Almas Rebeldes Epílogo 3
100%

Epílogo 3

—Umm —protestó Psique, arremolinada entre las sábanas de la cama.

—Despierta, dormilona —susurró Will en su oído con voz ronca.

Psique abrió los ojos de golpe al notar el peso de un cuerpo sobre el suyo.

—¡Will! —gritó sobresaltada— ¿Qué haces aquí? ¡Estás desnudo! La señora Annabella podría...

—No puedo esperar más, Psique —cortó él, comenzando a desnudarla.

—Pero si estaremos casados en pocas horas, cariño —comentó incrédula.

—Llevamos más de un mes separados. No puedo soportar tenerte a mi lado sin poder tocarte.

—Lo has hecho durante años —dijo, alzando una ceja y con una sonrisa comenzando a dibujarse en sus labios.

—Pero antes no te había hecho mía —respondió tomando uno de sus bonitos pezones entre sus dientes y haciéndola jadear de goce—. Ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea tu cuerpo y estar dentro de ti.

Psique abrió instintivamente las piernas para dejarlo colocarse entre ellas.

Le encantaba sentir el peso de su cuerpo sobre del suyo.

Era tan excitante. Will, con solo unas pocas palabras era capaz de derretirla y, por ende, en su bajo vientre ya crecía un fuego abrasador.

Era cierto que llevaban mucho tiempo sin esos momentos de pasión que adoraban y le había costado un mundo no volver a escaparse para buscarlo.

Durante el viaje de vuelta, se habían amado en lugares imposibles, constantemente vigilados... Pero en una cama no habían tenido la oportunidad de hacerlo. Y sentirlo con el confortable lecho en su espalda para recibir su enorme fuerza era realmente tentador.

—Moría por tenerte entre mis piernas, Will —dijo provocadora, humedeciéndose los labios—. Has tardado demasiado.

Su lengua asaltó su boca y se entrelazó con la de ella, enardecida.

Cada roce lascivo de su punta se volvía más exigente.

Se perdía en su aliento, en los suspiros calientes, en su ímpetu en llamas.

Acarició su espalda fuerte, y descendió hasta su trasero.

Sus pupilas eran pozos oscuros de emoción ardiente cuando la miraba, y lo sentía tan poderoso que apenas lograba dominar la necesidad entre sus piernas.

Agarró sus glúteos y lo atrajo hacia su centro, mostrándole su estimulada humedad.

Su miembro la rozaba allí, encendiéndola cada vez más.

—Psique, te deseo tanto que creo que voy a morirme si no te tomo ahora.

—Yo... —Psique se arqueó un poco, desafiándolo— también. No esperes más, ¡por favor! —rogó con apremio, volviendo a atraer con ímpetu su trasero hacia su centro.

—Shhh —acalló él, cerrando los ojos, intentando contenerse, su corazón latía desbocado contra su pecho.

Habían esperado tanto tiempo que apenas conservaba la calma .

El calor los consumía, sus pieles ardían en un incendio incontrolable.

Will contrajo sus músculos y su verga aumentó de tamaño, dura como nunca. No podía soportarlo más. Ella era tan hermosa, la amaba tanto, que mermaba su voluntad con cada una de sus provocaciones. Fundidos en esa pasión, Will perdió el sentido de dónde estaban. Solo existía Psique, entregada a él.

Su miembro se apretaba contra su entrada suave y muy húmeda. Necesitaba embestirla, hundirse entre sus pliegues y tomarla hasta lo más hondo para morir de placer.

Entonces, jadeante, ella volvió a retorcerse contra la punta de su duro miembro y no pudo soportarlo por más tiempo.

Ya jugarían toda una vida después de la boda.

La penetró con una fuerte embestida, arrancándole un delicioso grito de goce, desbordándolo de emociones.

Siguió sacudiéndola, imparable. Primero con embates largos y sensuales que llegaban muy profundo.

Apretó los dientes percibiendo el ansia crecer dentro.

Quería alargarlo, pero era demasiado fuerte, demasiado bueno.

Poco a poco, subió el ritmo. Una vez, dos veces...

cientos. Ella lo recibió abstraída; abrió los labios, entornó los ojos...

Era adorable mientras el sonrojo de sus mejillas se encendía. Un incendio irrefrenable los consumía.

De pronto, se agarró con más fuerza de sus hombros. Enloquecida, movió sus caderas adecuándolas a su mismo ritmo, haciéndolos perder el control.

Le exigía más y él era indomable.

Empujó más fuerte, más rápido, sintiendo que ella comenzaba a elevarse en un éxtasis por fin. En un instante, arqueó la espalda y gimió, estremecida. Tembló aferrada a su cuerpo y gritó su nombre entre dulces suspiros .

Will también se dejó arrollar por esa locura y se fue en su interior con una ferocidad que nunca había experimentado. Su corazón explotaba mientras la veía llorar de felicidad entre sus brazos. Oírla pronunciar su nombre mientras recibía aquellas intensas oleadas placer, lo conmovió.

Exhausto, se derrumbó junto a ella con la respiración agitada, sintiéndose el hombre más feliz del mundo. Fundidos en un hermoso abrazo, se quedaron dormidos.

Horas más tarde, Will fue a buscarla al castillo McEwen, vestido con el traje de gala escocés y una solemnidad que apenas lograba contener su orgullo.

Psique descendió los escalones de piedra con el corazón acelerado.

La luz de las antorchas trazaba reflejos ardientes sobre su cabello suelto y hacía resplandecer su vestido blanco.

Al verla, Will olvidó todo lo demás. Ya no oía los aplausos ni el bullicio de los sirvientes.

Ella se detuvo en el último escalón. Él dio un paso adelante.

—Estás preciosa —murmuró con esa sonrisa que siempre la desarmaba.

—Si me sonríes así, no llegaremos a la boda.

A Will se le escapó una carcajada y extendió su mano.

—¿Quieres casarte conmigo, Psique?

Ella entrelazó los dedos con los suyos. La calidez de su mano, tantas veces buscada y tantas veces perdida, le aceleró el corazón de nuevo.

—Sí, quiero, amor mío.

Will la condujo fuera del castillo, envueltos en el murmullo lejano de la música. Las antorchas iluminaban el sendero que descendía hacia la congregación .

A medida que se acercaban a la celebración, las voces se volvían más claras: las risas, los violines, un tambor vibrante... Las familias del valle se reunían alrededor de una tarima levantada al fondo, mientras los niños corrían entre ellas, ajenos a todo.

—¿Lo recuerdas? —preguntó Will con una sonrisa suave.

—¿Nuestro primer encuentro? —Él asintió, apretando su mano—. Es imposible no hacerlo, fue el mejor día de mi vida.

Will sonrió más ampliamente.

—Para mí también lo fue. Me embrujaste con la primera mirada insolente que me dedicaste, pelirroja.

Ella asintió y le dio un beso rápido en la mejilla. Él volvió a sentir las mariposas crecer muy dentro.

—Te amo y voy a demostrártelo todos los días de mi vida —dijo Psique con ojos brillantes de emoción.

Él contuvo el aire, emocionado.

Cuando cruzaron el arco de ramas que marcaba la entrada, varias cabezas se giraron. La primera en verlos fue Jork, que soltó un gritito y tiró de la mano de Callum, su nuevo amigo favorito.

—¡Míralos, madre! —exclamó este.

Sorcha, muy emocionada, los saludó con una sonrisa tímida que ambos le devolvieron con entusiasmo.

—Por todos los santos... —gritó Aodh junto a Zahra y Fiona—. ¡Qué guapos vienen! ¡Hasta el novio lo parece!

Will se ruborizó y pensó que ya ajustaría cuentas con Aodh más tarde. Aun así, le divirtió oírlo invocar a los santos en lugar de a sus dioses nórdicos. Psique, en cambio, respondió al cumplido con un guiño pícaro.

La música comenzó a sonar más suave y ceremoniosa .

—¿Te apetece caminar un poco entre la gente? —preguntó en un susurro.

A su alrededor, las familias los saludaban, algunos inclinaban la cabeza, otros sonreían ampliamente.

Saludaron a sus familiares, a su querido amigo Ronald acompañado de la protectora hermana de Will, Cati.

Se pararon a abrazar a sus suegros, que los recibieron con una expresión de orgullo inigualable.

Psique se fundió en un fuerte abrazo con Catalina y esta aprovechó para repetirle lo feliz que estaba por ellos.

Por último, Al ver por fin a sus padres, Psique soltó la mano de Will y corrió hacia ellos.

Se refugió entre sus brazos como si regresara a casa.

Los tres rieron a la vez, con la emoción desbordándoles, mientras Will los contemplaba con una sonrisa silenciosa.

Justo cuando iba a subir al escenario, vio a su prima Jana junto a un joven rubio muy apuesto. Al cruzarse sus miradas, ella le guiñó un ojo, pícara. Algo le decía con ese gesto que esa noche prometía más de una sorpresa.

Will negó con la cabeza, divertido, pero siguió avanzando. El ambiente era un torbellino de alegría. Por fin subieron los escalones de la tarima y se detuvieron ante un sacerdote muy anciano, que los aguardaba con una sonrisa sincera entre las arrugas del rostro.

—Padre Elliot, quiero casarme con esta mujer tan hermosa —anunció Will con solemnidad, aunque sus ojos brillaban traviesos.

El sacerdote soltó una carcajada suave, casi un bufido, como si aquel comentario fuese una broma absurda.

—¿Estás seguro, hijo? Las pelirrojas no son muy de fiar... —añadió con un brillo divertido en los ojos.

Psique rio ante el comentario, llevándose una mano a la boca.

—Padre... —advirtió Will, en voz baja, pero firme .

—Está bien, pero solo si ella promete dejarme ganar alguna vez al Mendigo a tu vecino.

Will puso los ojos en blanco.

—¿En serio, Elliot? —preguntó, incrédulo.

—Padre, le aseguro que todavía no sé qué significa «ganar» una partida —respondió Psique. Luego guiñó un ojo a Will, que se rascaba la nuca, ruborizado—. Pero lo pasaremos bien juntos.

Elliot chasqueó la lengua, satisfecho.

—¡Bien! —exclamó—. Ya que estamos aquí...

Elliot dejó que las risas se apagaran. Cuando el silencio se extendió ante la tarima, los contempló con una calidez casi paternal.

—Ya que estamos —repitió Psique, apretando la mano de Will.

—Pues venga —dijo—. Que la fiesta sea testigo del amor más puro y hermoso.

La multitud aplaudió, emocionada. Las antorchas chisporroteaban, como si también lo celebraran.

—¿Estás lista para ser la esposa de un humilde, pero profundamente enamorado mercader, cariño?

Ella rio, con los ojos brillantes.

—Contigo, siempre.