Alguien cercano Capítulo 12 El rostro de la traición
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Capítulo 12 El rostro de la traición

La primera audiencia de Mateo Álvarez comenzó seis semanas después de su arresto.

Para entonces, la nieve todavía cubría gran parte de Oakhaven, aunque los días comenzaban a alargarse. El sol aparecía durante unas horas por la tarde y el hielo se derretía lentamente en los bordes de las carreteras.

La ciudad había cambiado.

El nombre de Clara Morales aparecía en periódicos, transmisiones locales y conversaciones pronunciadas en voz baja dentro de cafeterías y tiendas.

Personas que apenas la habían conocido hablaban de ella como si hubieran compartido toda una vida.

Algunos la describían como una empresaria valiente.

Otros, como una madre que había arriesgado todo para proteger a su hijo.

Marta evitaba leer la mayoría de los artículos.

Ninguna noticia podía explicar quién había sido realmente Clara.

No mencionaban cómo cantaba mientras cocinaba, aunque nunca recordaba bien las letras.

No hablaban de su costumbre de dejar una lámpara encendida en el pasillo para Samuel.

Tampoco sabían que guardaba botones sueltos en una taza vieja porque estaba convencida de que algún día encontraría la prenda a la que pertenecían.

Para el público, Clara se había convertido en una víctima.

Para Marta, seguía siendo su hermana.

Para Samuel, seguía siendo su madre.

La mañana de la audiencia, Marta encontró al niño sentado en la cocina de Laura, frente a un plato de pan tostado que no había tocado.

Llevaba una camisa blanca y un suéter oscuro. Había pedido escoger su propia ropa porque no quería que nadie lo vistiera “como si fuera un niño pequeño”.

—No tienes que venir —dijo Marta.

Samuel mantuvo la vista en el plato.

—Ya lo hablamos.

—Puedes cambiar de opinión.

—No voy a hacerlo.

Marta se sentó frente a él.

—No veremos todo el juicio hoy. Solo presentarán los cargos y algunas pruebas.

—Quiero verlo.

—¿A Mateo?

Samuel asintió.

—Quiero que sepa que no nos escondemos.

La firmeza de la respuesta le recordó tanto a Clara que Marta tuvo que apartar la mirada por un instante.

—No tienes que demostrarle nada.

—No es por él.

—¿Entonces por quién?

Samuel tocó la cadena que llevaba alrededor del cuello. De ella colgaba la pequeña llave que Clara le había entregado.

—Por mamá.

Marta extendió la mano sobre la mesa.

El niño colocó la suya encima.

—En cuanto quieras salir, me lo dices —pidió ella.

—No quiero que me preguntes cada cinco minutos si estoy bien.

—Intentaré no hacerlo.

—Y no me aprietes la mano demasiado fuerte.

Marta sonrió débilmente.

—Eso no puedo prometerlo.

Samuel comió finalmente un pequeño trozo de pan.

No porque tuviera hambre.

Porque sabía que su madre habría insistido.

El tribunal del condado estaba rodeado de periodistas.

Varias cámaras esperaban junto a la entrada principal. Los reporteros hablaban frente a micrófonos mientras detrás de ellos aparecía una imagen ampliada de Mateo.

La fotografía había sido tomada antes de todo aquello.

Mateo llevaba un traje oscuro, una camisa clara y una expresión serena. Era la misma imagen que había utilizado en eventos del negocio y campañas comunitarias.

Parecía confiable.

Esa era la parte que Marta encontraba más perturbadora.

El rostro de una persona culpable no siempre anunciaba peligro.

A veces sonreía en fotografías familiares.

A veces llevaba comida cuando alguien estaba enfermo.

A veces enseñaba a un niño a andar en bicicleta.

Rivas había organizado una entrada lateral para Marta y Samuel. Lucía los esperaba dentro del edificio.

La herida de su frente ya había cicatrizado, aunque todavía podía verse una fina línea rosada.

—La sala está llena —les advirtió—. Podemos colocarlos cerca de una salida.

—¿Estará Mateo esposado? —preguntó Samuel.

—Las esposas se retiran dentro de la sala, pero habrá agentes junto a él.

—¿Puede acercarse?

—No.

—¿Puede hablarnos?

—El juez no se lo permitirá.

Samuel asintió.

Marta notó que estaba respirando demasiado rápido.

Recordó el método que Clara le había enseñado durante momentos de miedo.

—Cinco cosas que puedes ver —dijo suavemente.

Samuel la miró.

—Dijiste que no preguntarías cada cinco minutos si estaba bien.

—No te lo estoy preguntando.

El niño comprendió.

Miró alrededor.

—Una puerta azul. El reloj. La ventana. Tu bolso. La placa de Lucía.

—Cuatro cosas que puedes tocar.

—La llave. El banco. Mi suéter. Tu mano.

Marta apretó sus dedos con cuidado.

—Tres cosas que puedes escuchar.

Samuel prestó atención.

—Personas hablando. Zapatos en el suelo. Una puerta cerrándose.

Su respiración comenzó a disminuir.

Lucía los observó en silencio.

—Estoy listo —dijo Samuel.

Entraron.

Mateo ya estaba sentado junto a su abogado.

Había perdido peso desde la última vez que Marta lo vio. Su cabello estaba más corto y llevaba un traje prestado que no se ajustaba bien a sus hombros.

Cuando Marta y Samuel aparecieron, levantó la cabeza.

Su mirada encontró primero a Marta.

Después se detuvo en Samuel.

El niño no apartó los ojos.

Mateo pareció querer decir algo.

Su abogado colocó una mano sobre la mesa y habló en voz baja. Mateo volvió a mirar al frente.

Marta y Samuel ocuparon sus asientos.

Entre ellos y Mateo había varias filas, dos agentes y un espacio que parecía mucho mayor que la distancia real.

Durante años, Mateo había estado demasiado cerca.

Ahora cada metro importaba.

El juez entró y la sala se puso de pie.

Comenzó la lectura de los cargos.

Homicidio por la muerte de Clara Morales.

Homicidio relacionado con la muerte de Daniel Morales.

Fraude financiero.

Conspiración.

Manipulación de pruebas.

Obstrucción de la justicia.

Incendio provocado.

Robo de identidad.

El secretario leyó cada acusación con una voz firme y sin emoción.

Samuel permaneció inmóvil.

Marta sintió que sus dedos se cerraban alrededor de los de ella, aunque le había pedido que no lo apretara demasiado.

Cuando el juez preguntó cómo se declaraba, Mateo se levantó.

—No culpable —respondió.

Un murmullo recorrió la sala.

Samuel se volvió hacia Marta.

—Confesó.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué dice eso?

—Su abogado puede discutir el significado legal de lo que admitió.

—Está mintiendo otra vez.

Marta bajó la voz.

—Ahora las pruebas hablarán por Clara.

Mateo volvió a sentarse.

No miró hacia ellos.

La fiscal presentó un resumen del caso.

No dramatizó.

No necesitaba hacerlo.

Explicó que Mateo había utilizado Northpine Consulting para desviar dinero del negocio familiar. Había falsificado documentos, copiado firmas y manipulado a personas con problemas económicos.

David Morales permitió que sus cuentas fueran utilizadas a cambio de pagos.

Ernesto Navarro aceptó dinero para mantener una disputa legal falsa contra Clara.

Tomás Vidal certificó informes fraudulentos.

Isabel Vega proporcionó identidades, datos y acceso a registros antiguos.

Todos enfrentarían cargos por sus propias decisiones.

Pero Mateo había dirigido el sistema.

El dispositivo AC-17 demostraba que tenía el control principal sobre las transferencias.

Las cuentas fiduciarias conducían hacia una empresa que lo señalaba como beneficiario único.

Los mensajes recuperados mostraban que daba instrucciones y amenazaba a sus colaboradores cuando intentaban abandonar el fraude.

Después, la fiscal habló de Daniel.

Mostró la solicitud que Daniel había enviado para cancelar el acceso de Mateo a Northpine. Presentó la grabación en la que Daniel expresaba sus sospechas. Explicó que Mateo lo había citado en la carretera aquella noche.

La fotografía del automóvil apareció en una pantalla.

La luz trasera destruida.

El parachoques hundido.

La pintura azul incrustada en el metal.

Después apareció una imagen del vehículo de Daniel, destrozado junto a la carretera.

Marta sintió que la mano de Samuel comenzaba a temblar.

—Podemos salir —susurró.

—No.

La fiscal continuó.

Mateo había admitido que golpeó el automóvil para obligar a Daniel a detenerse. Había reconocido que lo encontró vivo y que buscó documentos dentro del vehículo antes de marcharse.

No llamó a emergencias.

No pidió ayuda.

Protegió el fraude.

Cuatro años después, repitió la misma elección.

La pantalla mostró la escalera del ático.

No enseñaron el cuerpo de Clara. La fiscal había acordado con Marta evitar las imágenes más duras mientras Samuel estuviera presente.

Presentaron el audio.

La voz de Clara llenó la sala.

—No voy a darte el portátil.

Después se escuchó a Mateo.

—No quiero hacerte daño.

Algunas personas del público bajaron la cabeza.

Samuel cerró los ojos.

La grabación continuó.

La discusión.

La lucha.

El golpe.

La caída.

Después, la petición de Clara.

—Ayúdame…

Marta sintió que el aire desaparecía de la sala.

Había escuchado la grabación antes, pero cada vez parecía más dolorosa.

Quizá porque conocía el final.

Quizá porque una parte de ella seguía esperando que, al reproducirla otra vez, Mateo tomara una decisión diferente.

Que llamara a emergencias.

Que permaneciera junto a Clara.

Que eligiera salvarla.

Pero los pasos volvieron a alejarse.

Mateo había arrastrado a Clara bajo la escalera, había regresado por las pruebas y había huido.

La grabación terminó.

Nadie murmuró esta vez.

La fiscal miró al juez.

—El acusado puede afirmar que la caída no fue planeada.

Sin embargo, los hechos posteriores no fueron un accidente.

Esconder a Clara, negarle ayuda, robar el portátil y destruir pruebas fueron decisiones conscientes.

Mateo Álvarez no actuó una sola vez por miedo.

Construyó durante años un sistema basado en el engaño y eligió protegerlo por encima de dos vidas.

Marta miró hacia Mateo.

Su rostro permanecía inmóvil.

Pero tenía las manos cerradas bajo la mesa.

La defensa intentó presentar una historia diferente.

Mateo había cometido fraude.

Eso ya no podía negarse.

Pero, según su abogado, Northpine comenzó como una solución desesperada para salvar el negocio. Daniel había participado voluntariamente. Tomás expandió las operaciones sin autorización. David, Ernesto e Isabel tomaron sus propias decisiones.

Mateo no era un hombre que controlaba a todos.

Era uno de varios responsables.