Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

—¿Un mes? —intervino Madelene, serena, observándolos, minutos después, cuando la cena llegaba. Samantha asintió buscando esconder su nerviosismo, al lado de Kylian, este apretó su mano encima de la mesa.

—Sí, creemos que es lo mejor. No tenemos por qué esperar.

Londo meneó su copa, mirando a Káran, este le devolvió el gesto, serio. Poco había intervenido, era un hombre callado pero observador, notó enseguida el padre de Sam.

—Es apresurado —zanjó.

—Es lo que quiero —determinó ella, otra vez. Londo asintió.

—¿Qué tienen pensado? —indagó buscando dejar de lado la tensión que de nuevo crecía.

—Algo íntimo, pequeño —respondió Kylian, con la mano de su hija entre las suyas.

—Tienen el tiempo encima —intervino Káran, paciente. Samantha le sonrió de forma amigable, el hombre respondió el gesto, pues la chispa que leía en sus ojos era de todo menos docilidad.

—Kylian ya lo tiene previsto, ¿no es así? —dijo ella, buscando los ojos grises del que sería su esposo dentro de poco, con claro desafío, el mismo que él aceptó.

Las cosas estaban saliendo bien, no podía quejarse, enfrentarse a su padre no estaba en sus planes, pero no tuvo más opción, era lo que debía hacer si quería que lo creyeran real, si quería que Londo lo viera como el digno compañero de ella y lo había conseguido.

La mano cálida de Kylian envolviendo la suya, no era cómoda, no sabiendo que de alguna manera aquello era una especie de mentira, de pantomima para que su padre permitiera el acceso a la empresa, para que Hades consiguiera a su esposa florero, para que esos millones aparecieran y su familia no se hundiera.

Sí, no era agradable, pero era lo que debía hacer.

Cuando recibió su mensaje por la mañana, pensó en no asistir, pero ser infantil no funcionaba con Kylian, eso ya lo sabía, lo cierto es que la curiosidad por saber qué quería ganó, como parecía ser siempre con lo referente a él.

Entonces su mirada turbia, su disculpa consiguieron con absurda facilidad que la nube se disipara, pero el precedente estaba ahí, la verdad también, entre los dos y aunque la dejara de lado no desaparecía por ello.

—Sí, pelirroja, todo será como pensamos.

La playa, algo relajado y tranquilo en el jardín de Bluebay —habló refiriéndose a aquel imponente lugar donde montaron a caballo, donde tuvieron sexo por primera vez.

Sus mejillas se tiñeron de rojo y asintió con la boca seca.

Lo deseaba, maldita sea, lo deseaba y él a ella, lo podía incluso sentir.

—¿ Bluebay ? —preguntó Londo.

—Es una casa hermosísima, la conocí cuando visitaba a Julia —intervino Maddy, sonriendo, observando a su hija. Su marido asintió.

—Es un sitio ideal, quizá podríamos organizar ahí una cena con las familias para festejar este compromiso —propuso Káran—. Kasha querrá conocer a su futura cuñada antes de la boda —completó satisfecho, aunque perspicaz.

Kylian aceptó, serio, acariciando con el pulgar la mano de Samantha, que sabía estaba en el límite de aquella situación, que lo tenía aturdido por la manera en la que estaba llevando todo y era claro que no podía pedirle más.

No habían hablado de los pormenores de la boda, pero justo en ese momento supo que ese plan lo aceptaría sin sentirse orillada a algo que odiaba. Podía conceder en muchas cosas, ser accesible e incluso ocurrente, solo si se trataba de ella, convino estudiando su perfil.

—Me parece una idea estupenda —accedió Madelene.

—¿El siguiente sábado? —prosiguió Káran.

—Sí, nos queda bien, hablaré con los chicos para que aparten la fecha.

El resto de la velada transcurrió mejor.

Hablaron sobre la luna de miel en Grecia, pues él argumentó su deseo de que conociera su otro hogar, y que sería el tiempo justo para que ella pudiera ir después a Londres.

Samantha no creía que eso fuera a ocurrir: Kylian se había enterado esa misma noche de ese plan, y si entorpecía sus metas, no habría posibilidad de negociar.

La necesitaba en Boston para continuar con las apariencias y verdades que se entretejían bajo las narices de esa sociedad.

De regreso a casa Londo permaneció callado, pues aunque se comportó a la altura, no se sentía cómodo con todo aquello, sin embargo, no podía oponerse, las chispas entre ellos eran más que evidentes, solo que cierta incomodidad crecía.

No era ingenuo, era un hombre de mundo, que sí, había cometido algunos errores pero no podía permitir que eso permeara a su familia.

Al día siguiente buscaría a Kylian, hablaría directamente con él. No quería ni un solo malentendido a partir de ese momento, pues quien podría pagarlo era Samantha y eso era impensable.

Un par de horas después de llegar a casa, Sam no podía dormir, se sentía ansiosa, nerviosa.

No parecía correcto engañar de esa manera, pero no pondría en riesgo a su familia, por otro lado, algo en medio de su estómago había crecido con el paso de los días al lado de Kylian y ya no podía apaciguarlo, era adrenalina, libertad, alegría y esa sensación de poder correr contraviento.

Lo cierto es que se mentía a sí misma, sería una cárcel de cristal. Abrió los ventanales de su habitación, aspirando con fuerza. Se ahogaba. Se sentía sobre una cuerda floja, dando un paso tras otro sin saber a dónde lo llevaría cada uno.

Entonces su celular sonó, lo tomó, era él. Respondió desconcertada.

—Hola… —susurró, perdida en la noche.

—Sal, estoy afuera, que no te detecten, te veo por la entrada trasera.

Samantha sintió que su pulso se disparaba, se asomó por la ventana. No había rastros de él.

—¿Qué ocurre contigo?

—Anda, fugarte no es nuevo para ti. Vamos —la alentó juguetón. Ella sonrió dándole una última ojeada al exterior.

—Estás loco —dijo bajito, alegre.

—Eso te agrada, no tardes —pidió colgando enseguida.

Samantha olvidó lo que la aquejaba, se puso deprisa un conjunto deportivo encima y salió a hurtadillas.

La casa estaba sumida en el silencio, de puntillas y con cuidado bajó.

Llegó a la puerta trasera de la cocina, abrió con sumo cuidado.

Era experta en eludir la seguridad de su propia casa.

Al salir, una mano que reconoció la sujetó por la nuca y enseguida sintió sus labios cálidos sobre los suyos.

Gimió quedamente abriendo la boca, devolviéndole el gesto en medio de la noche.

—¿Vamos? —preguntó él sin dejar de probarla. La joven lo lamió, osada.

—¿A dónde? —indagó lánguida, permitiéndole comandar ese momento.

—¿Te importa? —preguntó Kylian, con voz ronca, perdido en sus labios deliciosos.

Ella negó confiada, colgándose de su cuerpo, rodeando su cadera con las piernas—.

Bien, entonces no hagas ruido —pidió cuando se bajó, enredando su mano en la suya, saliendo con sigilo de ahí, sin darse cuenta de que Londo, en su estudio, miraba al exterior y aguardaba para ver si su hija se marchaba con él.

Cuando los vio escabullirse tomados de la mano, sonrió negando, meneando su bebida.

Ese par ciertamente no podía esperar, comprendió, y presenciar aquella fuga tranquilizó sus pensamientos, tanto que dejó el vaso y decidió ir a dormir.

De alguna manera sabía que al lado de él no corría peligro, aunque no imaginaba que su corazón sí.

Salieron de la propiedad y después de caminar por la carretera a oscuras, una motocicleta BMW apareció. Sam arrugó la frente, incrédula.

—¿Es en serio? ¿Una 1000 XR? —señaló azorada. Él le tendió un casco, satisfecho. Iba con vaqueros roídos y una camiseta oscura, el cabello revuelto húmedo aún. Se veía… sexy.

—¿Sabes de motos? —replicó conociendo la respuesta. El rostro de su prometida se dulcificó.

—Adrien ha tenido varias, Camille también, incluso una hojalata la convierte en nueva, solo que ya no lo hace más…

—respondió recordando las tardes en las que su hermano pasaba horas en el garage en medio de grasa y herramientas, o cuando le enseñó a conducirlas y su madre puso el grito en el cielo, más aun cuando le dijo que quería una.

—Entonces no te dan miedo —la provocó. La joven arqueó una ceja.

—Lo opuesto, solo no imaginé que tuvieras una.

—¿Asombrada? —preguntó desafiante.

Ella se puso el casco, sonriendo con malicia.

—No, solo lo conseguirías si me dejas manejarla, eso sí que me asombraría —repuso provocativa.

Kylian soltó una risa ronca que erizó su piel, luego la acercó de una rodeando su cadera.

—Sabía que lo dirías y no tengo problema, pero será de regreso, ahora no sabes adónde vamos, así que conduzco yo —sentenció mordiendo su labio carnoso. Ella rio respondiendo el mordisco.

—¿Lo prometes? —inquirió mientras él le acomodaba el casco.

—Lo prometo, pelirroja —aseguró.

Una vez sobre la asombrosa moto, se subió abrazándolo con fuerza y se dejó llevar sin preguntar porque comprendió, en ese momento, que no le importaba adónde mientras fuera a su lado y eso la perturbó más que todo lo que había venido ocurriendo.

Viajaron por la carretera a las afueras de la ciudad, en medio de la noche, disfrutando del paisaje pues iba bordeando el mar, luego lo perdieron de vista y solo veían árboles por ambos lados. Una hora después se metió entre enramadas y detuvo la motocicleta, para enseguida quitarse el casco.

—¿Qué es aquí? —quiso saber ella haciendo lo mismo que él, asombrada por el verdor, que contrastaba con cómo la luna se mostraba sobre el agua del mar en el fondo. Era un paisaje etéreo.

Se bajaron y rodeó su mano, pasando por las ramas, hasta llegar a la arena. Era una pequeña bahía, imposible dar con ella tras aquel follaje que la escondía.

—Si hablas de este lugar, negaré su existencia —bromeó Kylian, relajado. Ella sonrió deslumbrada.

—Nadie me creería, de todas formas.

—Bien…

—¿Cómo diste con él? Está muy oculto y parece que nadie lo visita.

—Mi madre, ella me lo mostró hace años —aceptó serio, recordando las ocasiones en que lo llevaba y pasaba la tarde chapoteando, alegre.

—¿Por qué me trajiste? —quiso saber Samantha, observando su perfil. Los recuerdos de ese sitio debían ser importantes para él—. ¿Es tu lugar de citas? —investigó con algo molesto rondando su estómago, pero Kylian negó despacio, sin verla, perdido en el oleaje.

—Eres la primera persona a la que le muestro este sitio… —murmuró encarándola, Samantha pasó saliva—. Serás mi esposa y esto también será parte de nuestro matrimonio…

—No… no entiendo —susurró la pelirroja, desconcertada. Kylian acarició su rostro con suma suavidad, colocándose frente a ella. La intensidad de sus ojos en la oscuridad la perturbó.

—Solo quiero hacerte ver que las cosas entre nosotros pueden ser tan buenas como queramos.

Que podemos disfrutar de esto sin culpa.

Que… estar a tu lado me está gustando mucho más de lo que imaginé —admitió dejándola helada bajando el rostro para acercarlo al suyo—.

Quiero hacerte el amor aquí, Samantha, quiero que te entregues a mí, ahora…

—terminó con voz ronca, esperando su respuesta, una que encerraba más de un significado, comprendió ella aturdida pues le pedía, de alguna manera, que bajara las barreras, que se dejara fluir a su lado.

Pasó saliva perdida en sus ojos grises y asintió despacio. Sí, sí quería olvidar los motivos por los que en realidad estaban en ese punto, los que los llevaron hasta ahí.