Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Veintinueve
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Veintinueve

El camino por el pasillo fue estresante y reconfortante a partes iguales. Rok tenía a su compañera junto a él. Su aroma de compañera reclamada era inconfundible esa mañana. La sonrisa llena de confianza que le dedicaba mientras se adentraban en lo desconocido era lo más valioso del mundo.

Dado el trato que habían recibido, ya no creía que el Lykosium fuera a hacerles daño. Al fin y al cabo, Meadow no había tenido ocasión de hablar con nadie, y ahora que era verdaderamente su compañera, conseguir que prestara juramento sería cosa fácil, y el secreto licántropo quedaría a salvo.

O eso era lo que intentaba hacerse creer. En última instancia, el Lykosium decidiría, no él. Solo podía esperar que fueran razonables y que no creyeran las mentiras de su padre.

El oasis del jardín tenía el mismo aspecto de antes, pero en lugar de sentarlos en la Mano de la Verdad, los condujeron a una mesa con cuatro sillas.

Uno de los asientos ya estaba ocupado por una figura esbelta con túnica; era difícil distinguir cuál de las del día anterior.

Kit prefirió quedarse de pie detrás, con las manos a la espalda, aparentando despreocupación aunque claramente alerta.

—Siéntense —dijo la figura con túnica antes de descubrirse el rostro. Era una mujer de piel oscura y tersa, con ojos color ámbar. Su piel sin arrugas hacía imposible adivinar su edad, pero la experiencia en su mirada sugería que no era joven. No sonrió al inclinar la cabeza y presentarse—: Soy Luna.

—Como la diosa —respondió Rok mientras acomodaba a Meadow antes de sentarse él, preguntándose si el hecho de que una miembro del consejo hubiera decidido mostrar su rostro era buena o mala señal.

—Exactamente como la diosa —dijo con tono inexpresivo, y ladeó la cabeza—. Ambos sienten curiosidad por conocer nuestra decisión.

—Muchísima —exclamó Meadow. Sus dedos se entrelazaron con los de él sobre la mesa.

La mirada de Luna se detuvo un instante en sus manos entrelazadas.

—Hubo cierta discusión sobre su destino, especialmente dado el número de reglas que se han roto.

Algunas, hay que reconocerlo, escapaban a su control.

Por eso, en lo que respecta a que la Srta. Fields fuera expuesta a nuestra cultura, declaramos a Amarok Fleetfoot no culpable.

Se relajó.

—Ahora pasemos al cargo de que la Srta. Fields conoce nuestro secreto y no ha prestado juramento ante un alfa declarado.

—Porque no nos dieron tiempo —gruñó Rok.

—Eso se ha tenido en cuenta. Hemos constatado que, desde que descubrió la existencia de los licántropos, la Srta. Fields no ha tenido tiempo de hablar con nadie, lo que significa que aún tiene la opción de rechazar el juramento.

—¿Qué? ¿Desde cuándo? —soltó él—. Todos los humanos que conocen nuestro secreto deben hacer el Juramento. Es la ley.

—Una ley con cierta flexibilidad que pocos conocen. Si decide no jurar, es posible borrar sus recuerdos de haberte conocido y del tiempo que pasó en tu rancho.

—¿Borrarlos? —Meadow negó con la cabeza antes de que él pudiera rugir—. Pero no quiero olvidar.

Los ojos de Luna se arremolinaron por un instante, como si contuvieran muchos colores a la vez, antes de estabilizarse. —Parece que esa ya no es una opción, dado que el vínculo de reclamo se ha manifestado desde nuestra última reunión.

—Ya que estamos apareados y solo el Juramento se interpone en nuestro camino, deja que jure ante ti, aquí y ahora —exigió Rok.

—¿Puedo? —preguntó Meadow, mirándolo primero a él y luego a Luna—. Porque juraré solemnemente guardar sus secretos. Lo juro por lo más sagrado, que me muera si rompo esa promesa.

El semblante serio de Luna no se alteró ni un ápice mientras decía: —Te das cuenta de que el apareamiento y el Juramento te atan de por vida. No puedes cambiar de opinión. Esto es para siempre.

Meadow, fiel a sí misma, siguió hablando: —Entiendo, y aunque sé que es una locura, también es lo más emocionante que me ha pasado.

Conocer a Rok me ha cambiado la vida, y no me refiero solo a lo del lobo.

Él es ese final feliz de cuento de hadas con el que siempre he fantaseado.

Algo que en realidad no creía que pudiera existir hasta que lo conocí.

La sonrisa que ella le dedicó despertó en él todo tipo de emociones, entre ellas un instinto protector, lo que quizá explicaba el gruñido que soltó cuando Luna intentó disuadir a su compañera.

—Dices eso, pero aún no te has dado cuenta de cómo cambiará tu vida. Los secretos que tendrás que ocultarles a tus viejos amigos y a tu familia.

Ella se encogió de hombros. —En algún momento de la vida, todos crecemos y seguimos adelante. Entramos en relaciones que nos llevan a lugares nuevos. Y los secretos que ocultamos de nuestra vida anterior son los que nos unen a la nueva.

Él la miró parpadeando y soltó: —Joder, eso ha sido muy profundo.

Se le formó un hoyuelo en la mejilla al sonreír. —Me gusta leer libros de autoayuda.

—No hay ningún libro sobre ser la compañera de un licántropo —señaló Luna.

—Pero hay personas con las que puedo hablar. Como Rok, Nova y Astra. Incluso tú, si me das tu número para que podamos charlar.

Kit se rio entre dientes. Rok no podía creer que Meadow hubiera dicho eso. Y lo más asombroso: Luna casi sonrió.

—Podemos ofrecerte ayuda para la transición si la necesitas, aunque creo que te irá bien —dijo la otra mujer.

—Genial. Entonces, ¿cuándo y ante quién debo jurar?

—Meadow parecía ansiosa por hacerlo, aunque seguía argumentando—.

Aunque no veo cuál es la diferencia entre prometérselo a Rok o decírselo a un extraño.

O sea, es más probable que lo diga en serio cuando le digo a Rok que nunca haría nada que le hiciera daño.

—Le dedicó una sonrisa, y él sintió que algo se removía en su interior ante la sinceridad de sus palabras.

—Voy a vomitar —se quejó Kit—. Odio a los recién apareados.

—Solo porque aún no te ha pasado a ti —lo reprendió Luna.

—Hmph —fue la respuesta gruñona del hombre.

—Aunque tengo una pregunta —dijo Meadow—. ¿Este apareamiento significa que no habrá vestido blanco ni guerra de tarta? Porque sé que mi madre ha guardado su velo para mí, y mi padre siempre pensó que me llevaría al altar.

Rok le daría cualquier cosa que quisiera si salían de aquel maldito lío. —Podemos casarnos como tú quieras, pero me niego en redondo a desperdiciar tarta.

—Buen punto. El pastel es sagrado.

—Ejem.

Miraron a Luna, que se aclaraba la garganta.

—Aún no he dado mi veredicto.

—Ya estaríamos muertos si fuera malo —respondió Rok arrastrando las palabras.

Esta vez, a Luna le tembló claramente el labio.

—Nuestro fallo es que el juramento que Meadow Fields te hizo es vinculante y la vinculación está verificada. Por tanto, la Srta. Fields es libre de marcharse.

—¡Bien!

Exclamó y le echó los brazos al cuello.

Él le devolvió el abrazo, aunque una parte de él sabía que esto no había terminado. Luna no había dicho que él también pudiera irse.

—Puedes retirarte.

Luna despidió a Cierva con la mirada de ojos arremolinados fija en Amarok.

Meadow se levantó, solo para darse cuenta de que él no.

—¿Rok?

—El Sr. Fleetfoot saldrá enseguida. Él y yo necesitamos hablar un poco más.

—No. No me iré sin él —insistió Meadow con terquedad.

—¿Te tranquilizaría si te prometiera que no le pasará nada? Solo una charla rápida y luego será todo tuyo.

Meadow se mordió el labio antes de asentir.

Se levantó y la atrajo hacia sí para besarla, susurrando:

—Empieza a planear la boda porque nos casamos en cuanto lleguemos a casa.

—Puede que necesitemos un poco más de tiempo para organizarlo todo —respondió ella riendo, aunque eso no disipó del todo su ansiedad.

Meadow se fue con Kit, y Rok se quedó a solas con Luna. ¿Qué querría decirle? Supuso que tendría que ver con Samuel.

Se equivocaba.

—Ahora, a tratar el asunto de tu manada.

—No tengo manada.

El corazón le dio un vuelco porque sabía que había castigos severos para las manadas ilegales.

—¿Ah, no? Mis ojos y oídos me dicen que hay doce lobos viviendo en tu rancho, contándote a ti. Trece ahora con Meadow. Catorce cuando nazca el bebé.

Rok carraspeó.

—Deberías restar uno. Samuel mató a uno de los Weres mayores.

Luna hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Aun así, sigues muy por encima del límite de ocho.

Rok hizo una mueca. Sabía que había estado forzando los límites, pero ¿cómo iba a rechazar a nadie?

—Supongo que tendré que pedirles a algunos que busquen otro sitio.

Solo pensarlo le destrozaba, porque ¿cómo iba a elegir?

Una vez más, Luna ladeó la cabeza y lo inquietó con aquellos ojos.

—¿Para qué? ¿Nunca se te ocurrió pedir permiso para formar una manada?

—La verdad es que no.

Había vivido en una manada y no tenía ningún interés en repetir la experiencia.

—¿Por qué no? —preguntó Luna—. Resolvería tu problema y te permitiría acoger a más solitarios.

—Te olvidas de una cosa. Una manada necesita un Alfa, y no pienso dejar que un extraño venga a apoderarse del rancho de mi tío ni a maltratar a la gente como hacía mi padre.

—Comprensible, pero ¿por qué traer a un extraño si ya tienes un Alfa adecuado?

Frunció el ceño.

—¿Quién?

Reece era bastante organizado, pero un desastre para la disciplina. Gary era demasiado tímido. Bellamy sabía mantener el orden, igual que Darian, pero ninguno de los dos tenía madera de líder. Podría ser Nova. Las Alfas hembras eran poco comunes, pero las había.

Daba igual quién fuera. Si el rancho tenía un candidato, formar una manada sería la solución ideal.

Ya confiaba en todos, así que no tendría que preocuparse de que lo echaran de su propia casa, y no necesitarían a un extraño para los juramentos.

Incluso podrían ofrecer refugio a más Weres marginados que necesitaran un lugar donde encajar.

—No tienes ni la menor idea.

Luna chasqueó la lengua.

—Tú, Amarok Fleetfoot. Tú eres el Alfa.

Asimiló lo que acababa de oír y se echó a reír.

—No.

—Sí. ¿O no te has dado cuenta de que ya estás liderando una manada? Tomas las decisiones. Mantienes a tu gente a salvo y a raya.

Abrió la boca y la cerró. Frunció el ceño.

—Solo me aseguro de que pasemos desapercibidos y podamos vivir tranquilos.

—¿Y qué crees que es ser un Alfa?

—Pensaba que un Alfa era alguien nombrado por el Consejo Lykosium.

—En algunos casos, cuando no hay una elección clara, sí, intervenimos en la selección, pero la mayoría de las manadas eligen a sus Alfas y luego solo piden aprobación.

—Si normalmente es la manada quien elige, ¿no deberíamos preguntarle a la gente del rancho qué opinan? No puedes nombrarme su jefe sin más.

—¿Y si te dijera que ya están de acuerdo?

—Tendría que preguntar cuándo, porque nadie me dijo ni pío de que fueran a hablar con vosotros.

Aunque, pensándolo bien, la mayoría guardaba silencio sobre sus tratos con el Lykosium.

—Tienes amigos muy leales. Señal de una manada fuerte. Se han puesto en contacto con nosotros para defender tu caso y el de Meadow.

Enarcó las cejas.

—¡Se suponía que esos idiotas me dejarían manejarlo a mí! No quería que se metieran.

—Qué horrible debe de ser que te aprecien tanto —se burló Luna.

Esbozó una sonrisa irónica.

—Pues vaya Alfa estoy hecho, si no me hicieron caso.

—En realidad, el hecho de que les importaras dice más de ti de lo que pareces darte cuenta. ¿No fuiste tú quien dijo que un Alfa debería anteponer las necesidades de su manada a las suyas y proteger a los más débiles?

—Sí.

—Justo lo que llevas haciendo.

Hizo una mueca.

—Solo hago lo que hay que hacer.

—Y ahora el Consejo te va a dar el poder para seguir haciéndolo.

Luna se puso de pie, y él se apresuró a imitarla.

Ella siguió con la capucha puesta y se le unieron más personas ataviadas con túnicas. Él podría haberse puesto nervioso si ella no hubiera dicho:

—Amarok Fleetfoot, arrodíllate y presta juramento.

¿Qué juramento? No tenía ni idea de qué hablaba, pero aun así cayó de rodillas. Clavó la mirada en el suelo de piedra, y mientras el silencio se prolongaba —un silencio expectante que exigía que hablara—, las palabras acudieron a él.

—Juro solemnemente guiar a mi manada con honestidad y justicia, protegerla de todo daño, guardar su secreto, socorrerla en tiempos de necesidad, y no abusar jamás de ella ni permitir que nadie lo haga. Mientras viva.

En cuanto dejó de hablar, algo lo embargó. No fue un golpe ni una sacudida, sino una profunda sensación de plenitud en su corazón y su alma.

Luna sonrió.

—Levántate, Alfa. Ya no te arrodillas ante nadie.

Estaba a punto de responder cuando un mal presentimiento lo asaltó. Clavó los ojos en la puerta cerrada de la cámara y echó a correr hacia ella.

Meadow estaba en peligro.