Amanecer en Montana (Amor bajo el cielo del oeste nº 1) Capítulo 10
47%

Capítulo 10

Morrell Mountain

Los ojos de Leah se abrieron lentamente, desorientada y sin saber qué la había despertado.

Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que estaba sola en la cama de Lucas.

Por segunda vez en dos días, los recuerdos de la noche anterior la inundaron.

Asombrada, se tumbó boca arriba y soltó un profundo suspiro.

Había sido una noche increíble. Se habían buscado dos veces más en la oscuridad. Lucas se negaba a dejar de tocarla y acurrucaba su cuerpo firmemente alrededor del de ella incluso mientras dormía. Ella se había deleitado con la atención, encantada con el efecto que él tenía en su cuerpo.

Sin embargo, despertar sola avivó sus inseguridades. Pensamientos oscuros se filtraron en su conciencia.

¿Y si él se muestra indiferente esta mañana? ¿Y si esto hace que la temporada sea incómoda?

Gimió y sacudió la cabeza. Esa era la vieja Leah... los días de atormentarse habían terminado. Si Lucas no quería continuar lo que habían empezado la noche anterior, ella estaría bien. Se quedaría con el recuerdo y seguiría adelante. Además, se marcharía al final de la temporada.

Y si Martha se entera... ¿se molestará porque me acosté con su hijo?

Leah gimió solo de pensarlo.

—Ya estás despierta.

Las alegres palabras desde la puerta la hicieron saltar y la sacaron de su melancolía. Lucas estaba de pie en el umbral con una adorable sonrisa, sosteniendo una humeante taza de café que olía a gloria incluso desde el otro lado de la habitación.

Se acercó y le entregó la taza.

—Esto es para ti, cariño.

Esperó a que Leah diera el primer sorbo y luego se inclinó para besarla.

—Te preguntaría qué tal has dormido, pero sé que te mantuve despierta casi toda la noche —añadió con picardía.

Leah se rio.

—Cuando no estaba montando a un vaquero, dormí de maravilla.

Su risa resonó contra las paredes.

—Supongo que es justo.

Le acarició la mejilla con la mano.

—Eres preciosa. Dime que no te arrepientes de lo de anoche.

Una sonrisa tímida se dibujó en el rostro de Leah mientras negaba con la cabeza.

—Fue increíble.

—Para mí también —respondió él con la voz ligeramente ronca.

Se aclaró la garganta, retrocedió y señaló hacia la cocina.

—Estoy preparando el desayuno. Ve al baño a hacer lo que necesites y luego ven conmigo, ¿vale?

Con una sonrisa, añadió:

—Me vendría bien tu experiencia picando.

Apartó las sábanas y saltó de la cama, encantada de ver cómo los ojos de él se oscurecían y recorrían su cuerpo desnudo.

—¡Enseguida estaré allí, señor!

Añadió un saludo militar para hacerlo oficial y se giró hacia el baño. Oyó su risa y sintió sus ojos clavados en ella. Percibió que estaba tentado de hacer algo más, pero finalmente él se dio la vuelta para marcharse.

Leah se duchó rápidamente y se envolvió en la bata de él. Los ojos de Lucas se clavaron en ella cuando salió del dormitorio, y un intenso rubor la invadió. Señaló hacia arriba y dijo:

—Me visto y bajo en un segundo.

—No te vistas por mí —respondió él con voz ronca mientras ella subía las escaleras.

Su rubor se intensificó varios tonos, pero en secreto a Leah le encantaba ese tono de deseo en su voz.

* * *

Lucas colgó el teléfono satelital y soltó un suspiro de alivio. La conversación con su hermano había aliviado parte de la preocupación que tenía por la tormenta. Esta empezaba a alejarse, pero con casi sesenta centímetros de nieve acumulada pasaría un tiempo antes de que pudieran salir.

Y eso le parecía perfecto: disfrutaba teniendo a Leah para él solo. Más que nada, quería repetir lo de la noche anterior... una noche increíble que nunca olvidaría.

Salió de la oficina y vio a Leah de pie frente a la ventana, sonriendo mientras observaba la nieve arremolinarse alrededor de los árboles.

Suspiró al verla vestida con cómodos pantalones de yoga y sudadera, bebiendo su café.

Era preciosa, y tenía la poderosa sensación de que ella pertenecía allí... con él.

Ella chilló cuando él la rodeó con los brazos y la atrajo contra su pecho. Le presionó los labios contra la sien.

—¿De qué te ríes?

Ella se rio entre dientes.

—Estaba pensando en lo sexy que es que te guste cocinar.

Él retrocedió con expresión perpleja. Era lo último que esperaba que dijera.

—¿En serio? ¿Te parece sexy?

—Oh, sí.

Ella asintió.

—No hay nada más atractivo que un hombre que sabe moverse en una cocina. Es increíblemente sexy.

—Hmmmmm.

Frunció los labios, reflexionando sobre la idea. El desayuno era su comida favorita y disfrutaba cocinando para Leah. Sabía que a las mujeres generalmente les gustaban los hombres que sabían moverse en la cocina, pero no se había dado cuenta de que resultara tan atractivo.

Interesante...

Ella ronroneó en sus brazos.

—¿Nunca has oído hablar de ese tipo que cocina solo con un delantal? Tiene una de las mayores legiones de seguidoras y sus publicaciones se comparten millones de veces.

Se giró en sus brazos y lo miró con expresión juguetona.

—Por supuesto, está desnudo, es un bombón y muy gay —continuó—. Pero a las mujeres les encanta ver a un hombre que es bueno en la cocina, sin importar su orientación sexual.

Lucas la miró con asombro. Ella le dedicó una sonrisa traviesa y movió las cejas de forma sugerente.

—Normalmente significa que son buenos en otros sitios.

Su risa cortó el aire. Le encantaba este lado de Leah... una diablilla sexy con un malicioso sentido del humor. Sentía que se estaba enamorando cada vez más.

Tranquilo, tío...

—Bueno, después de lo de anoche, deberías saber si soy bueno en «otros sitios» —bromeó, haciendo comillas con los dedos—. Si lo hice bien, claro.

Sabía que estaba buscando un cumplido, pero no pudo evitarlo.

Patético...

Para su alivio, ella suspiró y le dedicó una sonrisa satisfecha.

—Definitivamente lo hiciste bien. Anoche...

Sacudió la cabeza y movió las manos, buscando las palabras adecuadas.

—Anoche fue... alucinante.

Se relajó y la abrazó tan fuerte como la taza de café se lo permitía.

En ese momento, supo que quería esto... La quería a ella. Quería a Leah en sus brazos, en su cama, en su vida. Quería que ella lo eligiera, que se quedara cuando terminara la temporada.

De repente, lo vio todo claro... su nueva misión era convencerla de que su hogar estaba aquí... con él.

La abrazó mientras le ponía al día de la situación.

—Zach ha confirmado lo que pensaba. La tormenta está amainando y debería pasar esta noche.

Pero seguramente tardaremos uno o dos días más en poder bajar al rancho.

Primero tienen que despejar la carretera principal de la montaña, y las cunetas de esa ruta hacen que sea demasiado arriesgado conducir con sesenta centímetros de nieve.

—¿Han caído sesenta centímetros de nieve?

—Más o menos, y la mayor parte habrá desaparecido a lo largo del día.

Se encogió de hombros.

—Bienvenida a Montana en primavera.

Leah asintió.

—Entonces, ¿nos toca esperar?

Una amplia sonrisa le iluminó el rostro mientras le acariciaba la espalda.

—Mmmmmmm... se me ocurren varias cosas que podríamos hacer para pasar el tiempo.

Se inclinó para rozarle suavemente el cuello con la nariz.

—Pero... —hizo una pausa—. Me preguntaba si me enseñarías algunos de esos movimientos de yoga que haces tan bien.

Un leve gemido escapó de sus labios mientras él le recorría el cuello con los labios y la lengua. Ella se aferró a la taza mientras respondía distraída:

—¿Cómo sabes que los hago bien?

Él soltó una risita y la estrechó más contra sí, clavando sus ojos en los de ella.

—Tengo una confesión que hacerte.

Ella arqueó las cejas, esperando a que continuara.

—Te vi aquella primera mañana, después de que llegaras... en tu porche. Fue precioso.

Ella lo miró fijamente, con los ojos como platos.

—¿Me estuviste observando?

—Mmmmhmmmm —volvió a agachar la cabeza y siguió besándole el cuello, buscando los puntos más sensibles.

—Max y yo estábamos dando nuestro paseo matutino, y el sendero pasa justo al lado de tu cabaña. Me quedé paralizado cuando te vi y no pude apartar la mirada. Estabas fascinante. Hasta Max se quedó hipnotizado, no hizo ni un ruido.

Ella resopló incrédula.

—Estaba tan absorta en el paisaje que no me di cuenta de nada.

Entrecerró los ojos y lo miró.

—¿Cuánto tiempo estuviste allí?

—No mucho. Estabas en el porche con tu café y desplegaste la esterilla allí mismo. Era increíble cómo el sol se reflejaba en tu pelo, te daba un brillo suave, entre dorado y rojizo.

Se encogió de hombros.

—Parecías un ángel.

Ella resopló.

—Nunca te vi... ni te oí. ¿Te quedaste ahí plantado en el bosque?

Él soltó una risita y negó con la cabeza.

—No, Max y yo nos fuimos al cabo de un rato, pero disfruté cada segundo. Y no me atreví a hacer ruido porque todavía no me había cortado el pelo. Ya no apestaba, pero seguía pareciendo un pirado.

Se encogió de hombros sin el menor remordimiento.

—Después de verte, me fui directo a la barbería.

Curiosamente halagada por el hecho de que la hubiera observado, se apartó de sus brazos y dejó la taza, con una sonrisa traviesa en los labios.

—Parece que de verdad quieres aprender yoga. Puedo ayudarte con eso.

Él se echó un poco hacia atrás, receloso por su tono.

—¿Por qué suena eso tan amenazador?

Riendo, ella le dio una palmadita en el trasero.

—Porque lo es.

Se puso de puntillas para besarlo.

—Vamos, guapetón. Nos espera una sesión de yoga.

* * *

—Lucas, tienes que respirar.

Su tono exasperado hizo que él la mirara con el ceño fruncido desde su postura retorcida.

—¿Cómo demonios puede alguien respirar en esta posición?

Ella se rio.

—Se supone que esto es divertido y relajante. Y tienes que respirar acompañando el movimiento. Esa es la clave del yoga... la respiración.

Para demostrarlo, inspiró profundamente y exhaló despacio.

Él soltó un gemido de agonía.

—Estás disfrutando demasiado de esto.

—Puede que un poco —admitió con una sonrisa, colocándose en la esterilla frente a él—. Venga, probemos esto, es mucho más fácil.