Alguien cercano Capítulo 12 El rostro de la traición #6
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Capítulo 12 El rostro de la traición #6

Pertenecían a la maqueta.

Una representaba a Clara.

La otra, a Daniel.

—No las tires al lago —dijo Marta.

—No iba a hacerlo.

El niño colocó ambas figuras sobre una piedra cerca de la orilla.

—Solo quiero dejarlas aquí un momento.

Se sentaron en un tronco caído.

Durante varios minutos no hablaron.

El silencio no resultaba incómodo.

Era una forma de compañía.

—A veces sueño con mamá —dijo Samuel.

—¿Son sueños malos?

—No siempre. En uno está en la cocina. Yo sé que murió, pero ella actúa como si nada hubiera pasado.

—¿Hablan?

—Le pregunto dónde estuvo.

—¿Qué responde?

—Que estaba buscando el camino a casa.

Marta miró hacia el lago.

—¿Lo encuentra?

—Siempre despierto antes.

Samuel apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Crees que estaría enfadada porque no vivimos en su casa?

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tu madre amaba a las personas más que a los lugares.

—Pero quería esa casa.

—Sí. También quería que estuvieras seguro.

—¿Y feliz?

—Mucho.

—Todavía no soy feliz todo el tiempo.

—Nadie lo es.

—Pero algunas veces sí.

—Eso es bueno.

—No me siento tan culpable como antes.

Marta le besó la cabeza.

—Eso también es bueno.

Samuel miró las figuras.

—¿Podemos llevarlas de vuelta?

—Claro.

—No quiero dejarlas en el frío.

Guardó a Clara y Daniel dentro de su bolsillo.

Después se levantó.

—Quiero caminar un poco.

Avanzaron por la orilla, donde la nieve era firme.

No caminaron sobre el hielo.

No necesitaban demostrar nada.

Al regresar a Oakhaven, visitaron el Centro Familiar.

Estaba cerrado por la fecha, pero Marta tenía una llave.

Dentro, el edificio permanecía cálido.

Las plantas crecían junto a las ventanas. Había dibujos infantiles en las paredes y una mesa llena de cartas de personas que habían recibido ayuda durante el año.

Samuel entró en la biblioteca.

Sobre una estantería se encontraba la maqueta reparada.

La pequeña ciudad conservaba sus grietas. Algunas casas tenían maderas nuevas junto a piezas quemadas. El camino construido por Samuel continuaba hasta otra vivienda situada lejos del centro.

Había añadido una luz diminuta sobre el porche.

—¿Funciona? —preguntó Marta.

Samuel presionó un interruptor.

La lámpara se encendió.

—La arreglé con Elena.

—No sabía que trabajaban en esto.

—Era una sorpresa.

Marta observó la pequeña luz.

—Es hermosa.

Samuel colocó las figuras de Clara y Daniel junto al camino.

No dentro de la antigua casa.

Tampoco dentro de la nueva.

Entre ambas.

—¿Por qué están allí? —preguntó Marta.

—Porque no viven en ninguna de las casas.

—¿Entonces dónde están?

Samuel se encogió de hombros.

—Con nosotros mientras avanzamos.

Marta sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

No intentó ocultarlas.

—Estás llorando —dijo Samuel.

—Sí.

—¿Es malo?

—No.

El niño la abrazó.

Permanecieron frente a la maqueta hasta que la luz del exterior comenzó a desaparecer.

Antes de marcharse, Marta recorrió el edificio sola.

En la sala principal se detuvo frente a la placa de madera.

Pasó los dedos sobre las grietas.

Siempre tendrás una mano.

Durante el último año había comprendido que la frase no prometía una vida sin pérdidas. Tampoco significaba que alguien siempre llegaría a tiempo.

Marta había llegado demasiado tarde para salvar a Clara.

La policía llegó demasiado tarde para ayudar a Daniel.

Pero una mano también podía aparecer después.

Para levantar a un niño que no quería confiar.

Para acompañar a una hermana que no sabía cómo seguir.

Para reconstruir una casa, una maqueta o una vida sin fingir que las grietas nunca habían existido.

La puerta principal se abrió.

Samuel apareció con el abrigo puesto.

—¿Vienes?

—Sí.

Marta apagó las luces.

La lámpara del porche permaneció encendida.

Afuera había comenzado a nevar.

Los copos caían lentamente sobre Oakhaven, cubriendo las calles con una capa nueva. La ciudad parecía casi igual que la noche en que Clara murió.

Pero Marta ya no era la misma mujer que había conducido a través de la tormenta, esperando encontrar una explicación sencilla.

Sabía ahora que las personas podían ocultar codicia detrás de la bondad.

Que la cercanía no garantizaba lealtad.

Que el miedo podía llevar a alguien hacia el silencio o hacia la verdad.

También sabía que sanar no significaba olvidar.

Significaba aprender a vivir sin permitir que el peor momento de una historia se convirtiera en su único final.

Samuel tomó su mano.

—Está nevando otra vez.

—Sí.

—¿Te da miedo?

Marta miró el camino blanco frente a ellos.

Recordó la puerta entreabierta.

Las sirenas.

La voz de Clara.

Después miró la luz cálida del Centro Familiar.

—Un poco.

—A mí también.

—Podemos tener miedo juntos.

Samuel asintió.

Caminaron hacia el automóvil.

Detrás de ellos, sobre la entrada del edificio, el nombre de Clara permanecía iluminado.

Mateo había creído que la verdad podía enterrarse bajo dinero, documentos falsos y años de confianza.

Pero la nieve siempre terminaba derritiéndose.

Y cuando lo hacía, todo lo que había permanecido oculto volvía a aparecer.

Las huellas.

Las grietas.

Las pruebas.

Y también los caminos que conducían de regreso a casa.

FIN