Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69

Los siguientes días transcurrieron de manera vertiginosa para Kylian: reuniones extenuantes con los abogados.

Kasha, completamente incomunicada, no paraba de llorar pues ya sabía quién era Joe y el hecho de que la había utilizado.

Su padre, vigilado, permanecía a su lado sintiéndose, sin remedio, en gran parte culpable.

Estar con ella en medio de esa pesadilla lo estaba haciendo caer en cuenta de su propia cobardía.

Kylian tan solo se comunicaba por teléfono con Kasha y Káran, a través del equipo de seguridad que la mantenía incomunicada. Fue así como comprendió que su hermano tenía razón: Joe no la quería. Ella, crédula, estúpida, actuó de una manera baja y delictiva con tal de tenerlo a su lado.

Estaba muy avergonzada, sufriendo de ansiedad, ataques de estrés, tanto que un médico había tenido que recetarle calmantes.

Aún no entendía por qué Londo Streoss estaba cooperando, por qué no había buscado que pagara por el delito que sí cometió.

Se sabía responsable, una delincuente y el que ese hombre fuese magnánimo con ella no solo dejando atrás cualquier reclamo, sino ayudando con contactos en el área penal que guiaran el caso de manera que no tocara prisión, la tenía en shock y sintiéndose miserable.

Lo cierto es que su hermano estaba cargando con todo ese asunto, como solía, siendo el pilar en el que siempre se recargó y eso la hundía más.

Kylian había sido esa figura imponente e importante que necesitó, quien la cuidaba para que nadie se metiera con ella en el colegio, quien la arropaba por las noches cuando nadie más lo hacía, quien estaba al tanto de que no se saltara comidas como a veces le ocurría al perderse en esa cabeza llena siempre de números.

Kasha siempre fue rechazada, una niña con ese coeficiente no lograba encajar en ningún sitio, la atormentaban también pues a pesar de ser hermosa, no tenía habilidades sociales, es por ello por lo que en los números siempre encontró esa seguridad y refugio que el mundo le negaba, salvo su hermano, cuando no estaba ocupado tratando de ser un adulto con apenas edad para sacar carnet de conducir.

Era buena para hacer predicciones en base a cálculos, para entender el movimiento de los mercados, pero en su vida personal era muy diferente y la necesidad de encontrar aprobación, cariño, dulzura, protección, la habían llevado una y otra vez a hacer cosas tristes, muy tristes, como entregar su cuerpo sin deseo alguno, responder exámenes por otros chicos, hacer el trabajo de una de sus parejas, pues era recompensada con palabrería tierna y caricias lentas.

Pero de todo lo hecho, sin duda, esto había sido lo peor por mucho y es que Joe se había metido bajo su piel, en su corazón, convirtiéndose en lo que necesitaba, en lo que deseaba.

Ahora, alejada de la situación, de acuerdo con los propios cálculos, la improbabilidad estaba clara a millas de distancia, pero su corazón siempre había sido idiota y solía imponerse a su cabeza, pues esta solo le había servido para que la usaran y aprovecharan, tal como en ese momento.

Kylian, por otro lado, cada día se sentía más perdido, hundido era la palabra. No dormía bien, estaba perdiendo peso y pasaba horas absorto en la foto que tenía de su boda, esa que obligó a que ocurriera y que, aun así, había sido un día que jamás olvidaría.

Sabía por Londo que Samantha estaba bien, le mandaba mensaje cada tanto, mismos que ella respondía de manera escueta.

Los papeles de divorcio esa tarde se los había hecho llegar, ni siquiera había querido revisarlo, él acataría las condiciones que ella estableciera, las que fueran.

Se la debía, pero eso no lo hacía sencillo, en lo absoluto.

Era consciente, también, de que debía sincerarse con Londo, aún no daba crédito del apoyo discreto que estaba recibiendo por su parte, de sus atenciones y tacto respecto al tema de Kasha.

Gracias a él, su hermana menor tenía muchas posibilidades, aunado a la confirmación por parte de la investigación que realizaron los árabes, donde encontraron una serie de irregularidades bastante oscuras en la vida de Gadrick, mismas que lo vinculaban incluso en la desaparición de algunos hombres.

El tema sería imposible no escalarlo, pero ellos estaban decididos a deslindarlo del Grupo Abdú y en breve el dinero sería devuelto pues aún lo tenía en su poder cuando fue detenido, situación que beneficiaba a Kasha, quien, a su vez, había entregado todo el material original de la contabilidad y que, por lo mismo, los abogados estaban consiguiendo que el evento se diluyera como si nada hubiese pasado.

Aun así, perdería la acreditación para ejercer en finanzas y tendría que realizar trabajo comunitario. Eso era si el asunto llegaba a buen término.

A pesar de que las cosas para su hermana estaban saliendo mejor de lo que imaginó, su vida se sentía miserable, tan malditamente gris. Mandar esos papeles a la pelirroja le había costado que su pecho, ya agotado y dolido, terminara de romperse.

Al día siguiente hablaría con el que había sido su suegro. No podía retrasar más esa conversación y era consciente de que las cosas se saldrían de control, de que a lo mejor, la misma Kasha saldría afectada por ello, aunque era lo que le correspondía.

Por lo mismo tenía la botella de bourbon abierta, ya había perdido la cuenta de las copas que había bebido mientras tocaba en la oscuridad del penthouse el piano sin poder detenerse, cuando las puertas del elevador se abrieron.

Arrugó la frente achicando los ojos, debido a la luz que se filtraba y supo quién era enseguida pues su pulso se detuvo al igual que sus manos.

¿Qué hacía ahí?

Samantha lo observó a lo lejos; lucía desalineado, despeinado, llevaba una camisa blanca abierta, descalzo y con pantalones de vestir, en medio de aquella penumbra lucía casi irreal, hermoso.

Apretó los papeles que llevaba pegados a su pecho, decidida.

—Hola, Kylian —murmuró con suavidad, acercándose despacio. El hombre parecía suspendido, no respirar incluso, solo mirándola sin pestañear. Con las piernas temblorosas, haciendo un enorme esfuerzo para ocultarlo, consiguió llegar hasta el piano.

De cerca era evidente que no se encontraba bien, sus ojeras eran profundas, lucía pálido y desmejorado, además de quizá, un poco ebrio pues el ambiente olía a whisky, ese que tenía abierto en la mesilla de a un lado, a medio tomar.

Con movimientos serenos, sintiendo el pecho apretado, palpando el dolor que existía entre ambos, el vacío, la distancia, dejó los papeles que había recibido por la tarde sobre la superficie de madera oscura.

Kylian tan solo siguió sus movimientos con el iris. Sam pasó saliva, a pesar de todo lo ocurrido ese hombre ejercía sobre ella la misma maldita atracción que desde el primer momento, o más, pues ahora sabía lo que él sentía, lo que ella también.

Mierda, es que ansiaba pasar una mano por sus hebras rebeldes, acariciar su rostro, abrazarlo hasta que su expresión se asemejara a la que vio en Grecia.

Pero eso ya no era posible, ahora tenía bien claro que Kylian estaba roto de muchas formas y, en medio de eso, rompió lo que existía entre ambos.

No se consideraba una víctima, eso jamás, porque sí, la chantajeó y usó, quizá, pero Sam tenía bien claro que los sentimientos de él ya estaban involucrados desde antes de casarse, que lo que sentían era real, pero el miedo lo había apresado, ahora pagaba el precio, uno que no le correspondía a nadie salvo al que aún era su marido.

—Vine por algunas de mis cosas, luego mandaré por lo demás, si no te molesta —continuó ya que él parecía no tener la intención de hablar, ni de moverse o respirar.

Cuando, horas atrás, había leído los papeles en su habitación, a solas, un mareo logró desestabilizarla.

Sin soltarlos se sentó en la cama, aturdida.

No tenía idea de qué sentir, de cómo enfrentar lo que pasaba, pero el instinto le dictaba los pasos que debía dar para no permanecer inmersa en esas pérdidas que la estaban consumiendo, que hacían sangrar su pecho como heridas abiertas que tardarían mucho tiempo en cicatrizar.

Ella necesitaba sanar la partida del pequeño que jamás conocería, necesitaba reconstruirse de alguna manera. No sabía cómo lo conseguiría, pero estaba convencida de que lo siguiente que haría era lo correcto.

Así que ahí estaba, frente al hombre que amaba, decidiendo el camino de las cosas por primera vez.

Kylian negó despacio, evidentemente tenso.

Sam aprovechó y dio la media vuelta, dirigiéndose en medio de aquella atmósfera densa hasta la que había sido su habitación durante unas semanas.

Al entrar apretó los puños con fuerza, cerró los ojos y entró al vestidor, sacó una maleta, la puso sobre una banca, dejó salir un suspiro y comenzó su labor.

Mientras tanto, en la otra parte de la casa, su marido aún continuaba sentado sin poder quitar su atención de aquella carpeta. Temblando alzó un brazo y la tomó. Su corazón bombeaba de una manera frenética, sentía un sudor helado recorrer su columna vertebral y la saliva espesa.

Lo sacó con cuidado, el nudo en la garganta le dificultaba el tragar, ahí terminaba todo y tener las pruebas de ello entre sus dedos, dolía más que nada en el mundo.

Entonces notó algo, frunció el ceño desconcertado, poniéndose de pie.

Se acercó a una de las mesillas, encendió la lámpara de piso y pasó hoja tras hoja.

No los había firmado. Notó sin comprender el motivo. Alzó el rostro y miró hacia las escaleras. Sam no había firmado el divorcio.

Sin saber cómo interpretar lo que ocurría, avanzó deprisa hasta donde ella estaba, al entrar se detuvo de nuevo. Aquella maleta ya tenía varias prendas dentro, colocadas de manera descuidada. Sus ojos enseguida conectaron, Sam dejó de moverse.

La amaba, la amaba tanto…

—¿Por qué? —preguntó entonces Kylian, reuniendo valor, uno que con esa mujer se diluía.

La joven ladeó la cabeza, estaba triste, desmejorada también, pero tan hermosa como siempre.

—Porque esta vez, decidiré yo —determinó con una seguridad que lo dejó helado.