CAPÍTULO 66
Cuando Madelene vio a su hija salir del ascensor con los ojos rojos y la carita empapada, se acercó enseguida para resguardarla entre sus brazos. La joven inmersa en un espiral de confusión y sentimientos aferró el abrigo de su madre sollozando, sintiendo los besos que esta dejaba en su sien.
—Tranquila, mi niña, tranquila.
—Quiero ir a casa —la escuchó decir. La mujer asintió acariciando su cabeza.
Una vez en el auto, el mismo escolta que había estado afuera de la propiedad Streoss las siguió, pero ellas no le dieron importancia. Madelene condujo en silencio, mientras Sam perdía la atención en el exterior, pensativa, aún lagrimeando.
Le dolía mucho verla así, saberla pasando por esa pérdida y, además, distanciada de su marido.
—Me quedaré en casa por un tiempo, ¿está bien? —preguntó de repente, con voz apagada. Su madre tomó una de sus manos y le dio un apretón.
—Es tu casa, hija, el que quieras.
Sam aspiró hondo, se llevó una mano al vientre y la cerró en un puño. Las cosas se habían derrumbado sin que pudiera hacer nada para impedirlo, tampoco debía quizá, pero no permitiría que su vida siguiera siendo dirigida. Ella elegiría esta vez.
Kylian permaneció sentado en el sofá del recibidor hasta el momento en el que llegó la llamada que tanto esperaba. Era el número de aquel hombre.
—Está hecho. Todo lo mandé al correo que me proporcionó, así como links a páginas seguras para su descarga o visualización. Le adjunto ahí mismo la suma a liquidar. Cualquier duda puede contactarme. Hasta pronto.
Y así, como si le hubiese mandado cualquier cosa, colgó. Se levantó inhalando con fuerza. Se sentía mareado, cansado, derrotado, aun así, anduvo hasta su ordenador y encontró lo prometido.
Antes que nada, realizó la transferencia. Era una suma obscena, pero para ese momento le importaba un carajo, más viendo la cantidad de información que había recolectado en tan solo horas.
Con el pulso acelerado, decidió que necesitaba un café antes de adentrarse en ese tema y una vez que tuvo la taza en mano, abrió el primer documento.
Amanecía cuando acabó de leer la mayoría. Mensajes de texto, audios, documentos, cuentas bancarias, estrategia. Nauseabundo se llevó las manos al cabello, jalándolo.
Kasha había caído en manos de ese imbécil de una manera ridículamente estúpida.
Joe era un hombre muy preparado, que había conseguido escalar por medio de situaciones algo turbias hasta el punto en el que se convirtió en uno de los empleados de confianza de uno de los cabecillas de finanzas del grupo árabe con el que tenía el contrato.
Era un tío cuidadoso, de bajo perfil, que amasaba una buena fortuna. Hasta ese momento, cada paso lo había dado con cautela y con cuidado. Había ido adquiriendo montos de cada transacción que no llamaran la atención, montos que en su suma eran de considerar, pero para el tal Joe no era suficiente.
Kasha y él se conocieron cuando comenzaron las negociaciones. De forma premeditada fue embaucándola sutilmente y su hermana, como siempre, presa de los imbéciles, terminó cayendo después de imaginar que cumpliría cada promesa y que nada pasaría pues pecaba de saberse un cerebrito ambulante.
Imaginó, no sin acertar, que simplemente Londo acabaría siendo el responsable.
Los árabes tendrían que ser indemnizados y la constructora de Kylian no se vería afectada pues no eran los responsables directos, al contrario, eso haría que Streoss Services se debilitara, entonces los planes de adquirirla fuesen más sencillos para su hermano.
Muy altruista su actuar, pensó debido a la ironía que eso encerraba.
Ella crédula, Joe un lobo de mar bajo la piel de un cordero.
Fue así como le vendió la idea de una manera formidable, única en realidad.
Pero era asqueroso. La usó y aunque algo lo hacía sentir igual que a ese hombre, le quedaba el consuelo de jamás haberle mentido a Sam, las cosas siempre fueron claras entre ellos.
Entre los dos orquestaron todo aquello tomándose su tiempo; Joe embaucando, Kasha ejecutando y de qué santa manera. Si algo debía reconocer era lo impecable que su hermana era, lo brillante.
Pero confiaron demasiado en su bajo perfil, ese fue su error.
Jamás imaginaron que se toparían con una familia como los Streoss, que el mayor de ellos no se quedaría con los brazos cruzados pues, para su sorpresa, la decisión de Kylian de unirse a Sam por sus propios motivos puso en peligro el robo.
Sin embargo, Kasha pronto notó que las cosas eran turbias y que su hermano también buscaba su propio beneficio, entonces lo puso aún más sencillo pues pasara lo que pasara el culpable sería Londo y Kylian ni siquiera permitiría que entrara a prisión.
Una jugada maestra vista desde cualquier ángulo, aunque ingenua si pensaban que los Streoss estaban involucrados, pero eso era algo que ellos ignoraban: la manera que tenían de conducirse.
Se sentía reventar de ira.
Ese par fueron actuando conforme pasaban las cosas de manera calculada.
La meta era conseguir ese dinero y el muy hijo de puta pagar una deuda enorme que había adquirido en su juventud con unos mafiosos que lo tenían bien amenazado y que mantenía contentos con los trabajos que iba dándoles pues les regalaba información de empresarios importantes con los que los árabes se codeaban para que la usaran a su favor.
Pero deseaba terminar con esa vida y hacer la propia, así que darle el golpe final le garantizaba conseguirlo. Kasha fue la herramienta perfecta y ahora la culpable de un fraude millonario.
Cabreado hasta lo indecible, golpeó con el puño la pared tantas veces que sus nudillos se abrieron y el muro se tiñó de su sangre. Se sentía fuera de sí, absolutamente contrariado. Se dejó caer sobre el piso aferrándose la cabeza, sudoroso.
Ese tal Joe era mezquino, al igual que él no lo podía negar, y tal como Kylian, usó a la hermana de alguien para conseguir sus propósitos.
No, nada los diferenciaba salvo que Kasha tendría que pagar por eso, que su vida estaba manchada y que no podría evitar que terminara en prisión y, Dios, se lo merecía, pero dolía.
¿Cómo era que los dos habían terminado así?
Joder, gruñó golpeando con la nuca la pared.
Se dio una ducha envuelto en un trance. Necesitaba dormir, pero su padre y hermana no tardaban en llegar, Káran ya había aterrizado en Boston.
Al salir de su habitación, escuchó los discretos pasos de Gina; ya preparaba el almuerzo que, por órdenes suyas dadas a Lautaro, debía estar listo a las doce.
Aturdido respondió la llamada de Maxime, se dirigió al vivero y le contó grosso modo lo que había descubierto dejándola helada, perpleja.
—¿Qué harás?
—Lo que es correcto —respondió como un autómata.
—Kylian, ¿estás seguro? Ibas a proteger a tu suegro, ella es tu hermana…
—Y cometió un delito, uno bastante enrevesado.
—Joe la usó.
—¿Eso la exime? ¿Crees que de haberlo conseguido se habrían sentido culpables?
—Kasha es brillante, sí, pero emocionalmente no y… la hubiera terminado rompiendo —susurró su abogada con un dejo de amargura, una que sabía llevaba algo de verdad.
—Hoy la enfrentaré. Mientras tanto ya te mandé todo. Procede, Max, ella no saldrá de este apartamento.
—¿Kylian?
—Consigue una junta para hoy en la noche con el grupo Abdú, los enteraré de todo personalmente. No haré este lío más grande, pero lo terminaré de raíz.
—Sabes que pueden protegerlo, ¿no?
—Sí, es un riesgo.
—Pero…
—Organiza eso, revisa lo que te mandé. Apóyate en Lola, ella es discreta.
—Bien, te mantengo informado.
Con el pecho hundido y sintiéndose derrotado, pasó las yemas de los dedos por las peonías, se las llevó a la nariz y cerró los ojos. Su vida sin esa pícara mirada se volvería a extinguir, pero ahora más que antes porque sabía qué era lo que había perdido en el camino.
Bajó despacio cuando fue informado de que habían llegado, Káran sereno, sonrió al verlo.
—Hola, hijo. Qué grata sorpresa esta invitación —expresó con desenfado. Kylian asintió y posó su atención en Kasha, que llevaba un vestido negro, entallado, con un moño apretado, impecablemente maquillada y con esa mirada tímida que ocultaba tras sus gafas. Cerró los puños lleno de ira.
—Una reunión cada tanto es importante, ¿no? —mintió fingiendo. Saludó a su padre y luego tomó del brazo a Kasha con firmeza y plantó un beso frío en su mejilla, gesto que ella respondió como siempre; lejana.
¿Cómo era posible que hubiese caído en esas mentiras? ¿Cómo alguien tan inteligente podía ser tan estúpido? ¿Cómo se prestó a algo así por el amor de un hombre?
Después de unos minutos en los que sostuvieron una conversación ligera, impersonal, donde Kasha hizo gala de su perfecta educación con aquella fachada de mujer sofisticada, callada e inaccesible, y en las que Kylian tuvo que poner todo de su parte para no hacer ninguna estupidez, pasaron al comedor.
—¿Y tu mujer? —preguntó su hermana, cauta, humedeciendo enseguida los labios con la mimosa, empleando aquellas expresiones cargadas de ingenuidad.
Kylian sintió fuego en el medio del estómago, no soportaba siquiera que la mencionara. Apretó la servilleta de tela que descansaba sobre sus muslos.
—Sí, imaginé que la invitación sería en familia —completó Káran, con tranquilidad, sonriendo.
—Esto no es una familia, ni siquiera se le acerca a una —escupió Kylian ya sin poder detener el veneno que lo recorría. Ambos lo observaron desconcertados, más por su notoria falta de contención que por lo dicho.
—Lo es, hijo, y espero que pronto crezca —corrigió su padre, para luego darle un trago a su bebida, sereno, intentando quitar hierro a lo dicho.
Pero Kylian estaba harto de eso, de los silencios, de las negligencias, de fingir, pero lo que terminó su endeble control fue pensar en ese hijo que perdió, rabioso aventó la servilleta sobre el plato lleno de alimentos poniéndose de pie.
—La única forma de que la familia crezca es si tú, como tantas veces, te revuelcas con una de esas mujeres que sabes lo que buscan de ti.
Así que deja tus estúpidos egoístas deseos, porque estoy malditamente harto de limpiar tu mierda.
De ahora en adelante lo harás tú, padre —rugió rabioso empleando un tono absolutamente gélido, dejando a su progenitor pálido.
—¡Hermano! —lo reprendió Kasha, escandalizada. La miró y comenzó a reír de forma diabólica.
—¿Te molesta lo que acabo de decir?
—Hijo…
—Si es la verdad, y en parte gracias a su cobardía tú estás metida hasta el puto cuello en un jodido fraude que te llevará a prisión, «hermana» —soltó serio, indiferente, evaluándola.