CAPÍTULO 61
No dejó de temblar durante todo el trayecto. No se había sentido siquiera capaz de tomar el volante. Así que Lautaro condujo, como en ocasiones ocurría, un tanto desconcertado, esa era la verdad; jamás había visto a su jefe así: pálido, con semejantes ojeras y desmejorado en lo general.
Estaba al tanto de que la situación con su esposa no era sencilla; ser su escolta repercutía en estar al tanto de cosas a las que no buscaba enterarse y, debido a ello, estaba seguro de lo mucho que esa mujer le importaba, joder, bastaba verlo a su alrededor.
Esa joven era su mundo, algo difícil de asegurar en un hombre que, durante todo el tiempo que llevaba de conocer, jamás había mostrado ni un ápice de sentimientos o predilección por alguien, en su definición, vivía desapegado, hasta ese momento.
En cuanto llegaron, Kylian bajó de un brinco y corrió desesperado. Cuando iba a pedir informes, lo interceptó la madre de Sam.
—¿Cómo están? ¿Qué pasó? —preguntó de forma atropellada, sudoroso, desencajado. Madelene lo tomó de los brazos deteniéndolo, sus ojos vidriosos decían más de lo que quería saber. Negó aturdido mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
Las últimas semanas estaban siendo una puta pesadilla, pero ese día un jodido infierno, uno que, lamentablemente él creó.
—Te llevo con ella, Valentin está ahí.
La siguió en silencio, transpirando, necesitaba verla. La mujer se detuvo frente a una cortina de urgencias, buscó su mirada, apretó su antebrazo y abrió para que pasara.
Kylian sintió sus piernas fallar, su vida tambalearse como nunca. Su pelirroja yacía recostada, pálida, llorosa sobre esa camilla blanca. Su hermano, que se encontraba a su lado, dejó de acariciar su cabeza al verlo entrar. Entonces Sam volteó y lo poco que lo sostenía terminó de derrumbarse.
—Los dejo solos —habló Valentin, saliendo de ahí un segundo después sin decir nada. Ninguno se movió durante un largo segundo, el mismo en el que quedaba claro todo lo que ya se había roto, lo que ambos padecían, el dolor que los sostenía.
Reuniendo el valor que ya no tenía, se acercó buscando su mano, pero esta la quitó evitando su contacto.
—Ya no está —logró decir Samantha con voz rota, arrugando con su puño la tela que cubría su vientre ahora vacío—. Ya no está —sollozó apretando los ojos, su cara enrojecida y trastornada por el dolor, lo hundió otro tanto. Sus ojos ardieron y negó asustado, asustado de verdad.
Ella y ese pequeño ser que debía crecer seguro en su interior, eran su familia, pero frente a sus ojos estaba desapareciendo, él mismo los llevó a ese punto y jamás se lo perdonaría, nunca.
—Yo… —murmuró inseguro. Sam no volteó, ni siquiera parecía haberlo escuchado.
—Era mío, y ya no está. No está —prosiguió rompiendo en llanto.
Aturdido con el rostro húmedo por las lágrimas de otra pérdida en su vida, terminó con la distancia que los separaba y la atrajo a su pecho.
La mujer, su mujer, sujetó su camisa con fuerza y dejó salir el dolor, la impotencia—.
No lo conoceré jamás, era mío, Kylian, era mío —continuó llorando mientras él la apretaba contra sí, intentando absorber ese dolor que le sabía a ácido.
La sostuvo por largo rato, hasta que la cortina se abrió y un médico entró, entonces la revisaron en medio de un silencio cargado de angustia, donde ninguno habló mientras él sujetaba su mano, misma que ella apretaba con fuerza.
Después de la explicación sobre el aborto espontáneo, pudieron darla de alta.
Cuando estuvieron solos de nuevo, una nueva grieta entre ellos surgió, ahora peor porque él sabía que no tenía derecho, que la vida le estaba aventando en la cara todo lo que hurtó, que solo había entrado a la existencia de esa mujer para arruinársela, para herirla de formas en las que quizá nunca olvidaría.
—Sam… —susurró buscando sus ojos, pero ella negó alejándose. Lucía como un gatito herido.
Aspiró con fuerza, apretando los puños.
—¿Puedes llamar a mi madre? —preguntó sin verlo. Lo hizo de inmediato, Madelene entró y entonces Samantha volvió a sollozar entre sus brazos.
—Lo lamento tanto, mi niña. De verdad lo siento mucho, muchachos —murmuró Madelene, buscando con los ojos a Kylian, quien tenía la mirada extraviada.
No podía dar crédito de todo lo que estaba ocurriendo, pero le dolía muchísimo que su pequeña estuviera atravesando algo así, Samantha no debía pasar por algo como eso.
—Mi bebé, mamá —suplicaba su hija atormentada, mientras esta la consolaba. Valentin, quien había entrado también y había estado al pendiente de la situación, se acercó a Kylian y apretó su hombro.
—Lo lamento —dijo serio. Carig solo asintió, entumecido.
—Quiero ir a casa —habló Samantha, quitándose la manta.
Kylian la detuvo enseguida, temiendo que se cayera o se hiciera más daño, pero su esposa se quitó de su agarre, dejándolo peor, comprendiendo que no era a quien necesitaba, que la contención que requería no la buscaría en él y que ese era el principio del final que estaba escrito desde que, ciego, eligió un camino torcido y egoísta.
No era mejor que su padre, ese a quien tanto juzgó.
Por lo menos Káran había tenido las agallas de amar con esa intensidad que lo nubla y su madre siempre lo supo, mientras él antepuso el poder, la ambición, luego el miedo y ahí estaban, cayendo del precipicio que construyó.
Káran fue débil, pero él era un cobarde.
—Lo mejor será que vayas a casa de tus padres —se escuchó decir con tono monocorde.
Samantha lo encaró horrorizada, pero no objetó, ya no soportaba más, de verdad que ya no, así que sujetó la mano de Madelene quien la rodeó confusa, buscando los ojos del esposo de su hija, de Valentin también, quien lucía serio pero extrañamente complacido con esa petición.
—Pediré una silla de ruedas —avisó el médico y salió de ahí.
—Kylian… —intervino Madelene, pero Samantha y él se miraban fijamente; algo iba mal, muy mal y no solo era lo que acababa de ocurrir, ambos lucían derrotados de muchas maneras y lo que más temió de aquel matrimonio apresurado, estaba ocurriendo.
—La necesitará, Madelene, es su madre —declaró el hombre con voz rota, sin quitar su atención de aquellos iris azules que amaba, que debía dejar ir; ya no podía dañarla más.
—¿Hija? —preguntó Maddy, desconcertada. Claro que quería cuidarla personalmente, pero su lugar era junto a su esposo, ambos debían pasar juntos por eso.
—Está bien, ma. Solo… solo quiero irme de aquí —pidió la joven, rompiendo todo contacto con su marido, comprendiendo que entre ellos ya nada podría haber, aunque siguieran casados.
Su vida sería un agujero negro, era la única certeza que tenía en ese momento.
Consciente del paso que estaba dando, esperó en silencio a que su cuñado apareciera y la vio alejarse, insegura, buscándolo cada tanto con la mirada.
Ansiaba tomarla entre sus brazos y huir hasta que estuviera bien, hasta que olvidara cada palabra, cada herida, cada situación. Llevarla lejos donde él y su maldita estupidez no pudieran lastimarla, pero eso era imposible.
Había arruinado lo único real y verdadero que había tenido, que llegó a su vida casi por accidente, para infortunio de esa dulce pelirroja. Ahora debía hacer frente a las decisiones, a las consecuencias de actuar así. Enmendar el hecho de ser lo peor que le pudo haber pasado a Samantha Streoss.
Debió parar cuando ella no resultó ser cómo pensó que era.
Debió dejarla ir cuando dio los primeros indicios de ser alguien a quien temer.
Debió investigar por otra parte y no ser tan estúpidamente confiado.
Debió ponerle un freno a Káran y no caer en la manipulación, en complacer una vez más su jodida debilidad.
Debió recordar que en algún punto fue un hombre con sentimientos y que las personas, también los tenían.
Debió tomar la solución que ella le propuso antes de llegar al altar.
Debió saber que esa pelirroja echaría luz en todo lo que una vez él mismo fue.
—Mi hermana no debía pasar por algo así, porque tú no debías cruzarte en su camino, Craig —habló Valentin a su lado, sin que ellas lo pudieran escuchar.
Kylian no mostró asombro, era obvio que estaría al tanto de lo que ocurría.
No tenía idea de si el padre de Samantha también, pero sus palabras eran una verdad innegable por mucho que dolieran—.
Espero que ahora sí actúes de la manera correcta.
No soy Camille, pero te aseguro que no permitiré que la dañes más.
Samantha no está ni estará sola jamás —advirtió alejándose, tan sereno como siempre.
Kylian apretó los puños hasta encajarse las uñas, claro que no se permitiría dañarla más.
Samantha se recargó la cabeza en el vidrio del auto, su madre iba a un lado apretando su mano, mientras Lautaro, silencioso como siempre, conducía. Kylian le había pedido las llaves de la camioneta en que llegaron Madelene; la llevarían a casa, así que él iba en otro auto.
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, se sentía derrotada, tan cansada, confundida también. Lo quería cerca, pero lo quería lejos, ambas cosas con la misma intensidad.
No fue culpa de Kylian, eso lo llevaba claro, quizá ni siquiera suya, el médico les explicó que el 25% de las mujeres pasaban por ello, las razones podían ser cientos, responsabilizarse era inútil, aunque una parte de ella así se sentía.
Solo quería dormir, olvidar, dejar todo atrás, incluso quizás a él, lo que sentía por él. Dios, se sentía tan confundida, perdida. Su marido sufría, de eso estaba segura, pero en ese momento ya no tenía cabida preocuparse por él, ella se sentía rota, derrotada y hundida.
Al llegar a casa, Londo las esperaba, Madelene lo había puesto al tanto de lo que ocurría.
Kylian bajó sin poder tener el valor de mirarlo a los ojos, ese hombre era eso, un hombre en toda la extensión de la palabra, siempre lo había sido pero él prefirió pensar lo peor para beneficiarse de ello y cuando supiera lo que le hizo a su hija, estaba seguro de que la defendería con fiereza, esa era una familia como la que le hubiese querido tener, admitió ahogándose.
Samantha no esperó a que se le abriera la puerta, en cuanto notó la presencia de su padre, bajó deprisa.
Este la recibió entre sus brazos, conteniéndola, entristecido.
Madelene los observó sujetando una de sus manos que rodeaban a su huracán, mientras Kylian permanecía a un par de metros, aún en shock .
—Lo lamento tanto, mi amor —susurró Londo, buscando la cara de su hija, pero esta no lo soltaba ni lo miraba, solo lloraba. Entonces alzó el rostro, Kylian los observaba, abstraído, muy pálido—. Esta es su casa, pero en un momento así…
—Papá, solo llévame arriba —suplicó su pequeña. Lucía tan frágil, rota a simple vista.
Iba a ser madre, su niña iba a ser madre y acababa de perder a su hijo, era simplemente irreal, demasiado rápido. Londo buscó la confirmación de su yerno, este asintió con las manos en los bolsillos, luego a su mujer, quien sacudió la cabeza, agobiada.
—Los necesita —solo dijo Kylian, ansiando ser quien la rodeara y ser lo que esa preciosa mujer merecía, pero era tarde y ella era demasiado para un hombre como él.
Ahora lo que debía hacer, era revertir lo que pudiera del daño generado y enfrentar las consecuencias de cada acto, y no por temor a Camille, sino por ella, por la mujer que le mostró el camino a sí mismo, a quien no supo amar, esa que envuelta en sus manos, la había asfixiado.