Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

Sam, ansiando más, necesitando más, se acomodó a horcajadas sobre ese cuerpo viril. Enseguida fue consciente de su erección ardiente. Jadeó ante el contacto y en respuesta continuó el beso húmedo, volátil y feroz.

Kylian sujetó su nuca y trasero, acercándola más, consiguiendo con ello que su feminidad quedara adherida a su hombría dolorosamente lista para enterrarse en ese cuerpo que derribaba todas sus barreras con ridícula facilidad.

Pronto le dio la vuelta y ella terminó con la espalda sobre la cama, sus piernas entrelazadas en su cadera, agitados. Se miraron durante un instante, el mismo en el que ella le rogaba que no parara, el mismo en el que él rogaba que lo hiciera.

Sentía el cuerpo trémulo, sus pensamientos nublados, abotagados y no conseguía dar con alguna acción cuerda, porque simplemente con ella ahí era un acto ridículo.

Samantha, durante ese par de meses, le había demostrado que era lo contrario a eso: era vientos fuertes, aire inusual, agua desbordando, era una atrapante ferocidad y él ya era presa de todo aquello, debía aceptarlo.

Entonces sus manos actuaron y sus dedos comenzaron el trabajo de quitarse la camisa despacio, botón a botón, mientras la joven aguardaba con las manos lánguidas a los lados de su cabellera desparramada.

Sonreía con picardía, pero con su tremenda ingenuidad también y por Dios que esa mezcla era la que los tenía en ese punto sin retorno, ya no tenía sentido ocultarlo.

Cuando estuvo expuesto pasó la prenda por sus bíceps, buscando seducirla con cada movimiento. Eso era algo nuevo para él, jamás lo había necesitado, pero ya sabía que esa mujer lo empujaba a sitios inexplorados y maldita fuera, le gustaba que así fuera.

Ella, sin pedir permiso, actuando como su dueña, porque aunque lo ignoraba, eso era, acercó sus manos y con las yemas repasó su cuello fuerte, sus pectorales, la piel tensa y marcada del vientre hasta llegar al cordón del pantalón.

Kylian la observó conteniendo el aliento, humedeciendo su boca, entonces hizo lo mismo: repasó su cuello con el dedo índice, despacio, para descender hasta su seno izquierdo, rodeó el pezón erecto sin tocarlo y, complacido, notó cómo las costillas de la pelirroja se marcaban, su estómago se hundía. Se sintió victorioso.

Luego fue en dirección al otro y repitió el movimiento, ella alzó la barbilla. Era tan sensible, tan jodidamente receptiva. Bajó lento hasta su ombligo, memorizando sus pecas, la textura de su piel cremosa, hasta llegar al cordón de su pantalón.

Fue en ese momento que los dos terminaron con las manos en el mismo sitio y, de forma sincronizada, cada uno jaló la jareta del otro. Las mejillas de Sam se sonrosaron, Kylian sentía un bombeo anormal en el pecho, pero también se sentía vivo de esa manera que con tanto esfuerzo sepultó.

Con movimientos lentos ella bajó los de él, él los de ella. Pronto quedaron tan solo en braga y bóxer.

La joven perdió su atención durante un segundo en la abultada entrepierna de su marido, conteniendo el aliento, en cambio Kylian aspiró con fuerza endureciéndose más.

—Bésame —pidió entonces su mujer, alzando la mirada para toparse con la suya desprovista de ferocidad, de cálculo o premeditación, sino llena de expectación, de anhelo.

—Lo haré, pelirroja —susurró sujetando sus muñecas a los lados de su rostro, descendiendo lento, sin soltar sus ojos azules.

Sam dejó de respirar, no detectaba amenaza, tampoco lujuria, sino algo más profundo y eso la hizo temblar, más aún cuando él llegó hasta su rostro y besó su frente con ternura, para enseguida dejar besos sobre su nariz, su sien, mejillas, barbilla, sin tocar sus labios—.

Besaré cada centímetro de ti —prometió dejándola sin aire.

Entonces soltó sus brazos y ella lo rodeó por la nuca, por los hombros, acercándose más a ese cuerpo porque lo ansiaba, porque no le importaba estar cometiendo otra estupidez, era él, de alguna manera lo sentía así y eso, aunque la abrumaba, la colmaba, tal como los besos seductores y dulces que él estaba dejando por su rostro, por su cuello.

Abandonada a ese hombre que ya le había roto el corazón, fue consciente de esa lengua cálida repasando sus labios, los abrió en respuesta, notando los dedos de Kylian en su cabello, acariciando su rostro con deliberada suavidad.

Su lengua encontró la suya, iniciando los dos, sin pensarlo, un juego delicioso que solo conseguía humedecer su entrepierna. Se succionaban, se enredaban, se… conectaban, hasta que sus labios se unieron en un beso tan profundo y perfecto que la dejó temblando.

Apretó sus hombros a la vez que apretó su cadera con las piernas que lo rodeaban, sentía que no había suficiente aire que pudiese absorber, nunca le había ocurrido.

Lo necesitaba, lo quería en su ser, era una primitiva exigencia. Jadeó cuando no pudo más, entonces Kylian alzó el rostro, le sonrió lánguido, con la cabellera despeinada y revuelta, los labios encendidos.

Asombrada al notarlo tan infantil y a la vez tan varonil, acarició su frente, dejando una caricia dulce. Este buscó sus dedos y los besó de una forma ridículamente sensual.

—¿Quieres que pare? —preguntó atento a sus ojos. La joven humedeció su boca.

—No vuelvas a preguntarlo —ordenó, él sonrió de forma pueril ante su tono mandón, ese al que ya comenzaba a ser adicto. ¿Quién lo iba a decir?

Sam detectó que en su mirada no había rastro del hombre que la había apresado, del que no había cedido, en su lugar estaba ese chico que la llevó a aquel paraje junto al mar escondido y le hizo el amor, ese que le enseñó a escalar, con el que fue al acuario, el que la desafiaba y seguía su energía, sus ocurrencias, sin problema, ese del que estaba absurdamente enamorada.

La besó de nuevo, adueñándose del momento, se dejó llevar porque no pensaba ya en nada más. Esos labios cálidos llegaron a su cuello, a su clavícula, soltó quejidos llenos de placer, pronto estuvieron sobre su pezón torturándolo, mordisqueándolo, comiéndoselo en realidad con voracidad.

Sam dejó salir un grito lleno de sexo, de deseo cuando él lo soltó y sopló sobre su sensible botón. Enseguida atendió al otro y ya veía estrellas. Era malditamente bueno en lo que hacía, aunque no podía compararlo demasiado en realidad.

—Eres deliciosa, pelirroja —lo escuchó decir con voz ronca. Se arqueó entonces él rodeó su cintura con brazo sosteniéndola y repasó con su lengua el camino hasta su ombligo. Sam se obligó a recordar cómo se respiraba, cuando lo sintió juguetear con el elástico de su braga.

Soltó el aire cuando esa boca húmeda la comenzó a probar por encima de la tela. Se aferró a sus hombros al tiempo en que su lengua encontró aquel interruptor y soltó un gemido profundo.

—Kylian —consiguió decir, entonces un dedo se hundió en su ser, por debajo de la tela mientras su lengua continuaba ahí. Se arqueó más, eso era delirante.

—Estás húmeda, preciosa —dijo el hombre extasiado, adorando su aroma, su maldito sabor, su manera de recibirlo.

Le quitó la prenda notándola extraviada, sonrojada, aturdida, luego la suya. Ella buscó su mirada, se acercó y la besó, pero su mano continuó el juego previo, hundido en sus pliegues deliciosos, arrancando gemidos, jadeos.

En medio de esa sobrecarga de placer, fue consciente de una mano delicada acariciando su dolorosa erección, rugió sobre su boca.

—Enséñame —rogó la joven. Kylian aspiró con fuerza separándose un poco, con esos dedos envolviéndolo, buscando en sus ojos la confirmación de lo que su boca acababa de decir.

Sin soltar su mirada, tomó su mano y le mostró, atento a sus reacciones, gruñendo de forma ronca porque en realidad no necesitaba hacer nada, tan solo saberla así, observándolo de esa manera, ya era suficiente como para incluso eyacular de forma violenta, pero se contuvo, no era ningún adolescente hormonal, aunque ella se empeñaba en mostrarle lo contrario.

La satisfacción que mostró Samantha lo puso peor.

Pronto encontró el ritmo y ambos se arrancaron placer de aquella manera, con sus piernas enredadas, con sus cuerpos sudorosos que se aliviaban por la brisa marítima que irrumpía por las grandes ventanas sacudiendo de forma angelical las cortinas de gasa blancas, con sus labios unidos sin besarse, solo tocándose, con los ojos abiertos, observándose.

—Necesito más —lloriqueó ella, a punto del orgasmo, ese que estaba subiendo desde sus pies a manera de avalancha—.

Kylian… —susurró apenas si con aire, entonces él aumentó sus embestidas con la mano, retiró la suya de su miembro y la llevó a los confines de un placer brutal que la hizo soltar un grito hondo que explotó desde el centro de su estómago.

Samantha veía estrellas, cuando escuchó a lo lejos algo rasgarse, luego lo tuvo a él sobre ella y aquella poderosa excitación en su entrada.

—Esto está lejos de terminar, pelirroja.

Enseguida sintió cómo se adentraba en su ser más que listo, abrió los labios, deleitada, él apoyó la frente sobre la suya, derramando su aliento cálido sobre sus bocas que de nuevo apenas se tocaban.

—Yo te elegí, Samantha —añadió él hundiéndose del todo en el cuerpo que ahora era su santuario, su hogar, sin que ella tuviera tiempo para registrar aquella declaración.

Agotados y saciados, permanecieron abrazados, los ojos de Sam se cerraban y más después de haber experimentado un segundo orgasmo que sacudió hasta sus entrañas, que incluso le arrancó un par de lágrimas.

Tardaron en recuperarse de la brutal experiencia, de hecho ella no se movió y se dejó manejar por él hasta que quedó dentro de las sábanas, adormecida.

Kylian, después de deshacerse de la protección, regresó a la habitación, abrumado. Jamás había sentido tanto. Ella sonrió con los ojos entrecerrados, entonces olvidó lo que fuera y la rodeó de forma protectora, besando su cabellera mientras la escuchaba suspirar.

¿Qué había hecho? Se preguntó con el pecho oprimido.

Se había dejado llevar, se había abierto a ella y no en ese momento, comprendió, sino de forma inconsciente mucho antes y Samantha lo sabía, de alguna manera había visto en él aquel chico que enterró, el mismo que ya no sabía cómo guardaría de nuevo pues esa mujer, su mujer , no lo permitiría, nunca había conocido a alguien tan obstinado y tenaz en su vida.

Por puro instinto la atrajo más, quería decirle tantas cosas, ansiaba acabar con eso que él mismo propició, pero no tenía idea de cómo, de qué decir, de si ella le creería.

La había orillado a algo que ahora mismo le parecía bajo. Nunca había dudado de sus decisiones, de los métodos que usaba para conseguir lo que deseaba. Sí, no era una blanca paloma ni le interesaba serlo, en los negocios nadie lo era y eso no lo ponía en juicio.

Londo mismo no lo era y lo sabía.

De repente sintió rabia hacia el padre de su esposa, si tan solo hubiese sido claro, si hubiese afrontado las cosas de mejor manera desde el principio en vez de ocultar, quizá no se habría tocado el corazón de todas maneras, habría exigido entrar a Streoss Services de todas formas, pero sin pagar el precio que, sin darse cuenta, ya había pagado antes de obtener nada.

No, el padre de Samantha no tenía nada que ver con su falta de consciencia, de moral, el culpable era él mismo y las consecuencias serían suyas, nada más.

No durmió el resto de la noche.