Alas de cuero y gracia
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CAPÍTULO 1 LA JAULA DE CRISTAL
El mundo de Paula medía exactamente lo mismo que el trayecto entre su casa, la escuela y la iglesia.
A sus dieciséis años, mientras sus compañeras de clase descubrían los pasillos del centro comercial, compartían tardes de helados o planeaban salidas los fines de semana, ella conocía de memoria el diseño de las baldosas de su sala y el silencio sepulcral que dominaba su hogar.
Don Esteban, su padre, gobernaba la casa con una rigidez de hierro.
Para él, el mundo exterior era un nido de peligros y tentaciones diseñado para corromper.
Bajo el escudo de una fe estricta y mal entendida, había construido una jaula invisible alrededor de su única hija.
Paula no tenía permitido usar redes sociales, no podía recibir llamadas que no fueran supervisadas y sus amistades se contaban con los dedos de una mano, todas aprobadas previamente bajo el severo filtro paterno.
Su madre, una mujer sumisa y moldeada por las mismas reglas, prefería callar y bajar la mirada antes que contradecir las órdenes del patriarca.
—La disciplina es el único camino para mantener el apellido limpio, Paula —le repetía su padre cada vez que ella intentaba asomarse a la ventana de la libertad.
Sin embargo, el calendario avanzaba y los diecisiete años de Paula estaban a la vuelta de la esquina.
En la escuela, su pequeño grupo de compañeros notaba su eterno aislamiento.
Aunque era una joven tímida, su dulzura se había ganado el cariño de los de siempre.
Por eso, cuando supieron que su cumpleaños coincidía con el final del trimestre, decidieron organizar una convivencia.
No era una fiesta en una discoteca ni nada parecido; se reunirían por la tarde en la casa de uno de ellos para comer "picaíllos", tomar refrescos y escuchar música.
Para Paula, la invitación fue como un rayo de luz en una habitación oscura. Quería ser una chica normal, al menos por dos horas. Quería saber qué se sentía reír con amigos fuera del horario escolar sin mirar el reloj con pánico.
Esa noche, durante la cena, el tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido en el comedor. Paula apretó las manos debajo de la mesa, respiró hondo y reunió el valor que había estado acumulando durante días.
—Papá… —su voz sonó pequeña, pero firme—. Mis compañeros de la escuela organizaron una convivencia el viernes por la tarde. Es para celebrar mi cumpleaños diecisiete. Solo iremos los del salón. Quería pedirte permiso para ir.
El silencio que siguió fue asfixiante. Don Esteban dejó lentamente el tenedor sobre el plato y clavó sus ojos severos en ella. La madre de Paula contuvo el aliento.
—¿Una convivencia? —preguntó el hombre, arrastrando las palabras—. Sabes perfectamente lo que pienso de esas reuniones laicas. No tienes nada que hacer fuera de esta casa después de clases.
—Por favor, papá —insistió Paula, sintiendo un nudo en la garganta y lágrimas de frustración amenazando con salir—. Nunca salgo a ningún lado. Van a estar los compañeros de siempre, los que tú conoces de las tareas en grupo. Serán solo dos horas. Te prometo que regresará antes de que caiga el sol.
Paula miró a su madre en un ruego silencioso, y por primera vez en años, la mujer intercedió, quizás conmovida por la tristeza en los ojos de su hija.
—Esteban… la niña ha sido muy obediente este año. Sus calificaciones son perfectas. Son solo los muchachos de la escuela, en una casa. Tal vez… tal vez deberías dejarla ir esta vez.
Don Esteban miró a su esposa, sorprendido por la interrupción, y luego regresó la vista a Paula.
Evaluó la situación durante un minuto eterno que pareció una hora.
El orgullo de ver sus notas perfectas y la presión de no parecer un tirano ante los ojos de la propia comunidad si alguien se enteraba, lo hicieron ceder, aunque de mala gana.
—Está bien —sentenció, apuntándola con el dedo—.
Irás. Pero con condiciones estrictas. Te dejaré en la puerta a las cuatro de la tarde y te recogeré a las seis en punto.
Ni un minuto más, ni un minuto menos. Si te desvías una sola calle o desobedeces, no volverás a ver el sol fuera de esta casa hasta que seas mayor de edad. ¿Queda claro?
—Sí, papá. Muchas gracias —respondió Paula, esbozando una sonrisa auténtica después de mucho tiempo.
Al subir a su habitación esa noche, Paula miró el calendario en la pared.
Tachó el día con un marcador rojo. Sentía una mezcla de nerviosismo y una inmensa ilusión.
Para ella, ese viernes no solo representaba celebrar sus diecisiete años; representaba su primer paso hacia el mundo real, su pequeña tregua con el cautiverio.
Se durmió imaginando las risas, la música y los pasteles, sin tener la más mínima sospecha de que aquel permiso, por el que tanto había rezado, se convertiría en la llave que abriría las puertas de su peor pesadilla.