pero era Elizabeth la elegida.
Elizabeth era con quien soñaba despierto, aunque todo fuera complicado.
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Más tarde aquella noche, en la soledad de mi cuarto no podía dejar de pensar en Elizabeth. Me sentía impotente y molesto al pensar que no podía cambiar las circunstancias entre ella y yo.
También me reclamé ser un ridículo.
¿Por qué me sentía así a causa de una desconocida?
Y por otro lado estaba Limarie y, el interés que percibí hacía mí al tenerla de frente.