Alianza Forjada (Alianza Deviante, Libro 0.5) 28. Nikolai
68%

28. Nikolai

Nikolai

Odio la política hasta la médula.

Prefiero con creces la limpia y definitiva simplicidad de una pistola.

Un jaque mate en dos movimientos en un tablero de ajedrez. Rápido, eficiente y absoluto.

Pero mi padre tenía razón. La muerte puede ser perjudicial para los planes a largo plazo, y a menudo es la salida fácil.

Así que elegí hacer la política un poco más entretenida, y todo gracias a Aliya.

Podría haber matado simplemente a los enemigos de los ucranianos, pero mantener a todos a punta de pistola, haciéndoles sudar mientras esperan la llegada del príncipe ruso, es una estrategia más sabia.

“Caballeros”, digo, entrando en la trastienda humeante del restaurante.

Kyzyl a mi derecha, Aliya a mi izquierda.

Le estoy tomando la mano, y está fría como el hielo. Noto un leve e imperceptible temblor recorriendo sus dedos mientras asimila la imagen de doce hombres arrodillados en el suelo, mis hombres apuntándoles con pistolas a la cabeza.

Bien. Está sufriendo, y lo esconde a la perfección.

Kyzyl toma su lugar tres pasos por delante de mí, pasando revista a los hombres arrodillados como si fueran ganado en un mercado.

“¿A cuál de estos cabrones se supone que debo dejar que se case con mi hermana? ¿O con hermanas? Tengo cinco, al fin y al cabo. Y necesitamos algo de felicidad en nuestro oficio.”

“Kyzyl, ¿te has vuelto loco?”

Bagdan, el nuevo líder de la Fuerza Mafiosa Ucraniana, se levanta sobre una rodilla, ignorando el cañón presionado contra su sien.

Es un hombre enclenque al lado de los imponentes hombres que le rodean, y el cabrón además tiene un complejo de Napoleón al respecto.

“¿De qué demonios estás hablando? Tienes que resolver esta mierda. Vinieron a por nosotros en un lugar seguro.” Adil gruñe sin mover la pistola ni un centímetro, y Bagdan continúa. “No voy a tocar a Nikolai. Me llamó él, ¿recuerdas?”

Adil le ignora, le pone de pie y me lo trae con la pistola todavía presionada contra la cabeza.

“Esto es una falta de respeto, Nikolai. ¿Y vienes con una mujer? ¿Qué es esto?”

“Un cambio, amigo mío. Un cambio.”

Le indico a Adil que baje el arma y le doy una palmada a Bagdan en el hombro.

“Pero antes de hablar contigo, necesito hablar con los cabrones que entraron en mi territorio creyendo que podían atacar a mis aliados.”

La mirada se me va a Yarema, el líder de la banda moldava.

Al cabrón ya le faltan dos dientes, y la nariz parece sacada de un cuadro de Picasso.

Tiene pinta de alguien al que la vida ha vapuleado, pero sé que le gusta la violencia hasta la distacción.

“Yarema, ¿en qué maldita cabeza cabía entrar en mi maldito territorio y hacerle daño a mi aliado?” le ladro.

“No es tu aliado. Es un svoloch.” Yarema escupe, con una rabia pura ardiendo en los ojos azules.

El cabrón tiene todo el aspecto del matón callejero que es, con la cara magullada y la nariz rota. No puedo imaginarme a Kyzyl dejando que ninguna de sus hermanas se acerque a este animal.

“Vamos, vamos.” Aplaudo dos veces. “Vine aquí a ofreceros un camino hacia un mayor poder, ¿y estás ladrándole insultos a mi hermano Bagdan?”

Bagdan, que parece tan confundido como Yarema, me mira fijamente con la boca ligeramente abierta.

“Ya tenemos poder”, gruñe Yarema.

“¿És eso? ¿Por eso os estáis atacando en aparcamientos como malditos niños peleando por un juguete? Tenéis dos salidas de esta sala. Sentaros, comeros mi comida y escucharme. O mis hombres limpiarán esta sala con vuestros sesos. Vuestra elección.”

Les doy la espalda, un acto calculado de dominancia, y camino hacia la gran mesa redonda en el centro de la sala.

Tomo el asiento en su cabecera.

Aliya me sigue, con los movimientos rígidos, y se queda de pie a mi lado.

“Serás la que sirva a nuestros invitados y a mí. ¿Puedes hacer eso por mí, pequeña Zaya?”

La miro desde abajo, esperando a medias una discusión, alguna señal de que pudiera tirar un plato o derramar una bebida a propósito.

En cambio, todo lo que me da es un único y seco asentimiento.

“Joder, adoro tu sumisión”, murmuro, jalándola hacia mi regazo.

Espero a que los hombres tomen su decisión, botando la rodilla una vez, dos veces. Zarandeándola con fuerza para que las bolas se desplacen dentro de ella. Los ojos se le cierran una fracción de segundo.

No emite ningún sonido.

“¿Estás sufriendo ya?” susurro contra su oído mientras escucho a los hombres revolverse detrás de nosotros, su decisión tomada.

“Sí”, dice en un suspiro, la palabra un fantasma de sonido.

“Meravillosamente.” Sacudo la pierna de nuevo.

Salvo por la tensión de la mandíbula, no me da nada.

Bagdan y Yarema se acercan a la mesa pero no se atreven a sentarse. Bien. Saben quién tiene el poder.

Kyzyl, sin embargo, toma el asiento a mi derecha y le envía a Aliya un sutil pulgar arriba, reconociendo su fortaleza.

Los dos se han hecho buenos amigos.

“Pequeña Zaya”, digo con la voz suficientemente alta para que la sala escuche, “por favor ayúdate a nuestros invitados a encontrar sus asientos.”

La empujo fuera de mi regazo, deliberadamente haciendo el movimiento brusco, esperando a que tropiece, jadee, falle. Nunca dije que le pondría fácil.

Se endereza el vestido azul con lunares, la viva imagen de la gracia.

Sus pasos son más lentos de lo habitual.

¿Se desplazó bien una bola? Ay, pobrecita. Camina directamente hacia Yarema.

“Usted se sentará aquí”, le ordena, colocándole en el asiento directamente enfrente de mí.

Mi inteligente zaya le ve como una amenaza. Buena decisión.

Luego se gira hacia Bagdan.

“Señor Bagdan”, dice, y casi sonrío.

Sé exactamente lo que está haciendo. Ya le ha concedido a Bagdan el poder y el respeto que le negó a Yarema con un único y formal tratamiento.

“¿Sí?” pregunta él, claramente confundido por el gesto.

“Puede elegir cualquier otro asiento que desee. Esta comida es en su honor, al fin y al cabo.” Bagdan le ofrece una cálida y suave sonrisa.

Si no supiera que se casó hace dos semanas, le dispararía por principio.

Puede que lo haga de todas formas, solo por sonreírle a lo que es mío.

“Gracias. Me sentaré junto a Yarema.”

Ah, la política. Bagdan se posiciona al lado de su enemigo.

“Ahora, empecemos.”

Me inclino hacia adelante, clavando a Yarema con la mirada.

“Tú. ¿Por qué atacaste a mi aliado? No te molestes en formular una mentira. Sé que tus envíos de droga han sido confiscados por el gobierno dos veces en el último mes. Sé que tu producto es una mierda. Estás perdiendo dinero y hombres, y el gobierno ni siquiera te considera una amenaza lo bastante grande como para tomarte en serio. Eres un mosquito zumbando en mi oreja. Así que decidiste morder a alguien que pensabas que era débil para parecer fuerte. ¿Estoy en lo correcto? Explícate.”

El silencio en la sala es tan denso que podría asfixiar. Lo dejo alargarse, dejando que Yarema se cueza en su propia humillación pública. Luego, giro la cabeza ligeramente.

“Y mientras espero una respuesta, pequeña Zaya, nos servirás. Caballeros”, anuncio a la mesa con falsa hospitalidad, “mi cosa se ocupará de nosotros hoy. La comida corre de mi cuenta.”

Aliya da un único y seco asentimiento. Camina primero hacia Bagdan, ignorando completamente a Yarema.

Otro insulto calculado.

Me encanta.

“¿Qué desea comer, señor?” Su voz es pura miel, tranquila y serena.

“Algo ligero. Quizás un té, y tengo entendido que el chef hace unos excelentes pasteles Dámskii caprice.”

“Por supuesto”, dice, dándole esa sonrisa educada y vacía de nuevo mientras los nudillos se le ponen blancos al apretar las manos en puños a los costados una fracción de segundo antes de obligarse a relajarlos.

Ay, debería ser un infierno. Hablar tan tranquilamente, actuar con tanta gracia, cuando cada movimiento del cuerpo es un recordatorio de que estás llena de mis juguetes, ardiendo por ser follada.

Antes de que pueda girarse, Yarema golpea la mano sobre la mesa, la madera crujiendo bajo el impacto.

“Aquí no manda una mierda nadie.”

La sala queda en un silencio absoluto. Kyzyl se tensa a mi lado, listo para moverse. Adil y mis hombres están listos con las armas, pero les hago un movimiento de cabeza casi imperceptible de negación.

Aliya no se inmuta. Ni siquiera me mira. Gira la cabeza despacio, con la expresión una máscara perfecta de educada atención, y se dirige al moldavo rabiando.

“¿Maestro Nikolai?”

¿Maestro?

Joder. La cosita sabe exactamente cómo jugar a este juego.

Nunca le di esa orden, pero lee la sala mejor que la mitad de los hombres que comando.

No está solo sumitiéndose; está elevando mi estatus, convirtiendo el estallido de Yarema en la rabieta de un niño desafiando a un emperador.

“Sí, pequeña cosa”, digo, con la voz un ronroneo bajo de aprobación. “Puedes hablar libremente.”

“Con todo el debido respeto, señor Yarema, usted entró en territorio ruso para causar el caos. Falló. Fue traído a esta mesa como acto de misericordia. Mi maestro desea traer paz y diplom acia a este lugar, una oferta que le beneficiaría enormemente, ¿y responde insultando su generosidad y su autoridad?”

“¿Quién coño te crees que eres?” gruñe, con las venas del cuello bulgeándole. Echa la silla hacia atrás con un chirrido violento y se abalanza sobre ella. La mano es un borrón apuntando a su cara.

Pero mi mano es más rápida. El mundo se estrecha a un único punto de enfoque. Antes de que los dedos puedan siquiera rozarle la piel, la pistola silenciada está en mi mano.

Aprieto el gatillo, y el cabrón de Yarema grita. Un chorro de carmesí pinta el aire, y unas pocas gotas oscuras salpican la tela azul del vestido de Aliya, marcándola con su sangre.

Cierra los ojos, el cuerpo se le pone rígido, pero no emite ningún sonido. Ni siquiera se inmuta.

“Ay, cállate de una vez”, digo, con la voz aburrida, mientras Yarema se sujeta la mano destrozada, la sangre brotándole entre los dedos. “Es solo una mano. Tienes otra. Ahora siéntate y sangra en silencio, o la siguiente bala te atraviesa el cráneo.”